Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Manual para sobrevivir a un encierro forzosoDía Cinco. Quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Salto de una página a otra. Da igual virtual o en papel. Los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, se columpian agarrados a mis neuronas.

Día Cinco. Quédate en casa.

Duermo mal. Los sueños son desobedientes, se apoderan de las emociones y las moldean a su antojo. Han jugado con ventaja desde aquella primera noche de reclusión forzosa. La falta de actividad física no ayuda. Hoy me despierto tarde y confusa, rumiando mal humor. Engullo el desayuno amarrada a una pantalla. Me ducho, me arreglo. Me pinto los labios. Me lavo las manos. Quédate en casa: no escucho otra cosa desde hace cinco días. Como  tú, como todos.

Desde el sofá, no sé si me duele la cabeza o la garganta. O ambas a la vez, incluso ninguna de ellas. Puede que tenga fiebre. No. 36,1 dice el aparato electrónico que vino a sustituir a los termómetros de toda la vida. Esos de mercurio —ya prohibidos—, que nunca fallaban. Los síntomas imaginarios me asfixian, no sé si puedo respirar. Inhalo una bocanada de angustia, la retengo no sé cuántos segundos (muchos más de lo que dicen). Exhalo. La expulso con todos los diablos en ella y todo el miedo acurrucado. Me lavo las manos y miro por la ventana como si jamás lo hubiera hecho. El aire vuelve a ser aire.

¿Os acordáis cuando decíais qué ganas tengo de quedarme en casa todo el día, sin hacer nada y sin salir ni siquiera a por el pan?

Recorro el pasillo unas treinta veces seguidas. Y el salón, la cocina, el dormitorio. Abro y cierro cajones, armarios. Da igual cuánto rato y cómo. El espacio se encoge como si tuviera vida propia. Me lavo las manos —¿cuándo terminará esto?— y busco en Internet una foto para ilustrar el texto. La encuentro. Retuiteo algo que dice quédate en casa.

Y me quedo en casa y me cuesta concentrarme. Encerrada desde hace cinco días, salto de una página a otra —da igual virtual o en papel—, mientras los primates del cerebro siguen a lo suyo. Con su habitual indisciplina, utilizan mis neuronas de columpio, como si fueran lianas. Tengo un circo en la cabeza. Otro fuera, en las ruedas de prensa de políticos, portavoces y otros inútiles. Sus relatos delirantes. Los datos: hace un rato eran 20.000 casos y más de mil muertos. Y ellos, los del gobierno y sus titiriteros, que no saben hacer un Excel. Llevan casi un mes de contagios en espiral y no saben hacer un Excel, comenta Matthew Bennett en Twitter. Apago la tele. No apago Twitter. A ver, la dichosa foto, ¿dónde la descargué?

He leído “sectario” en vez de “secretario” de estado. Todo vuelve a estar en orden.

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Ana M. Serrano

Día veintitrés. Surrealismo áspero.

Son extraños los tiempos estos de surrealismo áspero, de viajes interiores hacia espacios fronterizos donde se desatan los motines del cautiverio en la más absoluta privacidad, la de uno mismo. Y sólo queda una tarea: lidiar con los propios demonios hasta que el nuevo día te deje escuchar otra vez su música.

Ana M. Serrano

Día trece. No basta con abrir la ventana.

Ahora que nada sucede, abrir la ventana implica asomarse a un abismo abarrotado de ausencias y silencio, a un vacío de cemento que se balancea sin ganas. Al tiempo, se ha convertido en el antídoto contra el encierro; el único recurso para escapar del cautiverio impuesto.

Ana M. Serrano

Día siete. En arresto domiciliario.

Hace unos días (dos creo), muté mi dócil yo me quedo en casa por un en arresto domiciliario. No es una declaración de rebeldía, sólo un intento de contar en tres palabras, de romper el silencio de la desconfianza ante unos gobernantes a los que escucho de reojo.

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Relatos

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