Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Generaciones. II.

¿Sabes que pasa, mamá? Que cuando hablamos de mis anhelos... siempre mencionas la palabra “libertad”.

Mamá

Mamá

—     ¿Sabes que pasa, mamá? Que cuando hablamos de mis anhelos, de mis deseos, de lo que me gustaría estudiar, de lo que quisiera ser de mayor y de todas esa cosas que a mis 16 a ti te parecen todo un sueño, siempre mencionas la palabra “libertad” como si no la hubieras tenido y a mí eso me sorprende. Porque tú, aunque jamás lo confesarías porque hay cosas que solo se cuentan a los amigos y tú y yo nunca vamos a ser a amigos porque soy tu madre y esas teorías postmodernas sobre las relaciones paternofiliales son una gilipollez, has hecho toda la vida lo que te ha dado la gana y eso se nota.

—     No te entiendo, Ignacio.

—     A ver, mamá. Lo que pasa es que tú nunca has sido como las otras madres.

—     ¿Y eso es malo?

—     Pues no tanto. Porque aunque no te guste cocinar y me sigas arreglando el bajo de los pantalones con una cinta adhesiva de esas que se pegan con la plancha; porque aunque no te de ninguna vergüenza pasearte por ahí conduciendo un coche sucio y medio roto, total, me lleva a los mismos sitios que si estuviera limpio y nuevo y prefieras comprar libros, papel de colores, bolis de gel con purpurina y libretas Moleskine que luego rellenas de garabatos, fragmentos literarios mezclados con la lista de la compra, el principio de una novela o el cuento que me vas a leer la próxima noche de luna llena; porque aunque digas que lo que hay que hacer en este país es prohibir menos y legalizar más, la marihuana también, ¡no seas retrógrado, hijo mío!; porque aunque de pequeño me hubiera gustado que fueras como las otras madres, que te gustase hacer bizcochos y beber coca-cola zero y supieras de qué hablar con ellas en vez de aburrirte como un  hongo mientras suspirabas porque anocheciera y nos largásemos del parque; porque a pesar de esas ideas visionarias tuyas te niegas en rotundo a que me haga una dilatación en la oreja, “eso, además de irreversible, es una horterada y en la vida, Ignacio, se puede ser cualquier cosa menos un hortera”… Porque a pesar de todo eso, o precisamente por todo eso al final has resultado mucho más divertida y puedo contarte lo que hice en la fiesta del sábado pasado. Bueno, no todo porque eres mi madre y tú y yo nunca vamos a ser amigos. Y porque aunque no sepas nada de la vida, me gusta hablar contigo. Y te quiero.

—     Yo también te quiero. Mucho. Y tienes razón, de la vida ésta cada vez entiendo menos.

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Cosas mías

Historias de mujeres.

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Ana M. Serrano

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Me siento poderosa porque ese concepto de poder asociado a la pasta, a la influencia y a la capacidad de decidir el futuro de la humanidad me importa una mierda. Porque dirigir me importa una mierda. Porque me basta con que no me dirijan.

Ana M. Serrano

El frío.

Odio la textura de la nieve, el color de la maldita lluvia, el ruido del granizo, el sabor ácido de las nubes oscuras. Odio resbalar sobre la escarcha blanquecina de los amaneceres de invierno, rascar los cristales del coche, el olor a calle en el ascensor.

Ana M. Serrano

Esos zapatos naranjas.

El naranja es un tono insumiso. Sabe agridulce cuando estalla entre los dientes. Es infalible al tacto y al olfato, fascinante para la vista. Te obliga a pensar en picado.

Ana M. Serrano

Los días rojos.

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Ana M. Serrano

Relatos

Amanecer.

Callejones de suburbio. Rejas oxidadas en las ventanas, algún que otro cristal roto, muros desconchados, telefonillos quemados, cabinas reventadas, broncas y jeringuillas.

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Sospecha – II.

Aunque se esforzaba por adivinar cómo había llegado hasta allí, solo veía una luz irreal, la nieve amontonada a ambos lados de la acera, la indiferencia del policía

Ana M. Serrano

Intrusos.

La primera vez que los vi un grito de terror se ahogó en mi garganta. Fue la noche del 16 de septiembre.

Ana M. Serrano

Sospecha. I.

La noche del 19 de noviembre, el silencio reinaba en el pequeño hotel de Kitzbühel. Anke dormitaba apoyada sobre el mostrador…

Ana M. Serrano