Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Murasaki Shikibu y el mundo de Genji.

Harold Bloom, el controvertido crítico literario norteamericano, incluye a Murasaki Shikibu entre sus cien genios de la literatura.

“Tras leer a Murasaki ya nunca se siente igual el amor ni el enamoramiento. Ella es el genio del deseo y nosotros sus aprendices, incluso antes de leerla por primera vez”. Harold Bloom.

El Genji Monogatari es una extraordinaria novela escrita en el siglo XI –entre los años 1003 y 1008- que, entre prosa, poesía y más de cuatro mil páginas, nos relata la historia de Genji, el Príncipe Resplandeciente. Considerada la obra maestra indiscutible de la narrativa nipona de todos los tiempos, autores ilustres como Octavio Paz, Borges, Marguerite Yourcenar o Yeats la han comparado con los grandes clásicos occidentales: Cervantes, Balzac, Proust… También Harold Bloom, el controvertido crítico literario norteamericano, incluye a Murasaki Shikibu entre sus cien genios de la literatura al lado de Dante, Shakespeare, Beckett, García Lorca o Goethe. Aunque probablemente toda comparación sea vana pues los elementos que Murasaki maneja son tan propios de la cultura japonesa y de una época tan lejana que resulta muy difícil imaginarlos en el mundo occidental del siglo XXI.

Con delicadeza, sensibilidad, inteligencia, corrección, sutileza e ironía Murasaki nos traslada al Japón medieval, a la época Heian (784-1185), sin duda uno de los periodos más refinados de la cultura japonesa, cuando el arte, la belleza y el lujo constituían el patrimonio exclusivo de las almas sensibles. La autora nos describe con detalles exquisitos los vestidos, muebles, costumbres y creencias del Japón de la época a la vez que narra las aventuras amorosas del joven Genji, el genio del deseo y del anhelo que no cesa, el joven que irradia luz nacido para ser emperador. Sin embargo fue despojado injusta y prematuramente de sus derechos y lucha sin cesar por recuperarlos; entre los irresponsables amoríos  de este hombre irresistible hay que destacar una historia especial, la historia de amor más bella jamás narrada. Como toda obra maestra no resulta fácil su clasificación: novela psicológica, saga familiar, relato costumbrista, aventuras amorosas y eróticas…, se puede decir que es una magnífica mezcla de todo ello.

La primera traducción del Genji a una lengua occidental data de 1923. Se trata de la versión de Arthur Waley, romántica y hermosa pero poco fiel pues amplió bastante el original para hacerlo más comprensible al lector occidental. La versión alemana de Oscar Benl (1966), cuidada y metódica es la que mejor resuelve la cuestión de los poemas originales. La última traducción completa –antes de la versión española- es la del norteamericano Royall Tyler publicada en 2001, realizada con criterios notablemente distintos y profusamente anotada y comentada.

¿Y en España? Pues en nuestro país no se tuvo noticia del Genji Monogatari hasta 2005 cuando, no exentas de polémica, se publicaron casi a la vez dos versiones diferentes de la obra. Y digo versiones porque ninguna de ellas es una traducción directa del original japonés. De ahí precisamente surge la polémica. ¿Cuál de ellas refleja con mayor exactitud el manuscrito de Murasaki?

La novela de Genji, versión de Xavier Roca-Ferrer publicada por la editorial Destino, está basada en la clásica traducción inglesa de A. Waley, bella pero infiel, dicen. Con el fin de no recargar el texto con notas ni añadir apéndices engorrosos, Roca-Ferrer cierra cada uno de los capítulos (o rollos, como se publicaban en la época de Murasaki) con una nota explicativa que permite al lector comprender mejor la narración, aunque también encontramos numerosas aclaraciones a pie de página.

En la editada por Atalanta, Jordi Fibla se basa en la traducción realizada por el norteamericano Royall Tyler que se decantó por una versión más pura, más adaptada al texto original, bastantes acotaciones a pie y delicadas ilustraciones.

Si entrásemos en discusiones sobre ambas versiones tendríamos que empezar por cuestionar el título: la palabra monogatari quiere decir “lo que se relata”, por lo que la traducción más ajustada sería “Historias”. Tal vez si apareciera un Genji español traducido directamente del japonés se aclararían numerosas dudas al respecto pero, por ahora, no tenemos esa versión.

En cualquier caso, leer la historia de Genji no resulta fácil, tanto por los numerosos personajes que van apareciendo en la novela –unos cincuenta personajes principales y más de cuatrocientos en total- como por lo complicado de sus nombres. Resulta que en el Japón medieval se acostumbraba a evitar los nombres propios: mientras que los hombres eran nombrados por sus cargos o títulos, a las mujeres se las identificaba mediante paráfrasis basadas en objetos o situaciones. Así Murasaki habla de “la dama que fue instalada en el jardín de las glicinias”. Esa misma dama es Fujitsubo en la versión Destino, pues Fuji significa glicinia.

Fácil no, aunque sí deliciosa, la historia de Genji es una novela espectacular escrita con una sensibilidad y gusto excepcionales que nos acerca a un mundo distinto, a un Japón que no conocía el sushi ni la ceremonia del té; un tiempo en el que los samurais y las geishas no existían, las mujeres narraban historias y los hombres escribían en chino; una cultura y época con principios y valores tan diferentes que pueden llegar a chocar con la nuestra. Una joya literaria que recomiendo leer sin duda alguna, eso sí con calma, con mucha calma.

En cuanto a Murasaki, poco se sabe de esta inteligente y cultísima escritora que fue dama de la Corte de la emperatriz Akiko; se cree que nació hacia 973 o 975 y murió aproximadamente en el año 1013. Tampoco se sabe su nombre real, pues murasaki designa la tinta de una planta, la púrpura imperial, y la palabra shikibu no es un nombre ni un apellido, indica las funciones de su padre en el departamento de ritos (Shikibu Sh). Su abuelo fue el célebre poeta Kanesuki y su padre, Fujiwara no Tametoki, era un funcionario erudito y poeta sin talento, que enseñó a su hija la lengua china.

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