Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

Menu

Desierto.

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

Desierto

A finales de diciembre, la frontera del Sáhara tunecino es un hervidero de exotismo y color. Caravanas de nómadas a lomos de dromedarios y burros acampan al borde de las dunas que acotan la ciudad. También los turistas se afanan en participar de la fiesta, contagiados por el sonido de los tambores y los berridos de los animales. Las risas infantiles se confunden con el aroma especiado. El jolgorio, el ambiente tórrido y la sucesión no registrada de los gestos y expresiones heterogéneas de los forasteros enardecidos, distorsionan la celebración del legado bereber.

Lo cierto es que no se trata de una tradición milenaria. Apenas se instauró en los 70 del siglo pasado para rendir homenaje a ese pueblo fascinante, nómada y altivo que lleva siglos cabalgando el polvo rojo del norte de África.

Nadine contempla estupefacta el desconcierto folclórico que le rodea como una avería más de la globalización y el postureo instagrameable. Esconde su móvil entre los pliegues del pantalón que apenas le cubre los muslos. Le avergüenza de formar parte de esas nuevas hordas paletas que viajan como el que va al circo. A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

¿Para qué viajas tú, Nadine? ¿Para ver paisajes? ¿Para descubrir? ¿Para contar qué? Las preguntas se quedan flotando como una nube deshilachada, aletean durante un buen rato sobre su melena azabache. Se estrellan, al fin, contra la multitud, contra sus correteos medio histéricos entre las ruinas de un antiguo asentamiento militar. Es entonces cuando vislumbra la figura azul y solitaria. De pie, sobre las crestas de arena afilada, el tuareg destiñe la monotonía naranja del paisaje. Lo mira desde lejos, antes de saltar por encima del vocerío, antes de sentir la punzada del viento, el taladro de la calma.

Trepa descalza hacia la cima de la duna. La arena tibia se escurre entre sus deditos, dibuja extraños jeroglíficos sobre su uñas rojas, tan perfectas, tan cuidadas, tan brillantes en esa alfombra cada vez más distante de la turba. Y de pronto comprende lo que sucede.

Allí arriba el día cae más deprisa, el viento no chirría. No existe más que un horizonte infinito y kilómetros de silencio rasgados únicamente por el rebuzno de algún asno. “El desierto parece un lugar vacío —dice el tuareg y su voz suena como un susurro de arena incandescente—, sin embargo está lleno de leyendas y silencios, de nombres de tribus y soberbios guerreros que inflaman el espíritu y acunan el alma”.

No se atreve a mirarle con intensidad. Teme quedarse tan estatua como ese hombre de piel cobriza y ojos de acero que atraviesan sus muslos desnudos. Enmudece ante su pose arrogante. El tiempo se esfuma. Se hunde lentamente tras una sinfonía de añiles y púrpuras, dorados y rojizos, hogueras mansas y carbones al rojo. Nadine sabe lo que viene después.

Porque antes de trepar a la duna, antes de sentir la punzada del viento y el taladro de la calma. Antes de descubrir que frente al silencio del desierto el resto de silencios son una impostura infame. Antes de avergonzarse de pertenecer a esa nueva burguesía cateta que viaja para ver paisajes y contarlos en la vacuidad de internet, ya había comprendido lo que sucede. Lo que sucedía.

Crecen las sombras. El Sáhara duerme.

Newsletter

La forma más sencilla de estar al día de todo lo que se publica en Diálogos de Libro.

Puedes ejercer en cualquier momento tus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición sobre tus datos.

Cosas mías

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano

Relatos

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano