Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Apuntes de una mañana de junio.

A mi izquierda la ciudad se diluye entre la calima. El cielo va perdiendo su peculiar azul transparente. Es junio en Madrid.

A mi izquierda la ciudad se diluye entre la calima. El cielo de Madrid va perdiendo su peculiar azul transparente. En la línea del horizonte los edificios se desdibujan transformándose en colinas difusas, casi etéreas. Como si una especie de quimera tomara mansamente las riendas de mis pensamientos, me dejo invadir por el sopor y el zumbido de los pequeños intrusos que revolotean sobre los macizos de flores rosas al borde del camino. El calor aprieta cada vez más. Es junio en Madrid.

Una súbita ráfaga de viento me devuelve a la realidad justo cuando un balón dorado y rojo irrumpe sobre mi libro. Su dueño, un muchacho torpe que babea y vocifera frases incoherentes, corre hacia mí destartalado. Debería estar vigilado, pienso mientras me incorporo de un salto y le lanzo la pelota lo más lejos posible. No quiero que se me acerque, me asusta; aunque probablemente sea más fruto de mi propia incapacidad que de la suya, el sentimiento no puede parecerme más mezquino.

Alguien lo llama, probablemente su madre. El chaval se evapora. La brisa recupera su cadencia. El parque sigue imperturbable bajo el sol de esa mañana de junio amable y luminosa que había salido a mi encuentro para recordarme la deliciosa quietud de mi propia existencia. Me bebo de un trago el agua de mi botella –demasiado caliente— y empiezo a escribir.

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Cosas mías

Menos pensar y más obedecer.

“Menos pensar y más obedecer”. Esa parece ser la consigna de estos nuevos líderes patrios arrogados de soberbia e ínfulas mesiánicas cuyo principal objetivo no es otro que perpetuarse en el poder.

Ana M. Serrano

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Relatos

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

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Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano