Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Alma Mahler: la compositora que estuvo dispuesta a todo.

Alma Mahler apuraba su existencia del mismo modo que el entorno igualmente turbulento en el que creció y vivió se desgarraba mientras se bebía a morro los últimos instantes de gloria.

Alma Mahler

Alma Mahler, nacida como Alma Margaretha Maria Schindler, ha sido más conocida en la historia del arte y la música por ser hija del pintor Emil Jakob Schindler y esposa del compositor Gustav Mahler, el arquitecto Walter Gropius y el novelista Franz Werfel. Todo en orden, pues. La niña vienesa era una artista por naturaleza y no hubiera sido de recibo brillar de manera independiente. Menuda ocurrencia.

A los nueve años componía. A los veinte tenía un repertorio bastante nutrido de lieder, fragmentos de ópera y composiciones instrumentales. Claro que tres años después se casó con Gustav Mahler y, aparte de las cláusulas corrientes, el contrato matrimonial incluía el abandono de las inquietudes artísticas. Las de ella, obviamente. Herr Gustav no se privó —ni nos privó, por fortuna— de dar rienda suelta a su maestría musical.

Volviendo a nuestra protagonista, además de componer y pensar por sí misma, Alma Mahler tocaba el piano como los ángeles. En Viena se la rifaban por sus dotes artísticas. Pero también por su belleza y su arrolladora personalidad. Inteligente y culta, capaz de encandilar a la sociedad austriaca de la época, era sin embargo una enamorada del amor y del arte. Y esa fue su gran derrota, aunque tal vez también su gloria. Una especie de instinto primigenio le hacía identificar el talento de quienes la rodeaban. De ellos se enamoraba y ellos la exprimían, con su consentimiento, todo sea dicho.

Como arquetipo de las aspiraciones masculinas —guapa, inteligente, coqueta, eficaz administradora, atenta, perspicaz, delicada, amiga, madre, amante, modelo de la feminidad— fue la musa de una legión de artistas y el sueño de muchos señores anónimos que caían rendidos ante ella. “Tú restituyes la vida a los inútiles”, le escribía el pintor expresionista Oskar Kokoschka. El mismo con quien mantuvo una de esas relaciones tóxicas, tan tórridas como destructivas. El mismo que encargó, tras el fin de aquel tormento, una muñeca exacta a su examante. Dicen que incluso la llevaba a la ópera. A la doble inanimada. Probablemente chismes que nadie ha podido documentar, salvo que la decapitó públicamente en una representación macabra de sangre y alcohol.

Volviendo a los demonios interiores de la pianista, no se puede obviar que ella apuraba su existencia del mismo modo que el entorno igualmente turbulento en el que creció y vivió se desgarraba mientras se bebía a morro los últimos instantes de gloria. El imperio austro-húngaro se derretía entre la arquitectura de Loos y los delirios dodecafónicos de Schönberg. Mientras Alma Mahler se debatía entre lo que se esperaba de ella y lo que añoraba —un clásico— y se rendía voluntariamente a lo primero.

Entre los maridos que se le morían, los hijos que también (tres perdió), la música que abandonó, las derrotas y los sueños quebrados, las críticas a su aparente frivolidad y los jirones del paso del tiempo, Alma se dejó prender por el fuego del nazismo. Mientras huía por toda Europa con su último marido, Franz Werfel, judío y perseguido por Hitler. Una paradoja más en la vida de esta mujer tan compleja como atormentada, tan sometida como indómita, tan venerada como denostada.

Murió a los 85, en Nueva York, amarrada a una botella de licor, consciente de sus errores, de las batallas ganadas a la desdicha, de las rendiciones, de las victorias, de la intensidad de su vida, pese a todo, pese a todos. “He tenido una vida hermosa”, reconoce al final de sus memorias. “Cualquier persona puede conseguir todo, pero tiene que estar también dispuesta todo”.

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