Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Desierto.

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

Desierto

A finales de diciembre, la frontera del Sáhara tunecino es un hervidero de exotismo y color. Caravanas de nómadas a lomos de dromedarios y burros acampan al borde de las dunas que acotan la ciudad. También los turistas se afanan en participar de la fiesta, contagiados por el sonido de los tambores y los berridos de los animales. Las risas infantiles se confunden con el aroma especiado. El jolgorio, el ambiente tórrido y la sucesión no registrada de los gestos y expresiones heterogéneas de los forasteros enardecidos, distorsionan la celebración del legado bereber.

Lo cierto es que no se trata de una tradición milenaria. Apenas se instauró en los 70 del siglo pasado para rendir homenaje a ese pueblo fascinante, nómada y altivo que lleva siglos cabalgando el polvo rojo del norte de África.

Nadine contempla estupefacta el desconcierto folclórico que le rodea como una avería más de la globalización y el postureo instagrameable. Esconde su móvil entre los pliegues del pantalón que apenas le cubre los muslos. Le avergüenza de formar parte de esas nuevas hordas paletas que viajan como el que va al circo. A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

¿Para qué viajas tú, Nadine? ¿Para ver paisajes? ¿Para descubrir? ¿Para contar qué? Las preguntas se quedan flotando como una nube deshilachada, aletean durante un buen rato sobre su melena azabache. Se estrellan, al fin, contra la multitud, contra sus correteos medio histéricos entre las ruinas de un antiguo asentamiento militar. Es entonces cuando vislumbra la figura azul y solitaria. De pie, sobre las crestas de arena afilada, el tuareg destiñe la monotonía naranja del paisaje. Lo mira desde lejos, antes de saltar por encima del vocerío, antes de sentir la punzada del viento, el taladro de la calma.

Trepa descalza hacia la cima de la duna. La arena tibia se escurre entre sus deditos, dibuja extraños jeroglíficos sobre su uñas rojas, tan perfectas, tan cuidadas, tan brillantes en esa alfombra cada vez más distante de la turba. Y de pronto comprende lo que sucede.

Allí arriba el día cae más deprisa, el viento no chirría. No existe más que un horizonte infinito y kilómetros de silencio rasgados únicamente por el rebuzno de algún asno. “El desierto parece un lugar vacío —dice el tuareg y su voz suena como un susurro de arena incandescente—, sin embargo está lleno de leyendas y silencios, de nombres de tribus y soberbios guerreros que inflaman el espíritu y acunan el alma”.

No se atreve a mirarle con intensidad. Teme quedarse tan estatua como ese hombre de piel cobriza y ojos de acero que atraviesan sus muslos desnudos. Enmudece ante su pose arrogante. El tiempo se esfuma. Se hunde lentamente tras una sinfonía de añiles y púrpuras, dorados y rojizos, hogueras mansas y carbones al rojo. Nadine sabe lo que viene después.

Porque antes de trepar a la duna, antes de sentir la punzada del viento y el taladro de la calma. Antes de descubrir que frente al silencio del desierto el resto de silencios son una impostura infame. Antes de avergonzarse de pertenecer a esa nueva burguesía cateta que viaja para ver paisajes y contarlos en la vacuidad de internet, ya había comprendido lo que sucede. Lo que sucedía.

Crecen las sombras. El Sáhara duerme.

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Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento, el mito deshonesto del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero.

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