Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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¿Por qué tienes esa necesidad de ocultar tu cuerpo?

Es la pregunta que le haría a cualquier mujer musulmana (o no tan musulmana).

Porque son ellas las que deben tomar la palabra. Porque son ellas quienes han de expresarse. Porque ni yo ni nadie podemos (ni debemos) hablar en su nombre, salvo en el supuesto de que les tapen boca. Y por eso escribo. Porque me temo que más de una vive amordazada, si a eso se le puede llamar vivir. Porque lo realmente preocupante no es la prenda en sí (llámese burka, burkini, hiyab o blusa occidental abrochada hasta el cuello), sino todo lo que se esconde tras ella. El oscurantismo, la represión. Todas las razones que siguen impulsando u obligando a la mujer (a cualquier mujer) a esconderse, a callar. Porque toda solución sigue pasando por el tamiz del respeto, la educación y la abolición de los fanatismos. Por donde no pasa de ninguna manera es por la prohibición arbitraria.

La polémica levantada este verano sobre la prohibición del burkini en las playas francesas me ha traído a maltraer. He pasado por casi todos los estados posibles, desde la rebelión absoluta contra dicha vestimenta, hasta la reflexión acerca de las razones de quienes lo portan, según afirman, con total libertad. Así se expresaba la jugadora egipcia de voley-playa que se plantó en Copacabana, a pleno sol brasileño y practicando deporte, vestida de negro de arriba a abajo, incluida cabeza. Que tales vestimentas levanten ampollas entre los defensores de la libertad y los derechos fundamentales no me causa estupor. Sí que las autoridades occidentales se erijan como defensoras acérrimas de tales libertades cargando (como casi siempre) contra la parte más débil del asunto: la mujer.

Dicen algunas musulmanas residentes en Europa que el velo (hiyab) se lleva porque se siente. Yo me pregunto ¿Cómo se digiere eso? ¿Sienten realmente tal necesidad? ¿Es de verdad un símbolo religioso o una muestra más de del sometimiento social que su religión les impone? ¿Permanecen sus voces ahogadas en un mar de tópicos occidentales? Muchas han decidido usarlo como muestra de rebeldía frente a la intolerancia occidental. Mientras, otras entienden que ir tapadas las dignifica; las protege de las miradas lascivas de los hombres; las aleja de la posibilidad de ser vistas como objeto sexual. Sin embargo, creo que el mero hecho de ocultar su cuerpo para evitar ser acosadas es un signo de sometimiento. Una manera de aceptar que ciertos hombres tienen el derecho de imponer su deseo por encima de la voluntad ajena. De asumir como propio el problema de esos sujetos que se comportan como machos en berrea permanente.

Pero no nos echemos las manos a la cabeza con tanta ligereza. Eso también sucede aquí, en nuestra civilizada sociedad occidental. Van vestidas como putas y luego se quejan de que las violan. Es que van pidiendo guerra. Qué hacía sola en la calle a esas horas. Estaba borracha. Es una calienta pollas. No se resistió lo suficiente… Perlas del estilo se oyen demasiado a menudo. En Europa. En el siglo XXI. Lo dicen señores aparentemente normales. Y, lo que es peor, también señoras.

Dejarse llevar por el etnocentrismo no parece lo más acertado. Como tampoco lo es tragarse sin masticar los postulados de ese supuesto multiculturalismo tan de moda entre cierto progrerío de salón que no duda en calificar de islamófobo, racista, facha, reaccionario y otras lindezas a quien osa cuestionar sus planteamientos.

¿Qué se entiende por multiculturalismo?

Según Ayaan Hirsi Ali —activista defensora de los derechos de las mujeres musulmanas—, la “teoría del multiculturalismo” entendida como la posibilidad de que diferentes grupos minoritarios conserven sus costumbres y religión incluso si son incompatibles con la constitución o la ley de la sociedad (mayoritaria) en la que supuestamente se integran, hace aguas por varios lados. Primero, porque tal concepto no contempla al individuo perteneciente a dicha minoría, sino a un colectivo carente de espacio para “uno mismo”. Pero además, congela a estos grupos en un determinado sistema cultural sin posibilidad de evolución. Así, la gente que pertenece a estos grupos se queda sin la oportunidad de pensar siquiera, y de progresar. Sin embargo, continúa, la cultura es algo dinámico, algo que debería renovarse y criticarse constantemente. Los multiculturalistas la ven como algo estático.

