Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Sueños

Aprovechaban la hora del recreo para escaparse del “cole”. Entraban al Retiro subidos en la moto, sin casco, riendo, pasando de los “guardias”, el viento y el sol en la cara, sin miedo a nada pues nada tenía importancia salvo esas mañanas de primavera, de almendros en flor, de “pellas”, de confidencias y de risas. Eran unos inconscientes, dos críos de 17 años que soñaban con cambiar el mundo, un par de rebeldes sin causa, ¿acaso a su edad les hacía falta causa para ser rebeldes?

Paraban en un banco, detrás del Palacio de Cristal. Ella sacaba un paquete de tabaco aplastado que llevaba escondido en el bolsillo de sus vaqueros y él abría la bolsa de patatas que habían comprado en la tienda de enfrente.

_ ¿Quieres?

_ ¿Patatas?

_ No, un cigarrillo.

_ A medias, ¿vale?

Él era un poeta y un soñador; cantaba y lo hacía muy bien.

_ ¿Crees que le gustará?

_ Seguro – reía ella- ¡qué suerte tiene Sandra con un tío como tú!

_ Tú tendrías la misma si no te hubieras enamorado de ese cabrón.

_ No es un cabrón y no estoy enamorada: sólo es un chico malo y sólo me gusta.

Porque a ella, con 17 años, le gustaban los chicos malos, muy malos y guapos, muy guapos. Y a él le gustaba Sandra, la niña más pija del mundo, que iba al colegio de al lado, a él que era un bohemio y quería cantar y escribir versos, no quería ir a la universidad, no atendía en clase y le echaban todos los días. A ella le encantaba escapar con él porque ella sólo quería ser libre y no hacía ni caso, y sí quería ir a la universidad, pero también la echaban todos los días. Porque ella, la más guapa del colegio, la más inteligente y la más divertida, tampoco estaba dispuesta a pasar por el aro.

Él se sentaba en el césped, aún húmedo, y ella apoyaba la cabeza en sus piernas mientras él recitaba para Sandra y ella soñaba con unos ojos oscuros y enormes.

Eran amigos, simplemente amigos; no se gustaban, no podían gustarse porque eran amigos y era lo único que podían ser.

4 Responses to Sueños

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Ana M. Serrano

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Ana M. Serrano