Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

Menu

La librería de las letras olvidadas. I.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, apretó el paso pues aquello arreciaba adornado además con la danza rojiza de la hojarasca que se arremolinaba al son del viento. Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle.

Fotografía Miguel Angel Urech

Fotografía Miguel Angel Urech

—     ¿Don Pelayo? ¡Don Pelayo, soy yo! ¡Tiene que venir, por favor! ¡Ha de darse prisa!

Si el timbre del teléfono desbarató el desayuno de Pelayo, la voz ahogada de mujer al otro lado del hilo le inquietó aún más.

—     Úrsula, ¿es usted? ¿Qué le ocurre? Serénese, mujer… Despacio. Tome aire, por Dios…

—     ¡Ay, don Pelayo! Es que ha sido terrible. Un tipo… Estaba ya al lado de la librería. En la esquina… No le vi venir. Me abordó. Lleva gabardina y gafas de sol. ¿Ha visto usted algo más ridículo que unas gafas de sol cuando está a punto de llover? Y las manos en los bolsillos como si escondiera una pistola… Me amenazó. ¡Dijo que iban a encerrarme! Encerrarme a mí, ¿por qué? Y el caso es que me pareció tan guapo. Pero, ¿qué estoy diciendo? Con esa pinta de canalla y esa chulería… Estoy muy asustada don Pelayo. Parece un policía. De esos que van de incógnito.

Lo soltó todo así de sopetón, casi sin respirar, como si temiera no ser capaz de acabar la frase.

—     A ver Úrsula, no se altere más —dijo suavemente, tratando de calmarla— ¿Desde dónde me llama? ¿Desde el bar? Está bien, está bien. No se mueva de ahí. En diez minutos estoy con usted. Y tranquilícese, por favor. No va a pasarle nada, se lo aseguro.

Estos cabrones de “la social”… Mira que amedrentar así a la chica…, murmuraba Pelayo mientras apuraba de un trago su café y se pasaba un peine por el espeso cabello oscuro. No podía perder el tiempo en afeitarse, pero tampoco le dio importancia; esa sombra de barba sobre la piel cetrina aumentaba su atractivo.

Se echó un abrigo sobre los hombros, bajó a trompicones la escalera y se abalanzó contra aquel frío otoño del 62 sin dejar de pensar en lo extraña que sonaba la palabra “encerrar” en la boca de la pobre Úrsula. ¡Y “chulería”! Eso era ya todo un exceso.

Llevaba casi un año ayudándole en la librería y aunque entonces él no andaba buscando dependiente —se las apañaba como podía, más mal que bien, eso es cierto— le conmovió el aspecto frágil de la muchacha, su apariencia pulcra y algo anticuada y ese aire medio monjil que, lejos de provocar rechazo, inspiraba cierta ternura. Pero pronto se reveló como una joven inteligente, despierta, capaz de convertir el caos de la trastienda y las pilas de libros amontonadas en el suelo en un espacio acogedor y ordenado donde el olor a tinta y papel se mezcla con la dulzura permanente de las violetas cuya procedencia tanto le intrigaba.

Sin embargo y aún con la seguridad de que ella lo intuía casi desde el principio, Pelayo prefirió no mencionarle el asunto de los libros prohibidos que con cierta frecuencia y de manera clandestina recibía desde Méjico o París; no por temor a que se fuera de lengua, sino más bien por su afán de mantenerla alejada de las mañas de la Brigada político social que, alimentada por el poder y la censura, no se andaba con chiquitas.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, y apretó el paso empujando la hojarasca rojiza que se arremolinaba en torno a sus tobillos.

Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle. Aunque no sabía si esa aparente falta de interés le inquietaba más de lo que le tranquilizaba, se apresuró a entrar en el bar donde sentada a la mesa del rincón más discreto del local le esperaba una Úrsula mucho menos temblorosa de lo que había supuesto.

Continuará […]

Newsletter

La forma más sencilla de estar al día de todo lo que se publica en Diálogos de Libro.

Puedes ejercer en cualquier momento tus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición sobre tus datos.

Relatos

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano