Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Tamara de Lempicka: icono del exceso, la elegancia y el Art Déco.

Cuando Tamara de Lempicka se instala en París en 1918, le acompaña un marido guapísimo muy poco dispuesto a abandonar la existencia moscovita de lujo y desenfreno que les arrebataron los bolcheviques.

Tamara de Lempicka. Autorretrato en un Bugatti verde.

Cuando Tamara de Lempicka se instala en París en 1918, le acompaña un bebé y un marido guapísimo muy poco dispuesto a abandonar la existencia moscovita de lujo y desenfreno que pocos meses antes les arrebataron los bolcheviques. Tampoco a luchar por recuperarla. En aquel momento la sofisticada y bellísima diva del exceso y la vida libertaria rozaba la veintena. No sería un dato relevante si no estuviera teñido por el misterio de su origen y el velo de coquetería tras el que ella misma diluyó su verdadera edad. Tampoco existen documentos que acrediten si Tamara Rosalía Gurwik-Górska nació en Moscú en mayo de 1898 o en Varsovia tres años antes.

Sí está claro que, desde su nacimiento, su situación social, familiar, económica y cultural le permitió dar rienda suelta todas sus inquietudes y fantasías artísticas. Su padre fue un rico judío de origen ruso y su madre una polaca de la alta sociedad. Ella un alma independiente, ajena a las imposiciones sociales, a los juicios y a casi todo lo que se opusiera a su personal manera de interpretar la vida, el sexo, el deseo, la belleza, el exceso. Ninguno de los privilegios de los que disfrutó durante su infancia y adolescencia le resta mérito a su obra y su forma de trabajar: brutal, incansable, perfeccionista hasta la obsesión. No hay milagros, sólo hay lo que haces, solía decir.

Elegante, ambigua, ferozmente libre, también vivió como pintaba. Sin encajar del todo en la sociedad. “Para los artistas, ella parecía una diletante de clase alta, para la alta burguesía, arrogante y depravada“, escribe Laura Claridge en “Tamara de Lempicka: A Life of Deco and Decadence”. Su amor por las mujeres hermosas, los automóviles elegantes y la metrópolis moderna determinaron su lenguaje artístico. Ya antes, en Roma y Suiza, había estudiado a los clásicos —referentes pasado también claramente transportados a sus pinturas—. Copió a Miguel Ángel y Botticelli para aprender la técnica y en los años veinte pintó los desnudos que llenan el lienzo, sin fondo, como esculpidos. Y mientras, escandalizó a la sociedad con sus adicciones (a la cocaína, las fiestas y el alcohol) y aventuras sexuales.

Cuando su primer matrimonio fracasó, Lempicka se casó de nuevo con el barón húngaro Raoulf Kuffner. La llegada de la Segunda Guerra Mundial hizo imposible quedarse en Francia. Se mudaron entonces a Estados Unidos, primero a Los Ángeles y luego a Nueva York. Allí, aunque figuraba en todas la columnas de chismes como la “baronesa del pincel” y se hizo hueco entre la alta burguesía norteamericana, no pudo replicar el momento de éxito vivido en Europa. El arte norteamericano se había instalado en el expresionismo abstracto de Pollock y de De Kooning. No interesaba ya la pintura figurativa, el estilo brillante, la elegancia helada, el vocabulario geométrico tan característicos de la obra de Lempicka. Pero ella siguió a lo suyo, encerrada en una especie de exilio artístico.

Su retiro final a la idílica Cuernavaca, al sur de Ciudad de México, fue probablemente una bendición para ella. Lo hizo dos años después de la muerte del barón. Allí se quedó hasta el 18 de marzo de 1980, cuando murió mientras dormía. Aunque durante décadas su obra fue enterrada en la tumba del olvido, su influencia en muchos artistas actuales ha sido finalmente reconocida. Seguro ha tenido mucho vez la fascinación que por sus lienzos han sentido Madonna, Jack Nicholson o Barbara Streisand. También diseñadores como Karl Lagerfeld, Armani, Max Mara o Louis Vuitton utilizaron la estética de la artista rusa para sus colecciones de los 90.

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