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Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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El espíritu indomable de Edmonia Lewis.

Edmonia Lewis llevaba en el ADN la fuerza de la raza, el amor propio y la insumisión de los inconformistas. Le costó humillaciones, claro. Muchas. También sangre.

Edmonia Lewis, La Muerte de Cleopatra , tallada en 1876, mármol, Museo Smithsoniano de Arte Estadounidense, Obsequio de la Historical Society of Forest Park, Illinois, 1994.

Nació negra y mujer en el siglo XIX. Semejantes antecedentes no auguraban un futuro prometedor. Ni siquiera un futuro digno. Imaginar que el fruto de una mezcla entre padre afroamericano, medio haitiano —esclavo liberado— y madre indígena de la tribu Ojibwe —hoy territorio canadiense—, criada entre los indios, iba a convertirse en una de las escultoras más famosas y reconocidas internacionalmente, incluso en vida, era una especie de quimera. Pero no. Edmonia Lewis llevaba en el ADN la fuerza de la raza, el amor propio y la insumisión de los inconformistas. Le costó humillaciones, claro. Muchas. También sangre.

Edmonia Lewis nació en 1844 al norte de Nueva York. Poco le duró el amor paternal. Ambos murieron al poco de su nacimiento. La pequeña fue adoptada por sus tías maternas, que le procuraron la educación y los cuidados necesarios para no ahogar sus aspiraciones culturales. También su hermano se empeñó en facilitarle las cosas: abandonó la tribu nómada para convertirse en un buscador de oro en California y así costear los estudios de la niña.

Si arrugarse nunca fue una opción en la estirpe Lewis, tampoco lo fue en la vida de Edmonia. Su espíritu indomable resistió todas las zancadillas y cortapisas de los prejuicios. Ni cuando la acusaron falsamente de haber envenado a dos compañeros blancos mientras estudiaba en el Oberlin College de Ohio, se planteó ceder. El jurado la exoneró. No el populacho. La molieron a golpes. En las sociedades extremistas e intolerantes el linchamiento popular funciona con una eficacia implacable, ya se sabe. A parte de la paliza, la acusación le costó el título y la expulsión pocos meses antes de terminar sus estudios. Sólo tenía 15 años, pero no estaba dispuesta a darse por vencida ni ahogarse en la autocompasión.

Tras los altercados de Oberlin, Edmonia Lewis se trasladó a Boston, un lugar bastante más amigable y abierto. En apariencia. Pese a que allí se enarbolaba la bandera del abolicionismo y la libertad, tampoco encontraba la manera de abrirse paso como escultora. Hasta que conoció a Edward A. Brackett, artista entre cuyos clientes se encontraban algunos de los abolicionistas más conocidos de la época. Trabajó con él hasta 1864, justo el año en que montó su primera exposición individual. Aun así, el entorno no colmaba sus aspiraciones. Por ello decidió viajar a Roma en busca de un ambiente social en el que no le recordaran constantemente su color de piel. “En la tierra de la libertad no había espacio para una escultora de color”, declaró.

Hay en la obra de Lewis mucho de ese espíritu indomable que rigió su trayectoria vital. En Roma, la artista descubrió la magia fría del mármol, la sutileza de las formas, la adrenalina del reto (una vez más).  Porque, aunque se liberó del estigma de la raza, su condición femenina no le dio tregua a la hora de demoler los prejuicios patriarcales. La lucha contra el racismo y la esclavitud forman parte de un universo creativo plagado de resistencia y furia contenida. Una rabia sin rencor que se manifiesta en las expresiones de muchas de sus figuras. En la mirada intensa de sus cupidos, en el desafío de Old Arrow Maker; en los ojos inertes de su Cleopatra, en la belleza velada de su Hagar.

A partir de 1875 Edmonia Lewis se desvaneció. Son muy borrosos sus últimos años en tierras británicas. Durante más de un siglo su muerte ha sido un auténtico misterio. Marilyn Richardson, ex profesora del MIT y apasionada de la obra de Lewis, ha podido aclarar alguno de los puntos más oscuros de la vida de la artista. Tras décadas buscando la tumba de Edmonia, Richardson la halló en Londres. Con la ayuda de un abogado británico descubrió que murió en hospital Hammersmith, en 1907 (durante años se creyó que fue en 1911). Sus restos descansan bajo un nicho, hasta hace poco anónimo y cubierto de musgo, en el cementerio católico de Santa María. Hoy, un bloque de mármol negro pulido indica el lugar donde rendir homenaje a la artista luchadora que fue.

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