Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Cuatro siestas. I-Verano.

La calma y el bochorno han tomado la tarde; nada rompe el silencio salvo el monótono canto de las cigarras, las únicas que osan desafiar al sofocante verano. Nadie más se atreve a poner un pie en la calle.

La calma y el bochorno han tomado la tarde; nada rompe el silencio salvo el monótono canto de las cigarras, las únicas que osan desafiar al sofocante verano. Nadie más se atreve a poner un pie en la calle.

Mientras, en el interior de la silenciosa habitación un antiguo ventilador suspendido del techo balancea sus aspas con parsimonia agitando con pesadez el aire y las cortinas cerradas que regalan al sol un pequeño resquicio por donde colarse sin permiso y atisbar, descarado, el bello cuerpo de una mujer que dormita en su cama. Su desnudez ondula con suavidad en busca de un respiro, pero el calor no da tregua; todo languidece, el tiempo parece detenerse anestesiado por tan soporífera y calurosa tarde. Ella se revuelve de nuevo entre las sábanas de las que logra deshacerse y se queda quieta, al fin ha encontrado la postura. Suspira dulcemente, su expresión recupera el sosiego, sonríe a pesar del impertinente rayo de sol que acaricia su piel desnuda. O tal vez por esa caricia furtiva… ¿quién sabe? Sueña y murmura algo ininteligible, acaso un nombre masculino, y una ola de calor recorre su cuerpo, los 40 grados de un recuerdo mucho más poderoso que su propia cordura. Lentamente…, todo transcurre lentamente, adormecido y cansino. Todo, menos el recuerdo.

21 de junio de 2011. Reina

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Relatos

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano