Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Junio ardiente.

En Madrid no es primavera hasta que junio te empuja a enfilar el parque temprano, antes de que los excursionistas urbanos adopten su condición de horda, tomando por asalto el espacio reservado a la poesía.

Junio ardiente. Frederic Leighton

Madrid, 1 de junio de 2019.

Hoy, al fin, comenzó la primavera. Da igual lo que imponga el calendario astronómico o los anuncios del Corte Inglés. Porque no es primavera hasta que las mañanas madrugan y los amaneceres anticipan un banquete de horas de luz casi indigerible, hasta que el aire se envalentona sin los residuos punzantes del frío ni el anuncio del bochorno de las tardes sin brisa. En Madrid no es primavera hasta que junio te empuja a enfilar el parque temprano, antes de que los excursionistas urbanos adopten su condición de horda, tomando por asalto el espacio reservado a la poesía.

El primer verso brota entre la hierba silvestre de la laderita que conduce a la escultura del Niño Sol. Sentados bajo un árbol parecen recién escapados de un lienzo de Jean-Antoine Watteau. Ambos son jóvenes. Desde abajo, desde el camino terroso que los observa con envidia, se ven poderosamente bellos, terriblemente efímeros, terriblemente inmortales, escandalosamente sublimes. Ella amamanta a un bebé diminuto y sonrosado. Él los contempla, absorto, como si nada más existiera, como si nada más fuera importante, como si viera el mundo por primera vez. Y se demora en ver, en permanecer, en perpetuar ese instante poderosamente bello, terriblemente efímero, terriblemente inmortal, escandalosamente sublime.

Junio es el banco de madera junto a la fuentecilla del camino terroso, el tipo flacucho con pinta de friki que se sienta con su libro sin reparar en el pequeño barrizal donde chapotea un perrillo canijo, de raza indefinida. Junio es la niña de pelo lacio y azul que palmotea echando pan a los patos. Junio son también los patos ocres y verdes, cada vez más gordos. Y los padres de la pequeña que soportan sin parpadear el olor a verdín y agua estancada, ebrios de sus carcajadas. Es el rayo que se filtra entre nubes deshilachadas, el que se disuelve sobre el cemento donde patinan revueltos expertos e iniciados. Los cirros que todo lo engullen.

Junio es un día espléndido cualquiera; un paseo sin rumbo, sin prisa por volver; el tiempo de lo infraordinario —escribiría Perec—, del vagabundeo y los traficantes de delirios. Un espacio transparente donde todo sucede, donde no ocurre nada. Azul, naranja, ardiente como el cuadro de Frederic Leighton, como el sopor de la tarde. Poderosamente bello, terriblemente efímero, terriblemente inmortal, escandalosamente sublime.

En Madrid no es primavera hasta que empieza junio.

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