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Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Clara Peeters, la pionera del bodegón flamenco.

Clara Peeters nació en Amberes, hacia 1594. Murió en la misma ciudad de los Países Bajos de Sur sesenta y cinco años después. En ese periodo logró conquistar la fama como artista e introdujo numerosas innovaciones en el género del bodegón.

Clara Peeters. Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas. Óleo sobre tabla, Hacia 1611. ©Museo Nacional del Prado.

Nació en Amberes, hacia 1594. Murió en la misma ciudad de los Países Bajos de Sur sesenta y cinco años después. En ese periodo logró conquistar la fama como artista e introdujo numerosas innovaciones en el género del bodegón. Poco más se sabe de Clara Peeters, una de las pocas artistas que vivió del fruto de su pintura en un ámbito profesional masculinizado y de difícil acceso a las mujeres.

Nos encontramos en Flandes durante los primeros años del siglo XVII. La región vive un momento intenso, de enorme prosperidad económica y cultural y profundos cambios sociales y religiosos. La erudición, la riqueza tangible y estatus social se miden con la nueva vara de una burguesía que, en los Países Bajos meridionales y septentrionales, comienza a desempeñar un papel protagonista. En este contexto, la posesión de objetos valiosos e insólitos, la ostentación material y el interés por los gabinetes de curiosidades naturales y artificiales se consideran signos visibles de abundancia y prosperidad económicas.

La ciudad, gobernada por Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia (hija de Felipe II), era entonces el centro artístico del norte de Europa. El gusto de los archiduques de Borgoña por la ilustración, el coleccionismo de objetos exóticos, las artes y el mecenazgo fue rápidamente imitado por una burguesía flamenca que aspiraba a consolidar su poder económico mediante la emulación e incorporación de las costumbres aristocráticas en su vida cotidiana.

Es en este contexto social, cultural y económico donde Clara Peeters desarrolla su labor profesional como pintora. Pero no nos engañemos. Por muchas transformaciones y quiebras de ciertos prejuicios, las estrecheces con respecto a los roles femeninos seguían vigentes: confinadas en el hogar, relegadas a la práctica de géneros considerados menores.

Pese a ello, Peteers se empeñó en destacar en un ambiente hostil, lográndolo con éxito. No sólo vivió gracias a su trabajo, sino que hizo todo lo posible para dejar constancia del mismo y de su identidad como mujer artista. No obstante, los siglos y los cánones académicos la mantuvieron silenciada hasta hace bien poco. La misma suerte corrieron otras grandes pintoras de la época como Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi, Elisabetta Sirani o Marietta Robusti.

¿Cómo impuso Clara Peteers su presencia en el universo artístico de la Edad Moderna europea?

Por situarnos en el momento artístico en el que la pintora flamenca se consagra como la pionera del naturalismo indicar que era unos 7 u 8 años más joven que Caravaggio y contemporánea de Jan Brueghel el Viejo, Rubens o Van Dyck —una faena, por cierto, compartir espacio artístico con semejantes colosos—. Ella, que entre los años 1607 y 1621 se adelantó una década al realismo velazqueño, rescató el bodegón y rechazó el idealismo renacentista, convirtiéndose en la proveedora (en principio) no oficial de los nuevos ricos de Flandes. Ella, que se sabía artista de las buenas, supo aprovechar el filón que aquella flamante clase social le puso en bandeja.

Y vaya si le sacó partido. Como afirmaba en 2016 Alejandro Vergara —jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado— con motivo de la exposición El arte de Clara Peeters, “Clara forma parte de las generaciones que pintaban las cosas que tenían que pintar”.

Su obra es el reflejo del gusto, la cultura, la gastronomía y los intereses de una época y ubicación concretas. No obstante, se observan en su trabajo elementos originales que marcan la distancia entre lo común. Se trata, en ocasiones, de alimentos (pescados tan frescos como si intentaran saltar del cuadro, ostras, mariscos, aceitunas, alcachofas y otras frutas y verduras exóticas). O aparentes minucias como los pliegues de un mantel perfectamente doblado antes de extenderse sobre la mesa. Esos pequeños gestos pictóricos que denotan el poder adquisitivo de las gentes para las que trabaja. No faltaban tampoco las alusiones a la cetrería, actividad propia de la nobleza que las nuevas clases pudientes adoptaban como símbolo de poderío y apariencia.

Pero Peeters va mucho más allá. Sutilezas como la inclusión de imágenes minúsculas de su propio rostro o firmas explícitas en los objetos integrantes del cuadro como medio de autoafirmación y reivindicación personal: oigan, que estoy aquí. Y existo. Y pinto. Y vivo de ello porque soy excelente artista. Bien hecho. No sólo se autorretrataba, diminuta, en bellas jarras de peltre, en vasos o copas de plata dorada, también plasmaba en esos objetos detalles exquisitos como el reflejo de una ventana o el de la luz en el agua.

Además, la calidad y elegancia de sus pinceladas, la precisión técnica impecable y la perfección en el tratamiento de las transparencias, las texturas y el color revelan unas cualidades artísticas extraordinarias y una formación probablemente pictórica en un taller familiar. “No lo sabemos a ciencia cierta, pero lo habitual si una mujer pintaba es que fuera de una familia aristócrata o de pintores”, apunta Vergara de nuevo.

Su nombre aparece por primera vez en un documento de 1627 que describía un cuadro, perteneciente a una tal Lucretia de Beauvois, como “pescado.  Copia de Clara Pieters“. Claro que no fue esta su primera obra. Bodegón de galletas, firmado en 1607, es su primer cuadro documentado y en él se perciben influencias de algunos artistas de la época como Ossias Beert. Se le atribuyen en total cuarenta cuadros realizados entre 1607 y 1621.

Considerada como la pionera del bodegón flamenco, plasma en sus lienzos los alimentos junto a todo tipo de objetos preciosos que rivalizan entre ellos: saleros de plata (entonces la sal era un condimento preciado al alcance muy pocos), conchas, copas de cristal, porcelanas importadas de China, incluso monedas de oro. Fue también la primera pintora que incluyó pescados como casi exclusivos protagonistas de sus composiciones y alegorías de misteriosos significados.

Si miráis con atención, veréis representados ciertos insectos (moscas, saltamontes) en varias de sus obras. Se trata de un recurso de origen clásico utilizado para reforzar el ilusionismo del cuadro, la sensación de estar ante una composición real, viva.

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Obras:
1.- Clara Peeters. Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas. Óleo sobre tabla, Hacia 1611. ©Museo Nacional del Prado.
2.- Clara Peeters. Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre. ©Museo Nacional del Prado.
3.- Clara Peeters. Bodegón con cangrejo, camarones y langosta. ©Museo de Bellas Artes de Houston
4.- Clara Peeters. Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas. 1611. ©Museo Nacional del Prado.
5.- Clara Peeters. Bodegón con gavilán, aves, porcelana y conchas. 1611. Óleo sobre tabla, 52 x 71 cm. ©Museo Nacional del Prado.
6.- Clara Peeters. Bodegón con pescado, ostras y camarones. ©Rijksmuseum.
7.- Clara Peeters. Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas. Óleo sobre tabla, Hacia 1611. Detalle cuchillo. ©Museo Nacional del Prado
8.- Clara Peeters. Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre. Detalle copa. ©Museo Nacional del Prado.
9.- Clara Peeters. Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre. Detalle jarra. ©Museo Nacional del Prado.

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