Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Teresa de Ávila: mujer, mística y escritora. El origen. I

Santa Teresa de Ávila es una de las grandes figuras de la mística y la espiritualidad del Siglo de Oro Español, además de un referente literario y humano.

Santa Teresa de Ávila, por Felipe Gil de Mena. Mediados del siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 190 x 146 cm. Convento de San José. Madres Carmelitas de Medina del Campo. ** Imagen cedida por Juan Antonio del Sol Hernández.

No eran los tiempos de Teresa de Ávila los mejores para una mujer inquieta, curiosa, con ambición de saber, experimentar, descubrir o soñar con una vida independiente. No eran en realidad buenos tiempos para ser mujer. Si acaso (y con suerte) podía pasar una por el mundo sin grandes contratiempos o exceso de sufrimiento. Podía una aspirar a una existencia plana, a la condena de un matrimonio sin amor, al asedio de una recua de criaturas a las que cuidar, alimentar y domesticar entre embarazo y embarazo, y a la rutina de obedecer, callar y guardar la casa.

La educación tampoco era en el XVI accesible para cualquiera. Tan sólo los hijos de clases pudientes recibían formación, normalmente en casa y durante un periodo de tiempo más largo los varones. A las niñas pronto se las amaestraba para cumplir con el destino que el cabeza de familia consideraba oportuno. En ese ambiente culto, acomodado, gazmoño al uso y orientado a la religiosidad y la guarda de la honra vino al mundo la niña Teresa el 28 de marzo de 1515. Tuvo una infancia feliz, eso sí. No pasaban en su casa penurias ni privaciones. Ni fueron en absoluto sus progenitores tiranos ni excesivamente estrictos para lo que se estilaba en una pequeña (aunque importante) ciudad castellana.

Su padre, un rico comerciante abulense, le muestra el camino de la rectitud, la justicia y la humildad; su madre (segunda esposa de Alonso de Cepeda), descendiente de la nobleza, “también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad”. Fue una mujer culta y devota que enseña a Teresa a leer y amar la lectura. También la enseña a rezar y le transmite la importancia del sacrificio. Ambos, muy aficionados a los libros, poseían una suculenta biblioteca en la que Teresa pronto halla refugio.

Si junto a su madre devoraba los libros de caballería, con su hermano Rodrigo se enfrascaba en las vidas de los santos. Pasaban hora embobados, leyendo en voz alta y contemplando las ilustraciones de su Flos Sanctorum, el libro que cualquier niño bien de la época tenía a su alcance, y les empujó a escapar de casa para morir por Cristo: “Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen”. Las aspiraciones cruzadas terminaron pocos kilómetros después. Su tío, Francisco de Cepeda, los encontró a las puertas de la muralla y los devolvió a casa.

Aparte de su condición femenina, sobre Teresa de Ávila pesaba otro lastre: nacer en una familia de origen judío cuando se imponía en España el estatuto de limpieza de sangre: sólo los cristianos viejos se consideraban ciudadanos de primera. Poseía don Juan Sánchez de Toledo y Cepeda, su abuelo, un próspero negocio de lanas y sedas en el centro de la ciudad del Tajo y la condición de converso. Un estatus sospechoso que despertaba recelos y acusaciones varias: herejes, judaizante y marranos (esto es, practicar en secreto los ritos judíos). También manejaba el rico mercader un tinglado de recaudación de impuestos y arrendamiento de rentas.

Tal desgracia aconteció al ancestro de la santa quien, en 1485, fue procesado y condenado a portar durante siete viernes el capirote amarillo (sambenito), infamante en grado extremo, además de colgar en la iglesia el oprobio con el nombre y apellidos del reconciliado “y quedaba ahí signo de infamia pública que caía sobre los hijos y los hijos de los hijos, pues el tiempo del deshonor no tenía límites”. ¿Quién delató a don Juan? No se sabe a ciencia cierta. El caso es que compareció voluntariamente ante el Tribunal de la Inquisición. Confesó para librarse de la hoguera y se le perdonó. Con él fueron reconciliados todos sus hijos, excepto el mayor. Lo que sí fue inmediato, ante la tormenta de deshonor que cayó sobre la familia, el traslado a Ávila y la ocultación del apellido Sánchez para desviar la atención y eliminar las susceptibilidades religiosas.

Volvamos a Teresa.

Inteligente, observadora y curiosa desde niña, Teresa de Cepeda Dávila y Ahumada es consciente de las limitaciones sociales a causa de su ascendencia hebrea, su condición femenina —“…como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no se tenga por sospechosa”, manifestaba— y de su tendencia a la reflexión, al pensamiento propio y al misticismo. Bien sabía ella que tampoco le era favorable en aquellos “tiempos recios” su interés por la cultura y los libros. Con semejantes atributos, no podía inspirar más recelo a la infame cohorte guardiana del orden, la moral y las buenas costumbres que era la santísima Inquisición.

Como astucia tampoco le faltaba, Teresa sorteaba la represión del Santo Oficio. Como podía, desde luego. Utilizar el recurso de la inferioridad femenina le resultó muy efectivo. Igual que el de la (supuesta) obediencia. Lo hacía de manera sutil, “buscando el modo” de obedecer para desobedecer, para hacer las cosas a su modo. Así, tuvo infinidad de problemas a causa de sus textos. Y pese a no haber publicado jamás en vida ninguno de sus escritos (“por prudencia”, dice la santa), su autobiográfico Libro de la Vida fue secuestrado por los censores (que la acorralaron a lo largo de toda su existencia) y ella denunciada e interrogada en más una ocasión. Eso, sin olvidar la orden inquisitorial de destruir todos los ejemplares de sus Meditaciones sobre los Cantares. ¿Una mujer interpretando las sagradas escrituras? Peor. Opinando y encima en lenguaje vulgar, el castellano. Intolerable tal osadía.

Antes de los periplos literarios y los conflictos con la curia, la niña Teresa se iba curtiendo en los avatares de la contradicción, la duda y el desconcierto.

Ella, que miraba con horror cómo su madre se moría poco a poco en cada parto —uno tras otro y hasta diez, desde que se casó con quince años—, la sorprendía casi a diario leyendo a escondidas novelas de caballería, y quién sabe si prefirió los hábitos para no acabar asfixiada por el yugo del matrimonio. Aunque de adolescente no tenía intención de tomar los hábitos, tampoco le seducía la idea de casarse. Ese batiburrillo, que venía gestándose desde niña en su intelecto precoz, se desató del todo a la muerte de su progenitora. Apenas despertaba Teresa a la adolescencia cuando perdió a su referente, su confidente, el remanso de sus cuitas.

Andaba por entonces la jovencita (12 o 13 años tenía) bregando con la pena y el duelo, tonteando con su primo Diego, suplicando el consuelo de la Virgen —“como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con muchas lágrimas”— y desahogándose con compañías de dudoso prestigio.

Ante el panorama de desinhibición y desacato por parte de su niña favorita, don Alonso la envió de inmediato al Convento de monjas Agustinas Santa María de Gracia. Que la cosa se iba de las manos y no era cuestión. Tal mudanza despertó en Teresa su instinto insumiso. Un ramalazo que neutralizó al poco María de Briceño, su tutora, quien le quitó “algo de la gran enemistad que tenía con ser monja”.


Santa Teresa, por Felipe Gil de Mena. Mediados del siglo XVII. Óleo sobre lienzo. 190 x 146 cm. Convento de San José. Madres Carmelitas de Medina del Campo.

** Imagen cedida por Juan Antonio del Sol Hernández.

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