Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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El arte como territorio de la resistencia:Madge Gill, el arte en defensa propia.

Madge Gill nació en el East End londinense en 1882. Olvídense del fascinante espacio artístico, vibrante, bohemio y hipster del siglo XXI. En la época victoriana el barrio era un reducto marginal, desordenado e insalubre.

Madge Gill, arte en defensa propia.

Al hilo de un hilo de Twitter iniciado hace unos días por @smartinezpas descubrí una figura fuera de lo común en el mundo del arte. Me refiero al arte convencional —si es que se puede utilizar un término tan aburrido para calificar la creación—. También a la forma en que recibía y transmitía la inspiración. La artista se llamaba Madge Gill. Una visionaria cuyos métodos de trabajo se vinculan a las prácticas esotéricas y los enigmas del universo.

Cierto que no fue Gill la primera ni la única canalizadora de las fuerzas espirituales. Casi al tiempo, Hilma af Klint (1862-1944) experimentaba en Suecia con el arte sobrenatural, el simbolismo y la alquimia de la dualidad, la infinitud del cosmos, el espacio desconocido, los límites del mundo físico. En España, Josefa Tolrà (1880-1959) hacía algo parecido: trazaba líneas a boli, sobre el primer papel en blanco que caía en sus manos, así, como un desahogo. Hasta que se dio cuenta de que había inventado un nuevo lenguaje: la traducción de su sufrimiento. En la República Checa, años más tarde, Anna Zemánková (1908-1986) comenzó a dibujar para combatir la depresión. Sus composiciones son una partitura lírica de flores inventadas, creada en estado de trance. “Todo funciona por sí solo… no hay necesidad de pensar”. También trabajó con elementos textiles y bordados.

Madge Gill nació en el East End londinense en 1882. Olvídense del fascinante espacio artístico, vibrante, bohemio y hipster del siglo XXI. En la época victoriana el barrio era un reducto marginal, desordenado e insalubre. Y ella una lacra, una hija natural, inscrita en los registros como Maude Eades Ethel. Del padre y su apellido, ni rastro. La niña se crio con el estigma de la “ilegitimidad” tatuado en la frente y pronto conoció su significado: pagó con la invisibilidad los “descarríos sexuales” de su madre. Antes de entregarla al orfanato del Dr. Barnardo, en Barkingside, su familia escondió su existencia durante nueve años. Se deshicieron definitivamente de la vergüenza.

Cinco años después, el orfanato, en un acto de supuesta filantropía, la envió a Canadá junto a varios niños beneficiarios de un programa social especial. La idea era ofrecerles una oportunidad de reinserción; la realidad: mano de obra infantil, barata y maleable. Así que la criatura vivió la adolescencia en Ontario trabajando en granjas, como empleada doméstica y niñera. Sufrió malos tratos y discriminación. Aguantó. Volvió a Londres. Encontró trabajo en un hospital. Mientras ejercía de enfermera, su tía Kate la inició en el espiritismo y la astrología. Tenía 19 años.

Era 1907 cuando se casó con su primo Tom Gill. El tipo no le dio mejor vida de la que había tenido hasta entonces, ni el destino le compensó por lo sufrido. Al contrario. El futuro le reservaba infidelidades, enfermedad, mermas físicas, muerte. Sin embargo, ella supo esquivar las dentelladas de una sociedad que trató de engullirla varias veces.

¿Cómo? Ahora lo vemos.

Para decirlo rápido, tuvo tres hijos varones, el segundo murió de gripe de 1918; un año más tarde dio a luz a una niña muerta y desfigurada; al rato, Madge enfermó, estuvo a punto de morir. Finalmente perdió el ojo izquierdo. Para digerir toda esa mierda no existe manual. O quizá sí. Uno que al resto se nos escapa.

Entonces apareció Myrninerest, my inner rest: (mi) su paz interior, su guía espiritual, su alter ego artístico. “Alguien se convierte en artista, particularmente en escritor, porque no está del todo integrado. Algo está mal entre nosotros, sufrimos por algo, es como si el mundo no fuera suficiente. Entonces sientes que tienes que crear cosas e incorporarlas al mundo […] La única manera soportarlo es haciendo arte”. Esto lo afirmó Paul Auster casi un siglo después de que Gill se dejara llevar por la inspiración sobrenatural, por los remolinos de energía cósmica que tradujo en trazos, círculos y espirales frenéticos, en finos hilos de colores y manchas negras; mundos maravillosos plagados de elementos mágicos y reveladores.

Gill descubrió el dibujo durante los intentos de contactar con sus hijos muertos. Era Myrninerest quien la guiaba a través del espacio ultraterrenal. Utilizaba cartulinas y rollos de lienzo barato, sin tratar. Sobre ellos pintaba con tinta china rostros femeninos de ojos inmensos y sombrero que destacan sobre un entramado de grafismos complejos. Al tiempo, cosía colchas y bellísimos vestidos de motivos extraños y patrones geométricos.

Dibujaba, escribía, hacía punto, ganchillo, tejía, bordaba…  En su obra no hay referencias estéticas ni influencias academicistas. Es creatividad pura, nacida de un interior roto. Es dolor, metafísica, primitivismo, instinto e insumisión. Un mecanismo de resistencia ante la adversidad, de rebeldía, arte en defensa propia.

Durante cuarenta años, Madge Gill mantuvo el clásico perfil de artista outsider: una carrera fértil, extravagante, obstinada, prácticamente sin audiencia. Exhibió algunos trabajos en exposiciones de arte amateur en Londres. Sin embargo nunca vendió sus creaciones, insistiendo en que pertenecían a su guía espiritual. La primera vez fue en 1932 en la Whitechapel Gallery donde se expuso Reincarnation, una inmensidad de tintas de color sobre un lienzo de 11 metros de largo.

Sobre el (mal) llamado Arte marginal.

En 1972, el investigador del arte Roger Cardinal acuñó el término Arte Marginal para describir las creaciones ajenas a la metodología oficial. Ya antes, Jean Dubuffet había llamado Art Brut a las manifestaciones artísticas creadas por pacientes ingresados en instituciones  psiquiátricas. Cardinal amplía el concepto extendiéndolo a cualquier labor creativa cuyos métodos, materiales o técnicas resultan disruptivas. Sobre Gill escribía: “las improvisaciones frenéticas tienen una calidad casi alucinante, cada superficie está llena de patrones de tablero de ajedrez que sugieren espacios vertiginosos y casi arquitectónicos”.

Expertos como José Miguel García Cortés, director del IVAM, o Pilar Soler aseguran que el término “marginal”, aunque pudo tener sentido en su momento, hoy resulta anacrónico. Estos creadores están plenamente integrados en el contexto artístico contemporáneo. Se demostró en la bienal de Venecia de 2013 donde se exhibieron obras de Guo Fengyi, Anna Zemánková, Augustin Lesage y Eugene Von Bruenchenhein.

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Las obras de Madge Gill se conservan actualmente en diversas colecciones públicas, incluida la de l’Art brut en Lausana (Suiza) y la Aracine en Lille (Francia).

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