Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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La librería de las letras olvidadas. IV.

La librería de las letras olvidadas. IV.

No podía imaginar que su ansia por devorar a hurtadillas los poemas de ese tal Neruda —de quien tanto había oído hablar escondida como una espía, cuando Pelayo y sus amigos se amontonaban en la trastienda para trapichear con la cultura— iba a desembocar en esa especie de callejón sin salida en el que ahora se encontraba. Pero cuando el azar se empeña en llevarnos la contraria no hay manera de frenarlo.

Y ahí se veía pequeñita, perdida entre la inmensidad de su zozobra, muy superior a la que había calculado. Porque aunque se negaba a pensar en ello, no era el poeta chileno ni su lectura frustrada; ni la milagrosa arquitectura de libros escondidos desafiando al vacío, ni el maldito poli chulo que le había desbaratado la furtiva mañana.

Ana M. Serrano

La librería de las letras olvidadas. III.

La librería de las letras olvidadas. III.

— Pero cuando el policía ese de ahí fuera me abordó —por qué es policía, ¿no?— se me congeló el valor…

— A ver, Úrsula… Porque no me irás a decir que tampoco es tu verdadero nombre, ¿verdad? — Pelayo, abandonando por completo cualquier tratamiento formal, aprovechó su débil titubeo para recuperar un discurso coherente aunque los destellos de esos rizos castaños seguían turbándole como si fuera un chiquillo— Sí es un poli. De la Brigada Político Social. Pereira se llama, pero no te apures, él no es el problema. Lo conozco y no es de los peores.

Pues no será de los peores, pensaba Úrsula sin abrir la boca, pero fue uno de los que detuvieron a mi hermano. Lo recordaba muy bien. Claro que a Ignacio no se le ocurrió nada mejor que apoyar las huelgas de los mineros asturianos y al final pasó lo que tenía que pasar.

Ana M. Serrano

La librería de las letras olvidadas. II.

La librería de las letras olvidadas. II.

— ¿Sigue ahí?

— ¿El tipo la gabardina? —contestó mientras encendía un cigarrillo con la única esperanza de aplazar el momento de explicarle a la chica el trajín furtivo que se cocía en la trastienda— Imperturbable.

Como si le hubiera leído el pensamiento Úrsula se acercó a él, se quitó las gruesas gafas de pasta negra que hasta entonces había llevado como parte de su fisionomía, dejó la taza de café negro sobre la mesa y con un gesto desenvuelto impropio de ella tomó la cajetilla que Pelayo aún sostenía entre las manos.

— Puedo, ¿verdad? —su voz pausada era casi un susurro.

Desconcertado, asintió con la cabeza y sólo atinó a alcanzarle el mechero.

Ana M. Serrano

La librería de las letras olvidadas. I.

La librería de las letras olvidadas. I.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, apretó el paso pues aquello arreciaba adornado además con la danza rojiza de la hojarasca que se arremolinaba al son del viento. Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle.

Ana M. Serrano

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos de todas las razas y orígenes más o menos oscuros correteaban por calles y plazas hurtando de aquí y de allá algún chusco de pan duro para desayunar; algunos incluso repartían periódicos y se enfrascaban en labores no siempre adecuadas para su corta edad mientras sus padres y madres llevaban unas cuantas horas encerrados en fábricas y talleres de diversa índole o haciendo de equilibristas circenses sobre un skyline que ya entonces se dibujaba como el símbolo de una nueva era industrial y urbana nacida para engullir sin piedad cualquier tiempo pasado.

Ana M. Serrano

Sin mirar atrás. Cómo ocurrió todo.

Sin mirar atrás. Cómo ocurrió todo.

Tal vez por ello aún puedo recordar su cara de chico malo, sus brazos desafiantes reventando las mangas de una camiseta blanca; su sonrisa desvergonzada… Y lo mejor de todo –o lo peor, aunque entonces yo no podía saberlo–, esa mirada canalla entre salvaje y desvalida que me arrastraba cada día hacia abismos infinitos, narcotizantes, casi perversos, donde otra felicidad era posible.

Ana M. Serrano

Sin mirar atrás.

Sin mirar atrás.

Dejó a su novio el día de San Valentín. Así, sin más. Decidida. Seca. Implacable. Casi despiadada. Podría haberlo hecho de cualquier otro modo. Incluso cualquier otro día…

Ana M. Serrano

Lola y el conjunto vacío.

Lola y el conjunto vacío.

Los cerebros, como los corazones, van donde son apreciados…

Tal vez la célebre frase de Robert McNamara no llegó a sus oídos en el mejor de los momentos.

Y no porque no estuviera de acuerdo con ella. Al contrario. Bien conocía Lola ese sentimiento de impotencia provocado por la indiferencia y hasta casi el desprecio demostrado ante alguna de sus ideas o trabajos; esa incómoda sensación de estar fuera de lugar, de hablar un idioma raro, incompresible para la mayoría; ese intenso, aunque casi siempre contenido, impulso de mandar a la mierda a jefes sectarios, compañeros pelotas y demás infelices resignados incapaces de declararse en rebeldía. Y bien había aprendido también a diluirse entre la inmensidad de la rutina, de lo gris, de lo mediocre…

Ana M. Serrano

Violetas Imperiales.

Violetas Imperiales.

Y mira que no tenía yo intención alguna de meterme en un jardín plagado de violetas. No porque no me gusten –que me encantan– sino por no complicarme la vida. Pero he leído tanta tontería cargada de tintes demagógicos y no exenta, en ocasiones, de ciertas pinceladas de envidia y algún que otro complejo encubierto, que no puedo resistir la tentación de sumar mi opinión a los ríos de tinta que una simple “noticia” de moda ha generado. Sí. Me refiero a Mango y a su nueva línea Violeta.

