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Cuatro siestas. III-Invierno.

En las calles blancas y frías se impone la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

Las calles blancas y frías  imponen la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

En el interior de la cálida habitación la leña crepita en la chimenea mientras las llamas danzan al compás del piano. Un mullido sofá y el dulce olor a chocolate caliente y madera se funden con la luz azulada que se cuela por la ventana; todo languidece, el tiempo se estremece ante la melancolía que invade esa fría tarde invernal e invita a dormitar. Una mujer delgada y bella se abriga con una manta; se abraza a ella suave y sinuosa como el fuego que contempla entre sueños y entre sueños murmura un nombre masculino.
Siente sus brazos fuertes y morenos rodeando su cintura, suspira y, a su pesar, sonríe. Un soplo de aire congelado agita la manta y los rizos castaños esparcidos por el sofá; ella se revuelve incómoda, siente el frío y sus músculos se tensan. Sabe que está lejos y no quiere recordar, sabe que está lejos precisamente para no recordar. Pero el maldito recuerdo, tan implacable como el viento que sacude la tarde se empeña en perseguirla; no importa lo lejos que huya ni lo profundo que se esconda, él siempre sabe cómo encontrarla para zarandear y poner del revés su mundo. Lentamente…, todo transcurre lentamente, adormecido y cansino. Todo, menos el recuerdo.

Reina, 13 de julio

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