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Matemáticas y literatura: la poesía de los números.

Los números, dice Daniel Tammet, poseen la belleza de la poesía. No le lleven la contraria: sumen y lean.

¿Quién dijo que el lenguaje y las ciencias exactas pertenecen a galaxias tan lejanas entre sí que sería imposible relacionarlos? Aunque, en principio, parezca un disparate vincular dos disciplinas tan (en teoría) dispares, matemáticas y literatura no resultan tan ajenas. Ambas potencian la creatividad, ayudan a desarrollar la agilidad mental, el pensamiento lógico y la inteligencia. Claro que tal afirmación sigue siendo para muchos una ocurrencia de cuatro zumbados que necesitan “casito”. Pero no.

En este texto voy a tratar de demostrar cómo las matemáticas de la literatura y la literatura de las matemáticas están conectadas desde el inicio de los tiempos. Signos y símbolos, fórmulas algebraicas y poéticas, métricas y parábolas, incluso interesantes analogías terminológicas: elipse/elipsis, hipérbola/hipérbole, forman parte de sus respectivos lenguajes. A igual que en las formas —el lenguaje matemático y el literario deben ser concisos, precisos y claros—, las jerarquías de las operaciones/el orden de las palabras sí importan. Tanto, que modifica el resultado de manera radical y no sólo, puede acercarnos peligrosamente al abismo del error, algo inadmisible.

Las matemáticas de la literatura y la literatura de las matemáticas.

Para empezar por alguna parte, decir que los grandes matemáticos e ingenieros profesionales no sólo han recibido galardones científicos. No hay más que fijarse, por ejemplo, en la historia de los Premios Nobel de Literatura. El español José Echegaray —ingeniero de caminos, científico y profesor de física y cálculo infinitesimal— lo obtuvo en 1904 “en reconocimiento a las numerosas y brillantes composiciones que, de manera individual y original, han revivido las grandes tradiciones del drama español”. En 1950, le tocó el turno al británico Bertrand Russell quien nos recordaba: “El verdadero espíritu del deleite, de exaltación, el sentido de ser más grande que el hombre, puede ser encontrado tanto en matemática como en la poesía”. El ruso Aleksandr Solzhenitsyn (autor de Archipiélago Gulag) estudió matemáticas y física en la Universidad de Rostov, lo obtuvo en 1970.

¿Y a revés? Pues también. Stendhal, Paul Valéry, Dostoyevski, Asimov o Borges incorporaron a sus obras literarias numerosos conceptos y razonamientos matemáticos.

Como bien apunta Marta Macho Stadler —Doctora en matemáticas y profesora de Topología en la Universidad del País Vasco y autora del libro Matemáticas y literatura(1), recientemente publicado por Catarata—, numerosos escritores han propuesto en sus textos retos matemáticos y/o lógicos. Por ejemplo, Cervantes. El gran genio del siglo de oro juega con la lógica en diferentes pasajes del Quijote, aunque el más célebre quizás sea el que se conoce como la paradoja de la horca en la ínsula Barataria(2).

A julio Verne le fascinaba el teorema de Thales, a David Foster Wallace, los de cálculo integral (véase La broma infinita). En El Planeta de los Simios, de Pierre Boulle, se mencionan ejemplos del teorema de Pitágoras. Los números primos han dado título a novela más famosa del también físico Paolo Giordano(3). Los mismos que, según Daniel Tammet —quien gracias a su desorbitante capacidad sinestésica percibe los números a través colores, texturas y siluetas—, poseen la belleza de la poesía. Él, matemático prodigioso y autor de La poesía de los números, vive de las letras y de la divulgación científica y cuando se pone nervioso multiplica dos por dos y por dos y por dos… hasta que ve un cielo repleto de fuegos artificiales. Como un haiku(4) de luz, que es métrica pura. Y belleza.

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NOTAS:

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