Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Las segundas partes a veces son buenas…

Me limité a marcharme de la misma forma que llegué, ajena a ese lugar desconcido, a su ruido.

Las voces revolotearon a mi alrededor unos instantes, dos minutos, tal vez tres… Después me sumí en el abismo de silencio que me acompañaba como perro fiel, un silencio que me negaba a romper, el mutismo que yo misma me impuse convertido en una fortaleza inexpugnable.

Sin embargo, el recuerdo de aquella extraña habitación me asaltaba cada día con mayor frecuencia, la curiosidad se apoderaba del recelo, la inconsciencia caprichosa de la sensatez, de esa cautela que yo misma había creado. Hasta que una apacible tarde de agosto regresé. Sorprendida, comprobé que la puerta estaba abierta. Esta vez entré decidida, nadie preguntó, el ruido incesante… Creo que sonreí.

_ ¿Reina?

Me sacudió la calidez de esa voz, su dulzura me había acompañado en algunos momentos difíciles. Mis ojos le buscaron entre el tumulto, lo hallé rápidamente, su sonrisa me abrió paso, me tomó de la mano…

_ Es mi amiga, acaba de llegar, está confundida, ¿me ayudais?

Más ruido, voces desconocidas que me hablaban, se dirigían a mi… Aturdida traté de corresponder.

_ Reina ven, pasa – otra voz aún más familiar me regalaba confianza – te va a gustar, pronto te acostumbrarás al ruido, formarás parte de él, sólo tienes que mostrarte como eres…

¿Hablar yo, dejarme ver…? ¡Las piernas para salir corriendo de esa casa de locos a la mínima tontería!

Pero iba cada día a escucharlos, a veces hablaba con alguna de esa voces, otras callaba desconcertada. Despacio, sin apenas darme cuenta me fui despojando de la coraza que me hacía inmune a angustias pasadas; aquí era yo quien elegía, mi intuición la que decidía, podía deshacerme de cualquier perturbación con el simple movimiento de un dedo. Voces extrañas se convirtieron en amigas derritiendo los muros con el calor de la música, el cine, las letras, los libros, la pintura, las risas unas veces, las protestas otras, algún grito contra la injusticia, voces solidarias… Aprendí a descifrar esos símblos raros, a emplear ese lenguaje especial, ese idioma diferente e igual

Y sí, esas dos voces que rompieron mi escepticismo inicial tenían razón: ahora formo parte de ese ruido constante, de esa algarabía diaria, de ese «patio de vecinos», de un mundo irreal que más de una vez se ha hecho realidad… Un lugar donde, hoy por hoy, me siento cómoda y tanquila, un lugar donde mis piernas han dejado sitio a mi rostro, donde vuelvo a ser la «reina virtual» que un día alguien quiso cargarse.

Reina, 3 de mayo.

(*) El autor de la fotografía es Borja De Diego

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