Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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No perdamos la cordura.

Stalin no ha resucitado. No se han confabulado todos los demonios del comunismo más reaccionario para “tomar por asalto” los escaños y concejalías que nuestros mangantes más preciados van a tener que desalojar en breve. Ni siquiera gobierna la ultraizquierda radical. De hecho, y de momento, no gobierna nadie. Simplemente se ha producido un cambio. El cambio por el que llevábamos piándolas desde los tiempos aquéllos en que Zapatero negaba la evidencia. O antes, incluso. Y sí, los cambios suelen dar vértigo.

Stalin no ha resucitado. No se han confabulado todos los demonios del comunismo más reaccionario para “tomar por asalto” los escaños y concejalías que nuestros mangantes más ilustres van a tener que desalojar en breve. Ni siquiera gobierna la ultraizquierda radical. De hecho, y de momento, no gobierna nadie. Simplemente se ha producido un cambio. El cambio por el que llevábamos piándolas desde los tiempos aquéllos en que Zapatero negaba la evidencia. Antes, incluso.

Y sí, los cambios suelen dar vértigo.

Pero nadie ha logrado la mayoría suficiente para imponer absolutamente nada. Simplemente se ampliado el espectro ideológico. Y no creo que tanto. Simplemente, y fruto de la hartura, el desencanto y la desconfianza, se ha abierto una puerta a nuevos planteamientos. Y sólo se van a materializar aparcando egos, soberbia y prepotencia. Todos. Los de los nuevos también.

Lo que ocurre es que el PP de rancio abolengo tiene los días contados. Ese PP que mientras subía el IVA al 21%, se le aparecían “jaguares” en los garajes. Y sin parpadear, oigan. Que digo yo que si a alguien normal se le aparece un jaguar (así con sus dientes afilados y sus manchitas negras) en el garaje de su casa —en el supuesto de que tenga garaje o casa— se amedrenta, como mínimo. El que sacaba a Bankia de la ruina a costa del encarecimiento generalizado, mientras miraba para otro lado cuando sus colegas de partido y otras hazañas políticas se pulían a destajo las tarjetas black, se llevaban la pasta a Suiza y se trajinaban contratos, concesiones, yimichus, trajes de diseño o al consorte de su prójimo (o de su prójima) si hacía falta. El mismo que quiso convertir Alcorcón en un putieferio de mafiosos y traficantes. El PP de las “mayorías silenciosas”, el de las mordazas y las tasas judiciales, el de los sueldos miserables…

Y no sigo porque no quiero caer en la demagogia facilona que tanto puede llegar a convencer y, de hecho, ha convencido. Sobre todo a la gente que se ha encontrado acorralada. Porque cuando se pone a alguien contra las cuerdas, suele reaccionar como cualquier animal salvaje apresado en una trampa: con uñas y dientes para escapar. Lo que haríamos todos. ¿O no?

Volviendo al tema. Ese PP reaccionario está a punto de caer. Y que caiga. Cuanto antes mejor, y a ser posible previa devolución de los frutos de su trinque, para dejar paso a otro PP capaz de satisfacer la expectativas ideológicas de gran parte de la población española; personas con las que estaremos de acuerdo o no, pero que tienen el mismo derecho que el resto a apostar por gente decente que les represente en las instituciones. Y es necesario.

Igual que es necesario otro PSOE. Que, aunque la memoria es selectiva y débil, y el transcurso del tiempo nos juega malas pasadas, estos tampoco se libran del trinque y de la infamia. Ni del ninguneo impune a sus votantes. El PSOE del ridículo internacional, el de las risitas ebrias y a hurtadillas, el de los “pisazos” de 30 metros cuadrados, el de las gasolineras y los pepiños, el de los ERES y demás contubernios sureños… El del reducto zapateril —lo más nefasto que ha tenido el socialismo en toda su historia, larguísima por otro lado—, miembras y miembros incluidas e incluidos. El PSOE de los barones jurásicos que pueblan los despachos de la calle Ferraz (y algunos otros). Menos preocupantes estos últimos, pues acabarán extinguiéndose como se extinguieron sus predecesores, los dinosaurios. Siempre que las nuevas generaciones socialistas no se dejen aplastar por el peso de sus viejas trapacerías, claro, y tengan el valor de ponerlos en la puta calle. Donde se merecen estar. Porque es necesario un PSOE capaz de satisfacer las expectativas de otra gran parte de la población española; personas con las que estaremos de acuerdo o no, pero que tienen el mismo derecho que el resto a apostar por gente decente que les represente en las instituciones.

Y no, tampoco me fascinan las ideologías extremas ni las posturas radicales; no suelen ser más que la antesala del fanatismo. No creo en absoluto en esa clase de discursos con tufillo a resentimiento. No me gustan los planteamientos demagogos ni las conspiraciones envidiosas. Pero muchas veces son el revulsivo que despierta conciencias y cuerpos aletargados; lo que agita el acomodo y la desidia. Lo que obliga a espabilar.

Vamos, lo que en la antigua Grecia llamaban CATARSIS.

Por eso insisto, no perdamos la cordura. No nos dejemos paralizar por el miedo a lo desconocido. Nos tenemos que dar la oportunidad de avanzar, de crecer, de mejorar. Nos la merecemos. Y como, por ahora, no se ha inventado un sistema mejor que el democrático (o sí, pero nadie se ha atrevido a ponerlo en práctica y, además, es otra historia), necesitamos una clase política honesta, capaz de tomar las riendas de las instituciones, de cumplir con su trabajo; capaz de negociar, de pactar, de afrontar las situaciones complicadas, de buscar soluciones a sus diferencias ideológicas (que en el fondo son las nuestras), de representar a sus votantes —desde el gobierno o desde la oposición—. Porque sí creo en el diálogo, en el acercamiento de posturas, en el respeto, en la riqueza de la pluralidad. Y quiero confiar en la inteligencia de la gente (candidatos) que configura el nuevo panorama político. Porque yo lo valgo.

Tienen una oportunidad de oro. TODOS. Nosotros también.

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