Esto podría llevar a la negación de la igualdad ante la ley. Me explico: si alguno de los sujetos perteneciente a un determinado grupo comete un acto contrario a la ley, no pasa nada. Hay que respetarlo porque forma parte de sus costumbres (tribales y primitivas, pero tradiciones propias al fin y al cabo). Mientras que si ese mismo acto lo lleva a cabo un individuo ajeno a cualquier grupo étnico, sería inadmisible. Paradójico, ¿verdad?

Precisamente lo que sucede en Europa con algunas hábitos arraigados en la religión islámica (que ya no representa ninguna minoría, por cierto); sobre todo las relativas a la condición femenina. Si no son compatibles con la igualdad y el respeto a los derechos humanos recogidos en nuestras leyes fundamentales, ¿por qué somos tan transigentes con dichas prácticas? Tal vez tendríamos que plantearnos la tolerancia desde un punto de vista más legalista (o constitucional). Pues, si en aras de ese multiculturalismo se permite a determinados grupos conservar tradiciones basadas en la sumisión de la mujer, se les está privando (a ellas) de sus derechos. Injustificable en una sociedad democrática.

¿Religión o patriarcado?

Volviendo al burkini o el hiyab. Concebidos como símbolos inequívocos de la identidad religiosa de muchas mujeres, y siempre bajo la premisa de que lo lucen exclusivamente en nombre de su entrega a dios (al suyo), sin presión ni condicionamiento alguno, su uso no causaría polémica. Pero, ¿de verdad todas disfrutan de la libertad suficiente para elegir? ¿Es el uso de esas prendas un precepto religioso o una imposición social derivada de un régimen patriarcal? Ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo sobre si es un mandamiento del Corán. Personalmente creo que tal indumentaria responde al mismo razonamiento extremo que los países donde el islam es, además de religión, poder legislativo, ejecutivo y judicial, relegan a la mujer al estatus de animal doméstico. Eso si tiene suerte.

Y es que, al igual que hay voces femeninas implicadas que no se perciben como oprimidas, otras lo niegan: El ‘burkini’ no sólo es un retroceso, sino una degradación para la mujer. Una falsa libertad. Una prenda tras la que las musulmanas se refugian del patriarcado que les han impuesto. Son palabras de Intissar El Mrabet —marroquí y musulmana militante en la Asociación de Iniciativas para la Protección del Derecho de las Mujeres— recogidas en El Mundo. Como las de la jurista musulmana experta en derechos humanos, Fatiha Daoudi, que explica a este mismo diario, las mujeres que lo llevan lo hacen bajo la influencia de un argumentario radical que reduce su cuerpo a su sexo y a un elemento de seducción que deben esconder. Y no sólo ellas. Infinidad de musulmanas anónimas reconocen la involución que ha sufrido el islam (convertido en religión de Estado, actual régimen político fundamentalista de muchos países antes mucho más tolerantes), secundan esta opinión y luchan por salir de la jaula que la ¿religión? les impone.

Son ellas quienes deben tomar la palabra.

De ahí la pregunta inicial. La que le haría a cualquier mujer musulmana (o no tan musulmana): ¿Por qué tienes esa necesidad tan apremiante de ocultar tu cuerpo? Porque son ellas quienes han de expresarse. Porque yo (ni nadie) no puedo hablar en su nombre, salvo en el supuesto de que les tapen boca. Y por eso escribo esto. Porque me temo que más de una vive amordazada, si a eso se le puede llamar vivir. Porque lo realmente preocupante no es la prenda en sí (llámese burka, burkini, hiyab o blusa occidental abrochada hasta el cuello), sino todo lo que se esconde tras ella. El oscurantismo, la represión. Todas las razones que siguen impulsando u obligando a la mujer (a cualquier mujer) a ocultarse, a callar. Porque toda solución sigue pasando por el tamiz del respeto, la educación y la abolición de los fanatismos. Por donde no pasa de ninguna manera es por la prohibición arbitraria. Menos aún, cuando tal prohibición carga contra el lado más vulnerable, condenando a las portadoras (voluntarias o involuntarias) del burkini o el hiyab a una doble discriminación.

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