Rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosa.
Vestir a las niñas de rosa, aunque ellas mismas lo pidan a gritos, es machista, retrógrado y las condena a inmolarse en el altar de la desigualdad. Que lo sepan.
MenuNadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.
Vestir a las niñas de rosa, aunque ellas mismas lo pidan a gritos, es machista, retrógrado y las condena a inmolarse en el altar de la desigualdad. Que lo sepan.
Caminan por la calle tranquilas, sueltas, sin riendas, sin amordazar. Son pequeñas: cuatro, cinco, seis, siete, tal vez ocho. No van solas. Hermanos, padres, madres, a veces abuelos. Algunas llevan su bici, sus patines, el artilugio ese del infierno que llaman patinete. Todas ellas revolotean, corren, gritan, se ríen, se caen, se levantan. Imprimen su ritmo, incluso marcan el paso del resto de la familia.
Es domingo por la mañana. El cielo de Madrid se extiende sobre sus cabecitas como una sábana de lino recién planchada. Brilla un sol de otoño espléndido, sin nubes ni viento que agite trenzas, lazos, melenas al aire despeinadas. Parecen niñas libres, impacientes, ambiciosas, gruñonas, divertidas, con carácter, ávidas de mundo y de vida, sin miedo a pensar, a ser ellas mismas.
Pero no. Todas ellas portan un sello nefando que las aparta de la libertad. Una especie de estigma similar a la estrella con la que los nazis señalaban a los judíos. Todas ellas visten de rosa, como mínimo lucen alguna prenda —calcetín, casco, zapa, sudadera, pantalón— de ese colorcito que resalta su condición femenina. Una marca sin duda impuesta por padres totalitarios. Todos ellos afiliados a una perversa secta que utiliza el rosa como símbolo de sumisión y represión, obligando a las niñas a exhibirlo sobre sus cuerpitos recién llegan al mundo.
A tan tremendo oprobio contribuyen medios de comunicación, publicidad, fabricantes de juguetes y ropa y toda una sociedad adoctrinada para reducir el universo cromático de las niñas a un solo matiz, dos, tres si acaso: el lila o el morado también se aceptan como parte de del decoro femenino y los códigos éticos de la doctrina (cuasi) monocroma que las condena a la esclavitud y a las consignas patriarcales.
Me aflige infinito contemplar a esas pobres criaturas inocentes cubiertas de semejante halo rosáceo infame y cursi que va a determinar indefectiblemente su desarrollo, su rol en la sociedad y su futuro. No como esas otras, un poquito más mayores (once, doce, trece, tal vez catorce), rozando la pubertad, pero niñas al fin y al cabo, que lucen con orgullo el velito ese que les cubre la cabeza y el pecho desde su primera menstruación. Porque ellas, que caminan sin hacer ruido junto a sus madres y hermanas detrás del rebaño masculino, sí lo hacen convencidas.
Porque el hiyab carece de connotaciones de género y es por completo ajeno a todo rol impuesto. Tras la veladura no existe discurso patriarcal ni condicionante referente al recato, la pureza femenina, la sumisión ni el comportamiento que la sociedad y la familia espera de ellas. Es tan voluntario portarlo como alegoría de la modestia y la identidad religiosa y cultural que, en determinados países, resulta imposible sacárselo de encima. No subyace nada obsoleto, asfixiante ni sectario tras esa prenda tan delicada y cómoda. Tan voluntariamente escogida.
Vestir a las niñas de rosa, aunque ellas mismas lo pidan a gritos, es machista, retrógrado y las condena a inmolarse en el altar de la desigualdad. No como el código de vestimenta de los voceros del discurso del pudor, apologistas del hiyab y demás seres de luz que aportan a la feminidad un sinfín de privilegios.
Que lo sepan.
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