Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

Menu

Los dos pecados mortales de Clara Campoamor.

"¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República?" Clara Campoamor. Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes. 1 de octubre de 1931.

Busto original de Clara Campoamor en las inmediaciones del Centro Conde Duque de Madrid, obra de Lucas Alcalde, 2006

Escribo sobre Clara Campoamor por varias razones.

La primera, porque me fascina su entereza, su lucidez, su valentía y su honestidad a la hora de defender convicciones e ideales: “…considerando que es mi convicción la que habla; que hablo como republicana, pero como republicana que ante un ideal to defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo que Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer…”. Así fue.

La segunda, por su inmensa capacidad de levantarse, de crecerse ante las dificultades, de perseguir sus ambiciones, de determinar ( de cambiar) su destino. Y hacerlo con firmeza y también con honradez, porque en su trayectoria vital no cupieron las dobleces, los parches, la impostura ni el buenismo. Para ella, el fin no justifica(ba) los medios. Jamás. Defendía la libertad por encima de todo, pues sólo con autonomía e independencia estimaba posible realizarse como ser humano y disfrutar de todos los derechos inherentes a la persona. La libre elección, el libre albedrío, el derecho a decidir y a equivocarse son las únicas coordenadas que delimitan la senda para desarrollar la responsabilidad individual. Y asumirla.

La tercera, porque me avergüenza ese afán por atribuirse (apropiarse), casi un siglo después y de manera torticera, el legado de una mujer extraordinaria a la que nadie quiso ni reconoció no sólo durante la Guerra Civil ni la dictadura posterior. Tampoco se le rindió el homenaje que merecía durante la manida Transición que, de tanto alabarla unos y denostarla otros, han convertido en un arma arrojadiza en función de sus respectivas conveniencias políticas. Como los padres que usan a sus hijos para despedazarse en los divorcios. Un asco.

Ahora, de pronto, todos la quieren adoptar. Pues no. No creo que ella permitiera semejante atropello. Seguramente los mandaría a pastar. A unos y a otros. Lo hizo hace 89 años, imaginarse hoy.

Era madrileña, feminista, escritora, abogada (la segunda mujer que ingresó en Colegio de Abogados de Madrid después de Victoria Kent y la primera en intervenir ante el Tribunal Supremo), masona, republicana, miembro del Partido Republicano Radical[i] y diputada por el mismo en 1931. Clara Campoamor Rodríguez también trabajó de manera habitual en la actividad periodística antes convertirse en la principal defensora del sufragio femenino.

Lo reivindicó de viva voz desde la tribuna del Parlamento y por escrito en el ensayo El voto femenino y yo: mi pecado mortal (1935), donde relata su lucha por el voto de las mujeres y defiende su actuación al respecto: “Cuando creíamos que inaugurábamos un régimen de justicia y de leal libertad, resulta que unos señores se asustan de sus propias ideas y les ponen un límite. Esos señores acuerdan que la mujer no está todavía preparada para el uso de las actividades políticas. Lo cual equivale a declararla irresponsable. Es decir, un ser inferior”.

Y es que su alegato parlamentario en favor del derecho de las mujeres a decidir y a equivocarse—el mismo que siempre tuvieron/tienen los hombres— le costó la carrera política. Y el exilio cinco años después. Fue, en efecto, el primer pecado mortal de la jurista madrileña.

Su propio partido le negó el apoyo, al igual que buena parte de la izquierda y las otras dos mujeres que ocupaban en 1931 un escaño en la cámara: Victoria Kent[ii] y Margarita Nelken[iii]. “Poner un voto en manos de la mujer es hoy, en España, realizar uno de los mayores anhelos del elemento reaccionario”, sostenía esta última. Era este el sentir general de los sectores progresistas de la época: las mujeres españolas no estaban preparadas para asumir la responsabilidad del voto, demasiado condicionadas por la Iglesia y la ideología patriarcal.

Las mujeres españolas votaron en 1933. Triunfó la derecha y Clara Campoamor no logró esta vez el escaño. Sí el oprobio generalizado de la izquierda que vio en el voto femenino la culpa del resultado electoral. Ellos tenían razón y la exdiputada liberal se convirtió en el chivo expiatorio. “Hombres y, cosa curiosa, hasta mujeres consideraban obligado marcar su disconformidad y ¡por si acaso! señalar mi nefanda culpabilidad en la futura y ya anunciada desviación de la República.”

Claro que, en el 36, cuando ganó el Frente Popular, nadie recogió velas. Siguió siendo la apestada de la política española, tan incómoda para la izquierda como para la derecha. Ningún partido la quiso en sus filas: resultaba demasiado independiente, combativa y enérgica. Muy poco afín a inclinar el lomo ante dogmas, sus pensamientos e ideales fueron mucho más allá del debate sufragista y la política.

