Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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El Madrid de Pío Baroja, sus casas y sus gentes. II.

Después de la contienda y el exilio en París, Pío Baroja regresa a Madrid. Es 1940. Tiene entonces 68 años y cerca de cien libros publicados. Se instala en el cuarto piso de la calle Ruiz de Alarcón 12.

Pío Baroja. Calle Ruíz de Alarcón nº 12

No hay rastro del hotelito de Juan Álvarez Mendizábal, destrozado por una bomba a principios de la Guerra Civil. Bajo los escombros murieron libros, manuscritos y papeles. Quedó también enterrada la maquinaria de la editorial de su cuñado Rafael. El inicio de la contienda sorprendió a Baroja en Itzea (Vera de Bidasoa), donde fue detenido y casi fusilado. Finalmente puesto en libertad, huyó a Francia.

Tras el conflicto y el exilio en París, Pío Baroja regresa a Madrid. Es 1940. Tiene entonces 68 años y cerca de cien libros publicados. Se instala en el cuarto piso de la calle Ruiz de Alarcón 12 —hoy Edificio Baroja, próximo a la iglesia de San Jerónimo el Real y de la Real Academia de la Lengua—. Allí vive hasta el 30 de octubre de 1956, fecha de su muerte. Dieciséis años de tertulias barojianas en el piso de los Jerónimos dan buena cuenta del mundillo literario de la posguerra. Hemingway, Marañón, Cela, Juan Benet son algunos de los asiduos a las reuniones de la casa frente al parque. En una habitación repleta de libros y cuadros, bajo un reloj enorme que sentenciaba “todas hieren, la última mata”, se hablaba de asuntos prohibidos, se traficaba con libros censurados.

En la casa de la calle Alarcón —escribe Juan Benetno le enseñaban al iluso a vivir con los pies en el suelo. No; esa disciplina se profesaba más bien en las comisarías del distrito. En la casa de la calle Alarcón, para matricularse era condición indispensable vivir en las nubes, porque allí, con el concurso de todo el claustro, se enseñaba a perder toda clase de confianza en el entusiasmo”.

Pero los tiempos habían cambiado. Apenas se vislumbraba algún vestigio del novecientos. Atrás quedaron los paseos por los márgenes del río Manzanares que, “al sur de Madrid, era un canal sucio que transportaba basuras, fetos arrojados y animales muertos” y el entorno de la calle Mendizábal (Moncloa y el cerro del Pimiento, hoy sede del Tribunal Constitucional y el CEU), el Madrid castizo de las zarzuelas de Chapí y los sainetes de Arniches, las corralas del centro —“un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera”— o los barrios bajos del extrarradio. No así la “melancolía barojiana”, como califica Soledad Puértolas, su experiencia como lectora de Baroja.

Paseaba entonces por el Retiro[1], casi siempre solo, a veces con su sobrino Julio Caro. Solía bajar a mediodía, cuando los rayos de sol habían calentado las mañanas del otoño y las alfombras de hojarasca cobijaban la fuente del Ángel Caído y el paseo de coches. Entraba al parque por Alfonso XII, más de una vez salía por Moyano, donde hoy se alza su escultura, obra de Federico Collaut. La boina hasta las cejas, la barba corta, el abrigo largo, la bufanda sempiterna, como el desaliño y el frío metido en los huesos.

El fluir del día a día apaciguaba los pellizcos en la boca del estómago del escritor aquejado constantemente de hambre de realidad. Como siempre. En eso Baroja tampoco había cambiado. Fiel a su costumbre, mantuvo su descreimiento en los políticos y militares, en los bandos, los fanatismos, la república y el franquismo.

Aquí la gente asegura que no se puede ser más que rojo o blanco. Yo, como siento entusiasmo por la libertad individual, no me decido por una cosa ni por la otra. En los dos extremos me parece descubrir intransigencia y dogmatismo”.

Seguía guardando el dinero en un armario, manuscritos en los cajones y recuerdos del exilio en el interior de su alma. Algo había escrito sobre ello. Una novela “impublicable” durante la dictadura, Miserias de la guerra, editada póstumamente en 2006. El cantor vagabundo, la primera parte, sí llego a ver la luz en vida del autor (1950). Los caprichos de la suerte, obra que cierra la trilogía Las saturnales, tuvo que esperar hasta 2015. ¿Por qué tanto? Porque sus herederos consideraron “que no era el momento”.

El 56 fue el último año. Hacía meses que no salía a pasear, le fallaba la memoria y la arterioesclerosis le postró en la cama de Ruiz de Alarcón 12. Pese a todo, escribió prácticamente hasta el final, recibía a sus visitas y vagaba por la casa canturreando estrofas deslavazadas, de otro tiempo. Baroja murió tranquilo, en su cuarto austero con vistas al patio interior del edificio. Cuentan que, a menudo sonreía, mirando al infinito. Fue enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, como ateo. Su última morada.

El escritor carece de casa-museo en la capital, pues el auténtico bastión del clan era el caserón Itzea, que compró el escritor allá por el 1912, “cansado de vivir siempre en Madrid”. Pegada al arroyo de Las horas solitarias y una biblioteca con más de 40.000 ejemplares, la casa de Vera de Bidasoa se mantiene casi intacta. Aún huele a lumbre y a madera vieja, a silencio y a leyenda, a los papeles de don Pío, a las telas de Ricardo, a todos los alter egos del escritor. Allí descansa su alma, como descansó durante seis décadas el manuscrito de los Caprichos de la suerte en una carpetita gris anudada con cinta roja.

Notas
[1] Los Jardines del Buen Retiro se prestan a confusión, pues no corresponden exactamente al recinto que hoy es El Retiro. Aquellos terrenos, en los tiempos de Felipe IV, eran huertas entre colinas bajas y pertenecían al complejo palacial diseñado para el rey. Hace mucho tiempo que aquellos jardines desaparecieron para levantar entre 1907 y 1919, el Palacio de Correos y Comunicaciones del arquitecto Antonio Palacios Ramilo. Los únicos vestigios que restan son el Salón de Reinos (antiguo Museo del Ejército) y el Casón del Buen Retiro.

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