Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Generaciones. II.

¿Sabes que pasa, mamá? Que cuando hablamos de mis anhelos... siempre mencionas la palabra “libertad”.

Mamá

Mamá

—     ¿Sabes que pasa, mamá? Que cuando hablamos de mis anhelos, de mis deseos, de lo que me gustaría estudiar, de lo que quisiera ser de mayor y de todas esa cosas que a mis 16 a ti te parecen todo un sueño, siempre mencionas la palabra “libertad” como si no la hubieras tenido y a mí eso me sorprende. Porque tú, aunque jamás lo confesarías porque hay cosas que solo se cuentan a los amigos y tú y yo nunca vamos a ser a amigos porque soy tu madre y esas teorías postmodernas sobre las relaciones paternofiliales son una gilipollez, has hecho toda la vida lo que te ha dado la gana y eso se nota.

—     No te entiendo, Ignacio.

—     A ver, mamá. Lo que pasa es que tú nunca has sido como las otras madres.

—     ¿Y eso es malo?

—     Pues no tanto. Porque aunque no te guste cocinar y me sigas arreglando el bajo de los pantalones con una cinta adhesiva de esas que se pegan con la plancha; porque aunque no te de ninguna vergüenza pasearte por ahí conduciendo un coche sucio y medio roto, total, me lleva a los mismos sitios que si estuviera limpio y nuevo y prefieras comprar libros, papel de colores, bolis de gel con purpurina y libretas Moleskine que luego rellenas de garabatos, fragmentos literarios mezclados con la lista de la compra, el principio de una novela o el cuento que me vas a leer la próxima noche de luna llena; porque aunque digas que lo que hay que hacer en este país es prohibir menos y legalizar más, la marihuana también, ¡no seas retrógrado, hijo mío!; porque aunque de pequeño me hubiera gustado que fueras como las otras madres, que te gustase hacer bizcochos y beber coca-cola zero y supieras de qué hablar con ellas en vez de aburrirte como un  hongo mientras suspirabas porque anocheciera y nos largásemos del parque; porque a pesar de esas ideas visionarias tuyas te niegas en rotundo a que me haga una dilatación en la oreja, “eso, además de irreversible, es una horterada y en la vida, Ignacio, se puede ser cualquier cosa menos un hortera”… Porque a pesar de todo eso, o precisamente por todo eso al final has resultado mucho más divertida y puedo contarte lo que hice en la fiesta del sábado pasado. Bueno, no todo porque eres mi madre y tú y yo nunca vamos a ser amigos. Y porque aunque no sepas nada de la vida, me gusta hablar contigo. Y te quiero.

—     Yo también te quiero. Mucho. Y tienes razón, de la vida ésta cada vez entiendo menos.

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Cosas mías

Menos pensar y más obedecer.

“Menos pensar y más obedecer”. Esa parece ser la consigna de estos nuevos líderes patrios arrogados de soberbia e ínfulas mesiánicas cuyo principal objetivo no es otro que perpetuarse en el poder.

Ana M. Serrano

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Relatos

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Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

Ana M. Serrano

Día Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Ana M. Serrano