Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Los días azules.
Cosas mías

Los días azules.

Ana M. Serrano

Hay días así. Azules, blanditos. Días esponjosos que huelen a oxígeno, a cruasán de mantequilla, a libro de papel, a ratos de infancia.

Primavera, Notre Dame y otros delirios.
Arte

Primavera, Notre Dame y otros delirios.

Ana M. Serrano

Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle.

La Mendiga.
Cosas mías

La Mendiga.

Ana M. Serrano

Porque ella ya está allí. Como cada día, la mendiga ha desplegado todo su material de guerra callejero: la silla, el vaso de plástico, las mantas de colorines sobre las piernas. La escena ya es rutina.

Desierto.
Cosas mías

Desierto.

Ana M. Serrano

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

Invierno.
Cosas mías

Invierno.

Ana M. Serrano

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento, el mito deshonesto del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero.

Ciudades de diseño.
Cosas mías

Ciudades de diseño.

Ana M. Serrano

Brasilia, Camberra, Chandigarh, Dubai, Abu Dhabi, Doha…, todas ellas vestidas de una belleza estatuaria digna de museo, parecen estar esperando que alguien les insufle vida.

Otoño.
Cosas mías

Otoño.

Ana M. Serrano

En otoño las calles no duelen. Ni la lluvia. Al contrario. El otoño calma y colma la sed de sosiego. Las esquinas se redondean, se vuelven sinuosas. Nada pincha.

La mujer que buscaba.
Cosas mías

La mujer que buscaba.

Ana M. Serrano

Mientras escribe agitada por el levante gaditano, lee en Internet  —las cosas estas de la era digital— una historia de mujeres, de una mujer. Habla de amor y rebeldía. La historia. También de ira y de obstáculos.

Gris.
Cosas mías

Gris.

Ana M. Serrano

Un ser agotado, solitario, contradictorio, que no encuentra su lugar en el mundo y no sabe (no se atreve) cómo ponerle fin.

Historias de mujeres.
Cosas mías

Historias de mujeres.

Ana M. Serrano

Hay tantas mujeres fascinantes, desconocidas, ignoradas, olvidadas, que a veces no sé por cuál empezar. Seguir, más bien.

Me siento poderosa.
Cosas mías

Me siento poderosa.

Ana M. Serrano

Me siento poderosa porque ese concepto de poder asociado a la pasta, a la influencia y a la capacidad de decidir el futuro de la humanidad me importa una mierda. Porque dirigir me importa una mierda. Porque me basta con que no me dirijan.

El frío.
Cosas mías

El frío.

Ana M. Serrano

Odio la textura de la nieve, el color de la maldita lluvia, el ruido del granizo, el sabor ácido de las nubes oscuras. Odio resbalar sobre la escarcha blanquecina de los amaneceres de invierno, rascar los cristales del coche, el olor a calle en el ascensor.

Esos zapatos naranjas.
Cosas mías

Esos zapatos naranjas.

Ana M. Serrano

El naranja es un tono insumiso. Sabe agridulce cuando estalla entre los dientes. Es infalible al tacto y al olfato, fascinante para la vista. Te obliga a pensar en picado.

Cuaderno de agravios.
Cosas mías

Cuaderno de agravios.

Ana M. Serrano

No sé si ando yo últimamente con la vena sensible a flor de piel o a la gente le ha dado por tocarme los cojones, que también.

Sr. Sánchez:
Artículos

Sr. Sánchez:

Ana M. Serrano

No insulte nuestra inteligencia tratando de disfrazar su desvergonzada avidez de poder con falsas insinuaciones de concordia. No sea usted tan “complaciente” con el radicalismo de cualquier signo. No venda su alma al diablo. Y si lo hace, no pretenda convencernos de lo contrario. Eso sí, sepa que se va cargar su país y su partido, lo que queda de él. Con toda seguridad (o eso aparenta), no le importe lo más mínimo, pero al menos sea consciente de ello y déjese de milongas e indefiniciones.

Sin anestesia ni nada, oigan.
Artículos

Sin anestesia ni nada, oigan.

Ana M. Serrano

No soy votante conservadora. Nunca lo he sido y, con toda seguridad, nunca lo seré. Al menos, no mientras la derecha siga entendiendo la sociedad como un conjunto de individuos adocenados y dóciles a los que manipular a su antojo. Hubiera sido votante de la izquierda socialista si no me hubieran decepcionado a los tres minutos de alcanzar el poder, demostrando que mantener el analfabetismo y la incultura les permite manejar el chiringuito del trapicheo y el amaño con la misma impunidad que sus contrarios. Por ello, a la hora de buscar alternativas, he sido muy cuidadosa; he mirado con lupa cada propuesta, cada programa, pero y por encima de todo, he examinado la honestidad del sujeto candidato a condicionar mi vida, el futuro de todo un país durante los próximos cuatro años.

No perdamos la cordura.
Artículos

No perdamos la cordura.

Ana M. Serrano

Stalin no ha resucitado. No se han confabulado todos los demonios del comunismo más reaccionario para “tomar por asalto” los escaños y concejalías que nuestros mangantes más preciados van a tener que desalojar en breve. Ni siquiera gobierna la ultraizquierda radical. De hecho, y de momento, no gobierna nadie. Simplemente se ha producido un cambio. El cambio por el que llevábamos piándolas desde los tiempos aquéllos en que Zapatero negaba la evidencia. O antes, incluso.

Y sí, los cambios suelen dar vértigo.

El voto que viene.
Artículos

El voto que viene.

Ana M. Serrano

¿Cómo pueden pretender que alguien les vote diciendo únicamente lo mal que hacen todo los del lado contrario? ¿Qué confianza puede inspirar una persona que sólo sabe hablar mal de los otros? Desde luego a mí así no me convencen. Cuando tenga dieciocho o me cuentan qué pretenden hacer, cómo lo van a hacer, de qué medios disponen para conseguirlo y si no los tienen dónde piensan buscarlos, o los va a votar su padre. Eso. Además de convencerme con argumentos racionales de que todo lo que prometen es bueno para el progreso y el bienestar del país. Y el mío, naturalmente.

En esos términos o parecidos se expresaba ayer un chaval tras escuchar perplejo el discurso de una miembra del pesoe que lo mismo podría haber pertenecido al pepé, al peneuve o a izquierda unida, por mentar a algunos. Porque el chaval, que tiene dieciséis años y bastante más criterio que muchos de los considerados aptos para elegir a sus gobernantes (claro que como en algún punto hay que dar el tajo y carecemos de indicadores de estupidez, no nos queda otra que recurrir a la edad) no se detuvo a descodificar el color de la demagoga de turno sino a flipar con la soflama inconsistente de la tipa. Razón no le falta.

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