Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Resulta que yo no tengo pinta de ser feminista.

Cuando me declaro feminista sin tapujos y con todas las letras, la mitad más uno de los hombres (y algunas mujeres) me miran con asombro.

Eliminación de la violencia contra la mujer

Cuando me declaro feminista sin tapujos y con todas las letras, la mitad más uno de los hombres (y algunas mujeres) me miran con asombro. De arriba abajo. “Tú no tienes pinta de eso”.

¿Perdón?

¿Que no tengo pinta de qué?

Por lo visto, no tengo pinta de luchar cada segundo de mi vida para entrar y salir, para moverme cómo, cuándo y por dónde me dé la gana. De abrirme paso a dentelladas (si hace falta) en un mundo diseñado para ser “princesa”, linda, obediente y sumisa. Y tonta. Cuanto más, mejor. De intentar no tener miedo cuando oigo pasos detrás de mí en un pasillo vacío del metro o una calle poco transitada. De intentar no correr cuando miro de reojo y confirmo que esas zancadas son masculinas y no hay nadie más, para no mostrar debilidad. O correr, tacón en modo ocho cilindros en uve. Que, a veces, es lo suyo. Pero resulta que yo quiero ser libre, no valiente. Ni corredora de élite.

Al parecer, tampoco tengo pinta de estar hasta las narices de chistecitos, comentarios y gracias que no tienen ninguna. De sujetos de pinta deleznable que se permiten el lujo de llamar gorda (o fea o sucia o puta o lesbiana…) a cualquier mujer que se cruce en su camino, especialmente cuando esa mujer ignora su presencia. O de tipejos de aspecto aparentemente impecable que hacen lo mismo. De estadios de fútbol apoyando el maltrato (y no pasa nada). De individuos comprando los favores de mafias de prostitución sabiendo (todo el mundo lo sabe) que la mayoría son esclavas sexuales obligadas y atemorizadas. Y tampoco pasa nada. De justificaciones en plan, “lo estaba pidiendo a gritos”, “van por ahí provocando y luego se quejan”, “qué hacía a esas horas sola por la calle”, “subió a mi casa, estaba claro”, “estaba borracha”…

Ni de broma aparento ser —dicen— la típica mujer que se preocupa de que el resto de las mujeres del mundo entren, salgan, se muevan cómo, cuándo y por dónde les dé la real gana. Que se abran paso a dentelladas (si hace falta) en un mundo diseñado para ser “princesa”, linda, obediente y sumisa. Y tonta. Cuanto más, mejor. Y dejen de creer que ese es su único papel. Que no sientan miedo cuando oigan pasos tras de sí en un pasillo vacío del metro o una calle poco transitada. Que no se les quede la garganta seca cuando confirmen que esas zancadas son masculinas y no hay nadie más. Que no sientan la necesidad de correr, tacón, zapatilla, chancla (o lo que más les guste llevar en los pies, en las piernas, en la cintura, en la cabeza o en cualquier parte de su cuerpo) en modo ocho cilindros en uve.

¿Horrorizarme de que a una quinceañera le parezca normal (deseable incluso) que «su novio» le controle el móvil o le diga cómo ha de vestirse? Qué ocurrencia. Yo no tengo pinta de eso.

Y, por supuesto, no tengo pinta de gritar cada vez que le rompen el pómulo a una mujer por el mero hecho de serlo. Ni de imaginar su dolor, su impotencia, su miedo. No tengo pinta de llorar cada una de sus lágrimas. No tengo pinta de revolverme hasta las muelas cada vez que una mujer sale de su casa con sus hijos y con lo puesto, aterrorizada y sin saber dónde ir. O sí, pero sabiendo igualmente que el tipo la va a buscar, a encontrar, a amenazar de nuevo. No tengo pinta tampoco de creer en la presunción de inocencia de la mujer (o niña, o niño; porque en toda violencia subyace la superioridad de la fuerza, la posesión y la necesidad de manifestarla) violada o maltratada. O ambas.

¿Qué pinta hay que tener para luchar por la igualdad?

Ninguna. Sólo hay que tener conciencia y consciencia. Asumir que la desigualdad y la violencia contra las mujeres no es un problema puntual, sino social. Que afecta a la sociedad por completo. Que no se trata de una cruzada contra el género masculino. Que hay que erradicarlo porque nos afecta a todos. A los hombres también.

Por eso, con mi pinta de no tener pinta de ser feminista, me declaro como tal. Y no es hoy (25 de noviembre, día de la eliminación de la violencia contra las mujeres), es siempre.

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