Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Fantasma.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus propias miserias. La buscaba porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma.

Fantasma

La buscaba porque no la conocía. Porque nunca quiso mirar su foto. Porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma. La buscaba porque le enfurecía, porque le sosegaba, porque le angustiaba su ausencia tangible, porque le consolaba su presencia abstracta.

Algunas tardes de invierno, cuando avalanchas grises amenazan con derramarse sobre el asfalto y las ventanas ya no son un asidero para suicidas, la hallaba entre las nubes tensas, las calles fatigadas de muchedumbre, las sobras de un almuerzo desperdiciado en el cubo de la basura. Siempre a medias, como una voluta, como un trozo de espuma.

La hallaba también algunas mañanas de verano, de esas insoportables de luz, antes de que el infierno se desmoronase sobre las calles; antes de que la promesa de aniquilación estival llevara a cabo su cometido. La hallaba en ese cielo tirante de azul que sólo vive en Madrid, en el velo verde del Retiro, en la densidad de la noche, en el calor espeso de la resaca. Siempre a medias, como un desmayo, como un agujero en llamas.

Entonces sucedió. Era domingo y llovía. Caía agua mansa, imperturbable, como si el cielo fuera a sostenerla para siempre, como si el sol se hubiera rendido. La oscuridad se volvía cada vez más densa. Igual que el silencio. No recuerda el instante en que en que el espacio comenzó a encogerse. Sí cómo miraba las paredes avanzando hacia el centro de la habitación. Bajo sus pies, el suelo se movía como cieno, como si latiera. Latía. Algo obsceno y subterráneo luchaba por brotar del piso. A medias, como una pausa, como un verso interrumpido.

El bicho sumergido se reía. Era una risa incolora, transparente. Sintió entonces un cocido de pánico y ganas, de inquietud y angustia retorcidas. El grito acurrucado en la garganta estalló al fin como ácido arrojado contra el silencio. De rodillas, sobre el mármol, notaba el latido debilitarse. Se debilitaba, se encogía en la palma de sus manos. A medias, furtivo, como una esponja arrancada del agua.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus miserias; bella como un súcubo, perversa como un súcubo, atroz como un súcubo. La buscaba porque era un súcubo. Un fantasma cosido de sus propios jirones.

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