Campoamor, pese a su origen humilde —padre contable, madre costurera—, tuvo acceso a la educación. Un privilegio efímero que se esfumó al morir el padre. Tenía ella entonces 13 años. Le costó lo suyo contribuir al sostenimiento de su familia sin renunciar a sus ambiciones intelectuales. Limpió, cosió, opositó a un puesto en el Ministerio de Gobernación. Unas nuevas oposiciones al Ministerio de Instrucción Pública le permite el acceso al puesto de profesora de taquigrafía y mecanografía en las Escuelas de Adultas de Madrid.

Así anduvo bregando casi dos décadas. No se resignó ni se doblegó. Tenía 32 años cuando retomó la educación secundaria, 34 cuando se matriculó en la Facultad de Derecho, 36 cuando obtuvo el título. Se colegió, abrió su propio bufete de abogados e ingresó en el PRR al proclamarse la II República.

Su postura frente al desorden, la incapacidad del gobierno para reconducir (y erradicar) la violencia callejera que se apoderaba de los pueblos y ciudades españolas durante los meses previos al aciago verano del 36 fue contundente. Las causas en las que creía de desvanecían en ese ambiente asfixiante prebélico cuyo desenlace todos conocemos. Ella asistía estupefacta al espectáculo de la descomposición de la República por la que tanto peleó.

Toda la desilusión y el pesimismo que sintió durante esos meses se recogen en La revolución española vista por una republicana (1937)[iv]. Se trata una de sus obras menos conocidas, en la que, aparte de la crítica visión de los primeros momentos de la Guerra Civil en Madrid, pasa revista a todos y cada uno de los gobernantes. No se salva ni el apuntador, aunque se muestra especialmente incisiva con Prieto —“el genio maléfico, fatal para la República”— y Azaña —“de prestigio más imaginario que real”—. Le atiza al régimen soviético, no da cuartel a los fanatismos ni a los excesos, debilidades e impotencia del gobierno y califica de “armonía imposible” a esa reagrupación de los partidos de izquierda que era el Frente Popular. Así se consumó su segundo pecado mortal.

Al estallar la guerra escapó a París. Temía por su vida: sus críticas contra el contexto político derivado de la elecciones de febrero de 1936 y la atribución al Frente Popular de responsabilidades respecto a la sublevación militar del 18 de julio le granjearon la animadversión de la coalición de izquierdas.

Desde 1938 vivió más de una década en Buenos Aires —hasta el 55— y participó de manera activa en la vida cultural e intelectual de la ciudad. Formó parte del Ateneo Iberoamericano, la Asociación Patriótica Española y el Liceo de España. Aprovechó el exilio porteño para escribir diversos ensayos sobre literatura española, además de las biografías de Concepción Arenal, Sor Juana Inés de la Cruz y Quevedo. Los últimos años de su vida los pasó en Lausana (Suiza), hasta su muerte el 30 de abril de 1972.

No pudo regresar a España. Su actividad política durante la República la situaba en el bando de los vencidos. Lo peor, estaba en el punto de mira del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo.


NOTAS:

[i] Partido Republicano Radical (PRR) era un partido de centro, republicano, liberal, laico y democrático, liderado por Alejandro Lerroux.

[ii]Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española. Lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal”. “[…] Por hoy, Sres. Diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer”. Victoria Kent (PRRS). Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes. 1 de octubre de 1931.

[iii] Margarita Nelken (PSOE) se ausentó de la Cámara durante la votación, como varios de sus compañeros de partido, entre ellos Indalecio Prieto. Hay que aclarar que la mayoría del PSOE votó a favor del sufragio femenino.

[iv] El libro se publicó en francés y no fue traducido al español hasta el año 2005, por Luis Español Bouché.Hubo una edición previa, en 2002, de la Universidad Autónoma de Barcelona, traducida por Eugenia Quereda Belmonte.


Imagen: Busto original de Clara Campoamor en las inmediaciones del Centro Conde Duque de Madrid, obra de Lucas Alcalde, 2006.

Newsletter

La forma más sencilla de estar al día de todo lo que se publica en Diálogos de Libro.

Puedes ejercer en cualquier momento tus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición sobre tus datos.

Artículos

Los dos pecados mortales de Clara Campoamor.

“¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República?” Clara Campoamor. Diario de sesiones de las Cortes Constituyentes. 1 de octubre de 1931.

Ana M. Serrano

Joana Vasconcelos, la alquimista de lo cotidiano.

Joana Vasconcelos ama el color y el lujo barroco. Es punzante e irónica, local y global, elegante e inmensa. Representa el choque entre la realidad y la imagen, la contradicción entre la mujer tradicional y la contemporánea, la presencia femenina activa en la sociedad.

Ana M. Serrano

Madge Gill, el arte en defensa propia.

Madge Gill nació en el East End londinense en 1882. Olvídense del fascinante espacio artístico, vibrante, bohemio y hipster del siglo XXI. En la época victoriana el barrio era un reducto marginal, desordenado e insalubre.

Ana M. Serrano

El Madrid de Benito Pérez Galdós. II.

Benito Pérez Galdós, dotado de una capacidad de observación extraordinaria, toma buena nota de la evolución capitalina, transformándola en palabras. Páginas imprescindibles para entender el contexto social e histórico de la época.

Ana M. Serrano