Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

Menu

Me siento poderosa.Me siento poderosa.

Me siento poderosa porque ese concepto de poder asociado a la pasta, a la influencia y a la capacidad de decidir el futuro de la humanidad me importa una mierda. Porque dirigir me importa una mierda. Porque me basta con que no me dirijan.

Me siento poderosa

No tengo poder político ni económico. Si atiendo al impacto de mis opiniones e intereses en las redes, ni siquiera tengo poder social. Sin embargo, me siento poderosa. Muy poderosa. Porque ese concepto de poder asociado a la pasta, a la influencia y a la capacidad de decidir el futuro de la humanidad me importa una mierda. Porque dirigir me importa una mierda. Porque me basta con que no me dirijan. Porque dibujar mi propio futuro no me permite influir en el del resto. No me da tiempo. Porque me conformo con que no me influyan lo bastante para desvirtuar mi personalidad. Porque no valoro a las personas por su poder, sino por su inteligencia y su humanidad.

Me siento poderosa cada mañana cuando suena el despertador porque he decidido que suene a esa hora. Y me levanto porque he decidido levantarme aunque haya pasado una noche de infierno. Me siento poderosa porque podría silenciarlo, poner una excusa y seguir ¿durmiendo? Y no lo hago porque no me da la gana.

Me siento poderosa mientras desayuno. Lo hago despacio, con el runrún de la radio meciendo mis pensamientos, normalmente un devaneo entre lo que nos quieren hacer creer, el parte del tiempo (siempre esperando que no sea otra borrasca de esas que ahora llaman ciclogénesis explosiva, ¡dios qué cursilada!) y todo lo que tengo que hacer, que no me apetece y que sé voy a cumplir religiosamente un montón de horas después de procrastinar lo indecible (y arrepentirme de no habérmelo quitado de encima del tirón). No importa. Procrastinar forma parte de mi poder. Me tomo mi tiempo.

Me siento poderosa en mi gimnasio, sudando como un pollo, a punto de rendirme y remontando, el fondo cien, el abdominal cincuenta, la pesa que te puede. No te puede. Nada te puede. Nada me puede. El deporte me ayuda a marcar objetivos.

Me siento poderosa cada noche cuando he concluido mi trabajo porque sé que lo he hecho a conciencia, dejándome el alma en ello. Aunque algunos días no haya salido tan perfecto como me hubiera gustado.

Me siento poderosa porque pienso por mí misma. A veces de manera acertada, otras equivocada de medio a medio. Me siento poderosa porque intento —consigo de vez en cuando— librarme de la manipulación mediática. Porque procuro no dejarme arrastrar por el pensamiento plano, populista; o escabroso, complejo.

Me siento poderosa cuando me río de los eufemismos, casi todos los días, por cierto. Me siento poderosa cuando escribo “negro” o “moro” porque sé que mi texto carece de prejuicios. Me siento súper poderosa cuando no me identifico ni asisto a manifestaciones dirigidas por intereses ajenos a la semilla, a la verdad subyacente a tal manifestación. Cuando construyo mis argumentos desde la lógica. Iba a decir desde la objetividad, pero creo que en ese sentido me falta recorrido todavía. Tampoco me  importa. La subjetividad forma parte de mi poder. La vehemencia también.

Me siento poderosa cuando vivo despeinada, cuando voy descalza por la vida, cuando no me seco el pelo, cuando el viento me corta la respiración, cuando el mar me abre las venas. Cuando el sol me abrasa. Cuando el frío no me arruga lo suficiente. Cuando mi hijo me pide ayuda para un trabajo de la uni y acabamos haciendo una lista en Spotify.

Me siento poderosa porque soy mujer. Punto. Porque conozco un montón de mujeres mucho más poderosas que yo. Porque su día a día es la pera y no tiran la toalla. Porque están ahí y me inspiran cuando tengo un día rojo. Porque el mundo es nuestro, amigas. Y vosotras sabéis quienes sois. Y sabéis que me refiero a vosotras. No es necesario que os nombre.

Newsletter

La forma más sencilla de estar al día de todo lo que se publica en Diálogos de Libro.

Puedes ejercer en cualquier momento tus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición sobre tus datos.

Cosas mías

Historias de mujeres.

Hay tantas mujeres fascinantes, desconocidas, ignoradas, olvidadas, que a veces no sé por cuál empezar. Seguir, más bien.

Ana M. Serrano

Me siento poderosa.

Me siento poderosa porque ese concepto de poder asociado a la pasta, a la influencia y a la capacidad de decidir el futuro de la humanidad me importa una mierda. Porque dirigir me importa una mierda. Porque me basta con que no me dirijan.

Ana M. Serrano

El frío.

Odio la textura de la nieve, el color de la maldita lluvia, el ruido del granizo, el sabor ácido de las nubes oscuras. Odio resbalar sobre la escarcha blanquecina de los amaneceres de invierno, rascar los cristales del coche, el olor a calle en el ascensor.

Ana M. Serrano

Esos zapatos naranjas.

El naranja es un tono insumiso. Sabe agridulce cuando estalla entre los dientes. Es infalible al tacto y al olfato, fascinante para la vista. Te obliga a pensar en picado.

Ana M. Serrano

Los días rojos.

Hay días así. Desordenados, furiosos. Pueden ser sucios, sombríos o apagados; grises o negros. Un tal Capote los tiñó de rojo. Días perversos en los que nada sucede.

Ana M. Serrano