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Cuatro siestas. II- Otoño.

Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.

Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.

En el interior de la silenciosa habitación el viento húmedo se cuela por la ventana entreabierta para admirar con descaro el bello cuerpo de una mujer que se estremece entre sueños ante tan inesperada intromisión. El libro abierto se debilita entre sus manos que se afanan en atrapar la manta. Mientras el tiempo languidece, todo parece detenerse para contemplar la cortina de agua que no cesa. Ella se revuelve de nuevo, se esconde entre los pliegues de la manta que consigue arrastrar sinuosamente hasta sus hombros. Se refugia en su suavidad y se queda quieta, al fin ha encontrado la postura. Suspira dulcemente, su expresión recupera el sosiego, sonríe a pesar de la descarada brisa que acaricia su rostro. O tal vez por esa caricia furtiva… ¿quién sabe? Sueña y murmura algo ininteligible, acaso un nombre masculino, y un escalofrío recorre su cuerpo, el frío recuerdo de un tórrido verano mucho más poderoso que la  tarde lluviosa que trata de diluirlo. Lentamente…, todo transcurre lentamente, adormecido y cansino. Todo, menos el recuerdo.

Reina. 27 de junio de 2011

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