Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Paseos GaldosianosEl Madrid de Benito Pérez Galdós. II.

Benito Pérez Galdós, dotado de una capacidad de observación extraordinaria, toma buena nota de la evolución capitalina, transformándola en palabras. Páginas imprescindibles para entender el contexto social e histórico de la época.

Benito Pérez Galdós, fotografiado por Christian Franzen

Volvamos a aquel mes de septiembre de 1862. Al instante en que Benito Pérez Galdós pisó por primera vez la capital española. Casi cuarenta años separaban aquel otoño de los últimos días del reinado de Fernando VII. Aun así, Madrid continuaba digiriendo las sobras absolutistas y ciertos excedentes de la oposición monárquica a los cambios sociales, políticos y económicos que acabaron imponiéndose por inercia. Poco imaginaba el joven canario, aspirante a abogado, que iba a ser testigo y cronista de la transformación que estaba por llegar a la ciudad.

Asistió en primera fila a la reordenación urbanística, la creación de nuevos barrios (el ensanche proyectado por Carlos María de Castro), las aglomeraciones de población espontáneas (normalmente miserables, fruto de la inmigración interior), la adecuación de los parques, el desarrollo del transporte… Benito Pérez Galdós, dotado de una capacidad de observación extraordinaria, toma buena nota de la evolución capitalina, transformándola en palabras. Páginas imprescindibles para entender, para conocer la realidad de la época, para descifrar cada uno de los movimientos sociales y culturales que se vivieron, para calibrar el nivel de influencia en los hechos históricos posteriores.

Y todo ello desde la ficción. Claro que no una ficción cualquiera, sino un relato detallado de la realidad, de toda la realidad de una capital en plena ebullición, viajando en picado hacia el progreso.

Benito Pérez Galdós, un disfrutón del paseo urbano.

Semejante retrato no hubiera sido posible sin ese Galdós gandul y disfrutón de “la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital”. El autor disecciona las calles madrileñas como un forense, archiva en su cerebro todo lo que en ellas sucede, lo que hablan sus gentes, lo que miran desde los balcones, lo que se cuece en las tertulias, las conspiraciones políticas. Da igual la clase social o el nivel económico o cultural de sus personajes.

Dicho esto, sigamos flaneando con Galdós. Pero antes de descender a los barrios de la miseria, un café de otro siglo.

Los cafés y merenderos galdosianos.

En el Madrid decimonónico, los cafés fueron los principales puntos de reunión e intercambio cultural. También centros de algaradas y discusiones más o menos violentas, debates entre amigos (o no tanto) y amoríos de diversa índole. Entre los favoritos de nuestro escritor podemos citar el Café Comercial. Sí, ese reducto que hoy todavía encontramos en la madrileña Glorieta de Bilbao. Los cierres, avatares y reformas que ha sufrido el local durante sus más de 130 años de existencia seguro darían para una novela galdosiana. A lo que vamos. Aunque era asiduo al Comercial, en sus novelas son otros los cafés que frecuentan sus personajes, como el Fornos, el Universal o el del Siglo.

El Café Suizo, inaugurado el 3 de junio de 1845 por Pedro Fanconi y Francisco Matossi, es lugar de encuentro de las clases pudientes. Por allí pasan a menudo Juanito Santa Cruz y sus amigos quienes también alternan en el Café del Siglo, el Zaragoza, el Platerías o el Café de Madrid en la Carrera de San Jerónimo, mucho más de los del 98.

Los merenderos, sin embargo, los presenta Galdós más ligados a la muchedumbre, a las clases populares, al bullicio dominguero. Muy concurridos estaban los de Cuatro Caminos y Tetuán donde la algarabía se prolongaba “hasta bien entrada la noche”. Y eso que el “rumor del Tío Vivo y balancines que está junto al Depósito de aguas” comenzaba a oírse desde las dos de la tarde. Claro que también refiere un “merendero fino que han puesto ahora en la Bombilla y que tiene un rótulo que dice: Al oasis del Río”. Se encontraba el recinto cerca de la glorieta de San Antonio de la Florida, que en el siglo XIX era una zona de campo a las afueras de la capital.

Los domingos del Madrid elegante se concentran en los jardines y paseos cercanos al Palacio Real, el Paseo del Prado, Recoletos, Fortuny y los aledaños de la Real Academia.

Las estampas más bellas del Retiro —“el Buen Retiro, cuyo lindo nombre ha querido en vano cambiarse con el insulso rótulo de Parque de Madrid”— podemos encontrarlas en La desheredada, donde las clases burguesas y pudientes con la tripa llena de billetes de banco —“Por allí andaban damas y caballeros, no en facha de pastorcillos, ni al desgaire, ni en trenza y cabello, sino lo mismo que iban por las calles, con guantes, sombrilla, bastón”— confluyen con las populares (“Pues yo, tías brujas, ando al sol y al aire, con los zapatos rotos, y la blusa rota, muerto de frío; con que…”)

Las calles de la miseria.

“… me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal y merecedora de corrección. Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del Sur de Madrid”.

Este pasaje de Misericordia es toda una declaración de intenciones que el canario cumplió fielmente desde sus primeros días en la capital. No se conformó con recorrer el lado amable de la ciudad, sus bellas avenidas salpicadas de palacetes y casas señoriales o los habitantes del Madrid galante y frívolo. Quiso asomarse también a los barrios de la miseria, la fealdad y la chabacanería, donde habitan los desheredados sin futuro. Se adentra con cuadrillas de pedigüeños en el turbio oficio de la mendicidad organizada, hurga en las casuchas con olor a fritanga, examina los juegos de los chiquillos asilvestrados.

Misericordia es posiblemente una de las novelas más sórdidas de Galdós. En ella describe poblados oscuros como el de las Cambroneras, arrabales miserables, hospicios para indigentes y recogidos o asilos como el de San Bernardino, urdido por el Marqués viudo de Pontejos para mantener a los mendigos lejos de la ciudad.

No faltan en este catálogo de menesterosos e infelices, pícaros, revolucionarios y delincuentes de toda índole. En la cárcel de la Villa (actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores) “un mal buhardillón, dividido en celdas”, o el Saladero (cárcel de hombres demolida en 1888, situada en la plaza de Santa Bárbara) acaban ingresando algunos de sus personajes más celebrados.

El portal de ocio Yumping.com! propone una interesante ruta por el Madrid galdosiano para revivir y caminar por las obras de este inmenso autor.

(Continuará).

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