Menos pensar y más obedecer.

“Menos pensar y más obedecer”. Esa parece ser la consigna de estos nuevos líderes patrios arrogados de soberbia e ínfulas mesiánicas cuyo principal objetivo no es otro que perpetuarse en el poder.

Un sistema fallido. Una gestión catastrófica. La libertad mutilada y la pandemia como instrumento. Una sociedad constantemente vigilada y monitorizada. Una información manipulada que inocula —cada mañana, cada tarde, cada “aló presidente”— a la población las dosis de miedo y culpa precisas para convertirla en un rebaño vulnerable e inseguro, en permanente estado de alerta. “Menos pensar y más obedecer”. Esa parece ser la consigna de estos nuevos líderes patrios arrogados de soberbia e ínfulas mesiánicas cuyo principal objetivo no es otro que perpetuarse en el poder. Esos sujetos que guían a sus masas ciegas hasta el precipicio y, una vez en el borde, se apartan sigilosamente para contemplarlos caer al vacío, uno a uno, hasta estrellarse contra las aristas del fondo. Y sin despeinarse.

¿Sus armas?

El colectivismo; el dogma; la delación; la arbitrariedad; la obediencia ciega; la asfixia de todo pensamiento individual; la burocracia; los chiringos, las subvenciones caprichosas y las estructuras clientelares; los estómagos agradecidos y la dependencia económica; el intervencionismo y el paternalismo (con ello la pérdida de la capacidad de decisión y de la responsabilidad individual). En resumen: la infantilización de la sociedad adulta.

Da igual si se trata de gobierno u oposición. En este contubernio ralo de valores, palmero de la mediocridad y el idiotismo (que no idiotizado; aunque lo parezca, sus fines nada tienen que ver con la estulticia, pese a que la mayoría de ellos sean ignorantes, tarugos y zafios hasta el extremo) caben (casi) todos los okupas de escaños, de puestos asignados a dedo y asesores lamebotas.

Antes de llorar (cuando ya sea tarde), recuerden:

Nada sobrevive (nada ha sobrevivido jamás) a la máquina trituradora del Estado. La libertad es la primera víctima.

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