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Casas de escritoresEl Madrid de Pío Baroja, sus casas y sus gentes. I.

Es 1904. En la mayor parte de las casas madrileñas no hay electricidad ni calefacción central. Tampoco en el número 34 de la calle Juan Álvarez Mendizábal. La casa de Pío Baroja.

A principios del siglo XX, en Madrid circulan coches y caballos, carros y tranvías, “llegan suavemente, como si fueran barcos”, escribe don Pío en La busca. Es 1904. La tarde ha caído y hace frío. Chirría el viento de diciembre. Tras las ventanas brillan las luces de los quinqués, huele a petróleo, calor de brasero y sopa hirviendo. En la mayor parte de las casas madrileñas no hay electricidad ni calefacción central. Tampoco en el número 34 de la calle Juan Álvarez Mendizábal. La casa de Pío Baroja.

El hogar de los Baroja se encuentra en un barrio liberal, acomodado, de casitas con jardín, al margen de la barahúnda del centro y el primer asfaltado de la Puerta del Sol. La familia ocupa buena parte del edificio: Ricardo, el pintor, el bajo; los Caro, el primero; Pío Baroja y su madre, el segundo. Al lado, la imprenta y la editorial Caro Raggio, regentada por Carmen Baroja y Rafael Caro.

No fue esta la primera vivienda de Pío Baroja en la capital. Tampoco la última. Él, nacido en San Sebastián en 1872, llegó a Madrid a los seis años (casi siete). El patriarca de los Baroja, Serafín, era ingeniero de minas y por trabajo tuvo que viajar bastante. Su familia, acomodada, estaba muy relacionada con el mundo del periodismo. Pero también con el negocio de la panadería. Recién aterrizados, se alojaron en el domicilio de una tía de la madre, en la calle de la Misericordia nº 2. A la vuelta de la esquina, pegada a la plaza de las Descalzas, regentaba doña Juana Nessi y Arrola la tahona Viena Capellanes[1].

Se mudaron después a la calle Fuencarral. Allí pasó la infancia el pequeño de los Baroja. Estudió en el instituto San Isidro[2], deambuló por el barrio, por la ciudad, escudriñó todo lo encontraba a su paso y se dejó llevar por los primeros brotes de melancolía que luego plasmó en sus textos. Las mañanas de Madrid, de invierno, de cielo claro y hermoso, andando por las calles, me dan mucha tristeza… Apuntaba maneras, el chaval.

Al iniciar el segundo curso de Medicina en la Facultad de San Carlos —de la universidad dejó constancia en las primeras páginas de El árbol de la ciencia—, el clan Baroja se traslada a la calle Atocha esquina con Esperancilla (hoy, sede del Colegio de Médicos) hasta 1902. Ese año tuvieron que dejar la casa pues el dueño, el marqués de Villamejor, decidió derribar el edificio. Así llegaron a Argüelles.

Retrocedamos un tiempo. Tras finalizar la carrera de medicina, Pío Baroja obtuvo una plaza de médico en Cestona. Un año ejerció la profesión. Lo bastante para darse cuenta de que aquello no era lo suyo. Así que volvió a Madrid. Sin oficio ni beneficio, tremendamente desorientado, aceptó la propuesta de su tía para dirigir, junto a su hermano Ricardo, el negocio Capellanes. Esta vez la experiencia le duró dos años. En el entreacto (1896-1898) ya había escrito algunas obras[3] y confirmó que aquello del pan tampoco le satisfacía. Y es que el autor del Árbol de la ciencia, llevaba más de la mitad de su vida intoxicado por las letras. Sobredosis de Stendhal, Tolstoi, Poe y Dostoievski, Nietzsche, Kant y Schopenhauer, le hacían ya irrecuperable.

Apenas rebasada la treintena, instalado en Argüelles y desahuciado para ejercer cualquier otra profesión, se entrega de lleno al paseo y a la escritura. Nuestro flâneur, se adentra así en el Madrid más cutre y desharrapado del cambio de siglo, hampa de golfos, tahúres, mendigos, vividores y suicidas. Eran los tiempos del esperpento y Baroja, consecuente, retrata la vida del arrabal, las miserias, la precariedad. En las afueras madrileñas protagonizaban la trama la gente pobre y los personajes desarraigados en un escenario de viviendas miserables, calles sórdidas, barro, olor a suburbio. Y tristeza. Sobre todo tristeza.

Durante este tiempo, el autor del noventa y ocho, trasteó (y muy bien) en el mundo del periodismo y las revistas literarias, frecuentó a su pesar esa “bohemia áspera, rebelde, perezosa, maldiciente y malhumorada” afincada en la capital, y adelantó en formato folletín sus primeras novelas. Su paso errabundo le llevaba también a las tertulias de café donde defendía su estética librepensadora, su parquedad estilística, su tono particular y escueto, su escepticismo.

Pero el relato barojiano también abarca otro Madrid, el de los barrios antiguos, las arquitecturas aristocráticas y la vida consentida. “La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al lado de sombra oscura; vida refinada, casi europea, en el centro…”. El vagabundo donostiarra afincado en la capital tenía el privilegio de no pertenecer a ninguno de esos escenarios urbanitas. No le representaba la mugre de la periferia. Tampoco el exceso de las clases pudientes. Todo ello le otorgaba el poder de la objetividad, de la descripción aséptica.

No hay rastro del hotelito de Juan Álvarez Mendizábal, destrozado por una bomba a principios de la Guerra Civil. Bajo los escombros quedó también enterrada la maquinaria de la editorial de su cuñado Rafael.

Notas
[1] Ramón Martí conoció en la Exposición Universal de Viena de 1870 un delicioso pan hecho de fina levadura y pensó hacerlo en nuestra capital. Para ello se asoció con Matías Lacasa, indiano adinerado y casado con Juana Nessi, tía abuela de Pio Baroja. Ambos socios compraron la casa e instalaron la industria.
[2] En este edificio todavía se conserva y da albergue a la Catedral-Colegiata de San Isidro Labrador y al Instituto de Bachillerato San Isidro.
[3] Vidas Sombrías, Silvestre Paradox, La Casa de Aizgorri.
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