Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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Esa red social

Twitter, esa extraña red social

Twitter, sí…

Esa red social que -lo crean o no- solo comprenderán cuando estén en ella; no cuando entren no, sino cuando estén.

Hace tiempo les conté mis primeras experiencias tuiteras: cómo empecé, qué sentí, qué me encontré y, lo más importante, a quiénes descubrí: personas. Porque mi forma de entender Twitter es comunicar, comunicar ideas, intereses, sentimientos -¿por qué no?-, noticias, eventos… Lo que cada uno quiera y decida en cada momento. Pero comunicar es también y, sobre todo, escuchar, conversar, intercambiar, compartir. Si no son comunicadores dificílmente van a encontrar sentido a este chisme.

Pero claro, esa red social tan peculiar es también una lanzadera espectacular. El fenómeno Twitter (@pizcos) tiene una rapidez y una capacidad de transmitir impensables hace pocos años. Posibilidades de promoción y publicidad que muchos -empresas, negocios, medios de comunicación, profesionales, políticos, etc- han sabido ver y no todos aprovechar. Pero no es este mi tema, mejor se lo dejo a los conocedores que los hay y muy buenos.

Twitter se consolida, crece, se comenta en periódicos, revistas, radio y ¡oh cielos! en televisión.

Ya está el lío montado: famosos de prestigio, otros de no tanto y famosillos varios se lanzan como locos a crear su cuenta, a verificarla (@Twittboy)  y tuiteando, ¡que es gerundio! y pensando, o no -que también es gerundio, lo de pensar, digo- que esto es el escenario donde todos sus fans (cientos de miles de seguidores instantes después de hacer publi de su cuenta tuitera) les hacen la ola y ell@s siguen siendo l@s div@s, se permiten el lujo de decir todas las gilipolleces que se les ocurren. Pues no, señores, ¡no! Se acaban de olvidar de ese extraño proceso que es la comunicación. Se han olvidado de que en Twitter, además de las miles de personas que les seguirían ciegamente y hasta la muerte, hay más gente. Y esos otros hablan, opinan y lo que dicen -con muchísimo ingenio, en ocasiones- es tan viral y tan importante como las estupideces que estos famosillos propalan como quien no quiere la cosa y claro, se meten en unos charcos de impresión. ¡Vamos que se ahogan en su lodo!

¡Ojo! No estoy generalizando. No voy a citar a nadie, ni para bien ni para mal, pero hay personajes públicos tuiteando de una forma fantástica, a algunos -bueno a tres solamente- los sigo. Ellos y otros, a quienes no sigo pero de vez en cuando leo, han sabido salir bien airosos si en algún momento sus opiniones han suscitado polémica, pues su inteligencia -no su fama; inteligencia y fama no siempre van unidas- les permite cierto tipo de licencias que no aplaudo, pero tampoco critico. Allá cada un@.

Y se olvidan algun@s de est@s señor@s de que todo -a pesar de estar tan de moda eso del “todo gratis”, eso que tanto mal hace y lo digo sin acritud ni segunda intención- tiene un precio: su fama también.

Cuando parte del sustento diario es la fama hay que pensar antes de hablar -para el resto de los mortales es aconsejable, aunque no fundamental. Escribir en ciento cuarenta es jodido. Meter la gamba hasta la ingle es humano, es normal. Pero est@s señor@s que van de dioses y de “sobraos”, que tienen el ego más alto que los catorce “ochomiles” juntos no pueden decir tonterías de semejante calibre: los humanos se equivocan, los dioses no.

Si no son capaces de enfrentar su error dejen de ir de dioses, aprendan a comunicar o cierren sus cuentas de Twitter. Jugar con dos barajas está feo. Borrar tuits no vale, aclarar tal vez… Solo vale pensar antes de derramar sandeces y/o asumir y dar la cara después de haberlo hecho.

Yo también digo tonterías, tremendas y muchas, pero no vivo de ello. A la fama me refiero.

Reina, 2 de febrero de 2011

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