Ana M. Serrano

Juzgamos.

Juzgamos.

Juzgamos. Alegremente. Sin medir las consecuencias. ¿Para qué detenerse a valorar nada si se trata de quedarnos bien a gusto? Impunemente. Sin entender, sin preguntar, sin pensar. ¿Pensar? ¡Qué perdida de tiempo!

Juzgamos. Unos más, otros menos. Algunos con saña, con alevosía, con emoción incluso, sistemáticamente, convirtiendo el juicio en todo un estilo de vida…

Ana M. Serrano

Una carta.

Una carta.

Se trata de una carta. La carta de una madre. Isabel de la Fuente se llama. Su hija se llamaba Cristina y fue una de las cinco niñas que perdieron la vida en el MADRID-ARENA hace apenas seis meses.

Ana M. Serrano

Lo nuestro fue un flechazo.

Lo nuestro fue un flechazo.

Un flechazo de los de verdad, de esos que son como tienen que ser, de los que ocurren cuando menos te lo esperas. Porque para enamorarse en condiciones es requisito indispensable no pensar en ello, porque los flechazos de película no se buscan, te encuentran.
Vamos a imaginarnos un flechazo de esos…

Ana M. Serrano

Aunque tú no lo sepas.

Aunque tú no lo sepas.

No, no lo querías ver. Tal vez ni siquiera podías; la venda era demasiado tupida y cada vez apretaba más. Tus amigas -esas que te llenaban la cabeza de pájaros- no le gustaban. Son unas golfas -te decía- andan siempre por ahí, provocando; un día van a tener un disgusto. También le molestaba tu madre. No entiendo qué tienes que hablar tanto con ella -se burlaba cuando sonaba el teléfono…

Ana M. Serrano

La calle del Espejo II.

La calle del Espejo II.

Espejos de su infancia, olor a trementina y aceites, a húmedos óleos, a libros antiguos y a barandillas floreadas… Contempla el final de ese maravilloso atardecer madrileño con la sonrisa aun dibujada en su boca mientras se deja atrapar de nuevo por el fluir incesante de sus pensamientos. Así, buceando entre cuadernos y diccionarios, aprovecha para enfrascarse otra vez en la escritura.

Ana M. Serrano

Y nada más que añadir…

Y nada más que añadir…

Steve Jobs. 1955-2011. Ten el valor de escuchar a tu corazón y a tu intuición […] Todo lo demás es secundario.

Ana M. Serrano

La calle del Espejo.

La calle del Espejo.

Enciende un cigarrillo y admira extasiada el espectáculo único que le brinda el verano, la ciudad y una ansiada soledad. Le fascina Madrid, el verano en Madrid, su sol y su cielo, su inmensidad, el calor, la gran urbe y la vida que encierra. Lo aspira, lo siente, hace suyo ese instante único capaz de hacerle olvidar el mar, su mar; segundos sublimes que graba a fuego en su piel, en su alma. Afortunada ella que, llevando el sur y la sal en sus venas, se permite devorar la grandeza de la capital justo en los momentos más deseables.

Ana M. Serrano

Libros para llevar

Libros para llevar

Llegó el verano, el calor y el color, los días eternos y sus mágicas noches, las ansiadas vacaciones en la playa, en la montaña o en la ciudad… No importa dónde, todo brilla cuando dejamos de correr y recuperamos el tiempo, nuestro tiempo. Tiempo para todo lo que nos gusta y, como no, tiempo para disfrutar de la lectura.

Ana M. Serrano

Cuatro siestas. III-Invierno.

Cuatro siestas. III-Invierno.

En las calles blancas y frías se impone la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

Ana M. Serrano

Cuatro siestas. II- Otoño.

Cuatro siestas. II- Otoño.

Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.

Ana M. Serrano

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      Ana M. Serrano

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      Ana M. Serrano

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      Ana M. Serrano

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        Ana M. Serrano

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        En Madrid no es primavera hasta que junio te empuja a enfilar el parque temprano, antes de que los excursionistas urbanos adopten su condición de horda, tomando por asalto el espacio reservado a la poesía.

        Ana M. Serrano

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        Hay días así. Azules, blanditos. Días esponjosos que huelen a oxígeno, a cruasán de mantequilla, a libro de papel, a ratos de infancia.

        Ana M. Serrano

        Primavera, Notre Dame y otros delirios.

        Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle.

        Ana M. Serrano

        La Mendiga.

        Porque ella ya está allí. Como cada día, la mendiga ha desplegado todo su material de guerra callejero: la silla, el vaso de plástico, las mantas de colorines sobre las piernas. La escena ya es rutina.

        Ana M. Serrano

        Escritores

          El Madrid de Benito Pérez Galdós. II.

          Benito Pérez Galdós, dotado de una capacidad de observación extraordinaria, toma buena nota de la evolución capitalina, transformándola en palabras. Páginas imprescindibles para entender el contexto social e histórico de la época.

          Ana M. Serrano

          El Madrid de Benito Pérez Galdós. I.

          Pese a las diferencias y las ínfulas de modernidad europeo-contemporáneas del Madrid del siglo XXI, es fácil hallar en él infinidad de vestigios galdosianos. Calles que todavía existen, improntas castizas que han desafiado (y superado) al paso del tiempo.

          Ana M. Serrano

          El Madrid de Pío Baroja, sus casas y sus gentes. II.

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          Ana M. Serrano

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            Vértigo

            Vértigo: Trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean.

            Ana M. Serrano

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            Ana M. Serrano

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            Ana M. Serrano

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            Ana M. Serrano

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            No calma el agua la sed que me consume bajo la lluvia; ¡Derrama tu rocío ardiente entre mis labios! Rafa …

            Ana M. Serrano