Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Pandora…

— Toma este ánfora, bella Pandora, es para Prometeo. En ella he encerrado todos los males y desgracias que conozco. Deberás embaucarle y seducirle consiguiendo que destape la vasija de forma que su contenido se esparza por la Tierra y los hombres no puedan volver a ser felices.

Zeus estaba enfadado, enfadadísimo, tanto que no cabía en sí de rabia.

Ese Prometeo de todos los infiernos se había burlado de él otra vez, ¡ese condenado titán amigo de los hombres había osado enredarle y él, Zeus, rey de del Olimpo y dios de todos los dioses, había picado el cebo como un vulgar mortal!

—¡Muy bien maldito Prometeo, estarás contento! ¡Por tu culpa los dioses reciben la piel, la grasa y los huesos de los animales mientras los humanos tienen su carne; muy bien, endiablado traidor, tú lo has querido: tus amigos tendrán carne pero se la comerán cruda!— bramó Zeus.

Y les arrebató el fuego.

Los hombres al verse despojados de su calor, asustados por la ira del dios, expuestos al frío de la noche y privados del placer de cocinar acudieron a Prometeo suplicándole ayuda.

¡Ah Zeus, tramposo! —murmura Prometeo— De modo que los dioses no saben perder… Me pides que haga de juez, aceptas mi trato, te doy a elegir y escoges el envoltorio más vistoso…, te arrepientes de tu elección y castigas a los hombres despojándolos del fuego. ¡A ellos que no tienen culpa de nada!

Indignado ante semejante injusticia, Prometeo decide robar el fuego a los dioses. Sube al monte Olimpo, toma el fuego del carro de Helios y lo introduce en el tallo de una cañaheja para, así, devolverlo a la Tierra. Cuando Zeus descubre el el atropello su ira no tiene límite y urde un plan para vengarse definitivamente de los hombres y castigar a Prometeo. Cuenta con la colaboración de todos los dioses, incluso con la de Atenea pues ella, a pesar de su sabiduría y su naturaleza pacífica, estaba enojada con Prometo; al fin y al cabo también ella era una diosa y no podía permitir que tremenda burla quedase impune.

Hefesto, de acuerdo con los deseos de Zeus, crea la estatua de una encantadora doncella a base de arcilla y lágrimas a la que Atenea viste con las más finas y elegantes telas. Las horas y las gracias le regalan flores y joyas, Apolo una dulce voz y Afrodita una fascinante belleza mientras que Hermes, el mensajero de los dioses, le otorga el don de la lengua y el ingenio rápido. Así ataviada y dotada con todos los encantos del Olimpo, la sensual Pandora se encuentra preparada para bajar a la Tierra y cumplir con la misión de Zeus que será fatal para la humanidad.

— Toma este ánfora, bella Pandora, es para Prometeo. En ella he encerrado todos los males y desgracias que conozco. Deberás embaucar y seducir a ese insensato y rebelde titán consiguiendo que destape la vasija, que su contenido se esparza por la Tierra y que los hombres no puedan volver a ser felices.

Sin embargo, Prometeo desconfíaba de todo regalo proviniente del Olimpo, de modo que no se dejó encandilar por la dulce Pandora y la apartó de su lado sin contemplaciones. Claro que ella, bien astuta, no estaba dispuesta a claudicar, ¡faltaría más! Así, el ingenuo e insensato Epimeteo, desoyendo los consejos de su hermano Prometeo, se rindió al los encantos de la doncella en cuanto tuvo la más mínima posibilidad y, agotado de placer, levantó la tapa de todas las miserias.

La esperanza, oculta tras un velo en el fondo del jarrón, aún pugna por salir de allí y devolver a los hombres algo de su perdido paraíso.

Reina, 14 de abril

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