Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Arcones secretos II

Palabras abandonadas a su suerte, palabras convertidas en susurros, susurros que se evaporan en sus labios cada vez más próximos, cada vez más húmedos. La mirada de Blanca, enorme, se hace irresistible para Jaime que se zambulle en ella incapaz de pensar en nada más.

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Palabras abandonadas a su suerte, palabras convertidas en susurros, susurros que se evaporan en sus labios cada vez más próximos, cada vez más húmedos. La mirada de Blanca, enorme, se hace irresistible para Jaime que se zambulle en ella incapaz de pensar en nada más.

— ¿Eres consciente de lo que estamos haciendo? ¿Te das cuenta del lío en que nos vamos a meter?

— ¿Y tú, te das cuenta? —Blanca le mira fijamente— ¿No sabes que en este lío, como tú lo llamas, estamos nadando desde aquella tarde fría en la que temblaron mis manos? ¿No sabes que una noche, cuando todo tu orgullo se diluyó en una copa, te lanzaste como un loco al ojo del huracán?

— ¿Y ahora? —dijo retirándole el mechón que caía sobre su frente, dibujando con el dedo el óvalo de su cara, deteniéndose en sus labios—, ¿qué hacemos ahora con tanto delirio?

Blanca no quiso responder porque en ese momento prefirió cerrar los ojos y dejar de pensar —Dios mío, no; Dios mío, no; Dios mío, no—, abrir la boca y morder su dedo —Dios mío, no— y saborearlo como el más exquisito manjar…

Y cuando volvió a mirarle lo supo sin ninguna duda.

— Bebérnoslo.

Y desapareció todo; la traición, la mentira, el miedo, la culpa…, todo.

Y mientras todo eso se esfumaba el suelo se volvía blando, mórbido, indómito. Y el mundo se tambaleaba cuando sus labios se fundieron en un mar de espuma furiosa e impaciente. Todo se volvía etéreo, inconsistente…, y ese mar salvaje que se abrió bajo sus pies se empeñó después en trepar, encrespado y revuelto, hasta sus ojos, sus manos, sus lenguas exhaustas y sus cuerpos enredados en un abrazo feroz e infinito.

—          ¿Te apetece comer algo?

Blanca le mira desconcertada, intentando sofocar la carcajada que amenaza con salir en estampida.

—       ¿Tú estás de broma? —contesta al tiempo que deja escapar su risa a borbotones.

Claro que quiero comer —piensa sin dejar de reír— a ti. Engullir toda tu carne y devorar toda tu piel hasta el último trocito, hasta el último milímetro, sin dejar ni una migaja en el plato. Eso quiero.

Y no dice nada porque sus ojos lo dicen todo. Porque lo dicen todo los destellos en su pelo, el  brillo de su rostro que parece haberse apoderado de todas las luces del verano de Madrid, porque su piel bronceada y caliente se tensa al sentir el dedo de Jaime que se cuela bajo su blusa rozando suavemente la cima de su pecho. Y le mira como hacía siglos que no miraba a nadie, porque solo le ve a él.

Y Jaime perdido, ahogado en esa mirada y contagiado por su risa apenas logra balbucear:

—     En serio, Blanca, vámonos. No podemos seguir aquí, así.

—    ¿A comer?

—   No puedo contigo, me vacilas, me trastornas –se atasca de nuevo entre carcajadas— a comer, a beber, a fumar…, lo que tú quieras, donde tú quieras. Pero, por favor, ¡vámonos! ¡Me estoy volviendo loco!

—    A comer, a beber, a fumar…, —le susurra ella al oído— lo que tú quieras, donde tú quieras… Invitas tú.

Y ya no hay no; ni Dios mío; ni Dios mío, no. Y ya no hay cordura ni juicio ni conjuras ni infidelidades. Ya no hay miedo ni traiciones ni culpas ni remordimientos. Sólo existe el vértigo, un  abismo blanco cubierto de deseo.

Apuran deprisa sus cervezas, otro cigarrillo mientras pagan; se besan de nuevo como si de verdad estuvieran hambrientos, y devorándose salen a trompicones a la noche sofocante y maravillosa que les abraza cómplice de todas sus fantasías.

Reina, 16 d e febrero de 2011

(…) La historia continua

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