Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Callejeros

Fotografía @Trianarts

Desde niño supo que la música era su vida. Tenía ocho años cuando le llevaron por primera vez a un concierto y nunca olvidó el delicioso vértigo que invadió su alma en el mismo instante en que, tras un estruendoso silencio, los impresionantes sonidos de la orquesta se instalaron en su mundo para siempre. Nada comparable al trepidante latir de la sangre en sus sienes que parecían estallar.

Varios años después, descubrió que Laura provocaba en él idénticas sensaciones, el mismo vértigo…, pero esa es otra historia.

Luego vino su afán por el violín, las clases de solfeo, sus ansias infinitas de aprender. Nada como sentir el violín fundido entre sus brazos, el arco arrancándole los vibrantes sonidos que le hacían soñar, que le transportaban a un universo único, su violín y él… El éxtasis.

Mucho tiempo después se sorprendió fundido y tembloroso entre los brazos de Laura, soñando un universo compartido, un paraíso intenso, el éxtasis…, pero esa sigue siendo otra historia.

Luego vino la lucha por alcanzar su sueño, los viajes, las becas, las discusiones, un trabajo, cualquier trabajo para poder continuar, lo que fuera, casi a cualquier precio, las dificultades económicas, la frustración, la soledad.

_ ¿Cómo vas a ser músico si eso no tiene futuro?

_ ¿Cómo voy a ser médico si me mareo con una gota de sangre?

Tal vez nunca fue lo bastante bueno, tal vez no supo subirse al tren, tal vez nunca estuvo en el lugar adecuado en el momento preciso. Tal vez.

Tal vez Laura y su piano, y la armonía, tal vez…, pero esa siempre será otra historia.

Hoy, nada es comparable con la música, con las vibraciones de su violín, nada comparable con sus fantasías y anhelos, aunque sea tocando en la calle.

Fotografía: @Trianarts

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Relatos

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Ana M. Serrano

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Ana M. Serrano

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Ana M. Serrano