Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Invierno.

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento, el mito deshonesto del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero.

Invierno

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento y gorro de lana, el mito azul (y deshonesto) del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero en blanco y rosa… Cada año, entre abril y mayo, se desdibuja poco a poco el precipicio. El abismo de cristales de hielo se hace nuevamente transitable. Y ese bicho inhumano, repleto de silencios, deja de joderme la vida. A regañadientes. Sin largarse del todo nunca.

Escribo y todavía es marzo. Un marzo prudente este de 2019. Las raciones de gris bajo cero y té negro especiado se diluyen en esta primavera precoz, inesperada. El perfume a alas de mariposa, aún poco intenso, las gotitas chorreantes del amanecer fulminan la perversidad de las mañanas de enero. Como si no hubieran existido nunca. Como si no fueran a volver jamás. Pero sé que él sigue ahí, agazapado, saboreando anticipadamente su último golpe de gracia antes de sucumbir ante la luz de la próxima estación. No se rinde. Así son los depredadores del alma.

Y sé que este espejismo de edén anticipado no es más que una falacia. Un chute de adrenalina engañoso. Un invento canalla de la naturaleza para reciclarme el cerebro y hacerme soportar el siguiente embate de cielos planos y brumas de apatía que llegará antes de que abril (o mayo) gane la batalla. Con otra luz, por fortuna. Con otra niebla mucho más perezosa, mucho menos persistente. Sin el olor a fuego encendido, sin los azotes de viento azabache ni las miradas cargadas de castigo. Sé que él sigue ahí, agazapado. Saboreando de manera anticipada el penúltimo asalto, antes de que la brutalidad de mayo lo sepulte temporalmente.

El invierno es tan cruel, tan corrupto, que me hace añorar más las tardes castañas de Bach saltando sobre las mesas del bar vacío y el aroma a asfalto camuflado de hojas secas, que las mañanas de Vivaldi y los atardeceres templados. Porque al lado de ese almendrito desvalido y rebelde que veo desde la ventana aún amenazan las ramas en cueros del aliado de todos los demonios climáticos.

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Cosas mías

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano

Día uno. Estado de alarma.

Es domingo y aún nada parece raro. Estamos los tres en casa como cualquier mañana festiva, haciendo lo que solemos en cualquier mañana festiva. Únicamente las calles vacías, el silencio que desborda las aceras me recuerdan que vivimos una situación anormal.

Ana M. Serrano

Fantasma.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus propias miserias. La buscaba porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma.

Ana M. Serrano

Relatos

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

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Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

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Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano

Día uno. Estado de alarma.

Es domingo y aún nada parece raro. Estamos los tres en casa como cualquier mañana festiva, haciendo lo que solemos en cualquier mañana festiva. Únicamente las calles vacías, el silencio que desborda las aceras me recuerdan que vivimos una situación anormal.

Ana M. Serrano

Fantasma.

La buscaba porque vivía oculta, al margen del ruido del mundo, de las miserias del mundo, de sus propias miserias. La buscaba porque sólo la intuía en la penumbra, como un fantasma de sí misma.

Ana M. Serrano