Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Los días azules.

Hay días así. Azules, blanditos. Días esponjosos que huelen a oxígeno, a cruasán de mantequilla, a libro de papel, a ratos de infancia.

Los días azules

Hay días así. Veloces, tibios, inmensos. Días en los que deambulas por la casa con ganas de salir a la calle. De respirar ese aire delirante que un tal Yves Klein tiñó una vez de azul flúor. De beberte a morro los ratos indebidamente regalados al invierno. De reírle a la cara su derrota. De atrapar entre las manos esas pelusillas blancas, casi transparentes, que flotan por todas partes como nieve de primavera. Inofensiva.

Hay días así. Azules, blanditos. Días esponjosos que huelen a oxígeno, a cruasán de mantequilla, a libro de papel, a ratos de infancia, a filosofía tierna de andar por casa, a preguntas con respuesta. O no. Porque no te preguntas nada. Porque no hace falta preguntarse nada. Porque, de pronto, ese inquietante paisaje de grises puntiagudos, objetos desafiantes y palabras desbocadas suplicando auxilio, se ubica donde debe. Todo recupera su sitio, sus dimensiones habituales.

Entonces abres las ventanas y miras el mundo como si estuvieras aprendiendo a verlo de nuevo.

Y escuchas a Freddie Mercury. Y encuentras las palabras, el orden correcto, el fustazo de la emoción. Ya no buscas la frase. Ni de broma la redonda, ni de coña la perfecta. No necesitas nada admirable. Sólo el paso de los días. Así, azules, a lo bestia.

Hay días así. Serenos, enormes, incluso desmedidos. Días en los que las aberraciones amanecen difuminadas en un campo de aforismos perfectos y amapolas insensatas (las amapolas siempre me han parecido unas tarambanas adorables). Días en los que no hay desiertos que cruzar. Ni mares hostiles. Ni tormentas crueles. Ni gravedad. Ni expresiones prohibidas. Ni sueños imposibles. Sólo hay suelo que flota bajo tus pies. Sólo cielo que derrama algodón sobre tu cabeza.

Hay días así. Azules. Furiosos de luz, tremendos, dispersos, despeinados, salvajes.

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Cosas mías

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano

Día uno. Estado de alarma.

Es domingo y aún nada parece raro. Estamos los tres en casa como cualquier mañana festiva, haciendo lo que solemos en cualquier mañana festiva. Únicamente las calles vacías, el silencio que desborda las aceras me recuerdan que vivimos una situación anormal.

Ana M. Serrano

Fantasma.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus propias miserias. La buscaba porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma.

Ana M. Serrano

Relatos

Día trece. No basta con abrir la ventana.

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Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

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Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

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Es domingo y aún nada parece raro. Estamos los tres en casa como cualquier mañana festiva, haciendo lo que solemos en cualquier mañana festiva. Únicamente las calles vacías, el silencio que desborda las aceras me recuerdan que vivimos una situación anormal.

Ana M. Serrano

Fantasma.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus propias miserias. La buscaba porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma.

Ana M. Serrano