Diálogos de Libro

Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. Carmen Martín Gaite.

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A propósito de las invitadas del Museo del Prado.

La incómodas Invitadas del Museo del Prado ya han levantado ampollas en la fina piel de los observatorios de género.

Invitadas. Museo del Prado

No han sido necesarios ni 20 días desde la inauguración de la exposición Invitadas en el Museo del Prado para que algunas asociaciones con perspectiva de género hayan puesto su grito en el cielo. Era de esperar. De hecho, durante la presentación de la muestra, Garlos G. Navarro —técnico de Conservación de Pintura del Siglo XIX y comisario de la misma— señalaba que el planteamiento, además de audaz, posiblemente “no sea fácil de comprender para muchos de quienes se acerquen a esta exposición”.

Sin duda, la exposición incomoda. No sólo por determinadas obras que casi nos obligan a bajar la mirada. También por el embarazoso espíritu que la alumbra: como invitadas, como espectadoras accidentales y prescindibles de espacios no diseñados para ellas. Así se sentían y fueron tratadas las artistas del XIX. Encima, hurga con ahínco en heridas no cerradas.

Invitadas cuestiona los cánones, la herencia ideológica recibida por el museo a cuya difusión contribuyó. Se trata de una revisión crítica sobre la consideración de la mujer en mundo del arte —en concreto en el sistema artístico español— y la sociedad del siglo XIX. NO ES una exposición colectiva de mujeres artistas. NO ES un análisis de los arquetipos en general de la mujer española o de la mujer en la pintura española. NO ES —insiste Carlos G. Navarro más adelante— una bienal dedicada a las pintoras españolas de hace dos centurias.

Y mira que lo repite. Y mira que persevera en destacar este aspecto fundamental para situarse en el contexto expositivo. Hasta la saciedad. Pues no, al parecer, no ha sido lo suficientemente claro su alegato. La Red de Investigación en Arte y Feminismos y el Observatorio de Mujeres en las Artes Visuales (MAV) no han tardado en poner en entredicho el enfoque de Invitadas, levantado acta de sus quejas en los medios.

Según la primera, “la exposición devalúa a las artistas y su producción, tanto cuantitativa como cualitativamente. Sus obras protagonizan solo las últimas siete de 17 secciones de la exposición, reuniendo en total 36 pintoras, 1 escultora y 1 fotógrafa”. MAV, por su parte, alega: “Se hubiera podido esperar del Prado una reflexión mucho más profunda a la hora de plantearla. Una exposición de estas características debe ser creada y concebida por un equipo de comisariado diverso en áreas de conocimiento, identidades y afectividades en torno a la temática a tratar”.

Error y rectificación.

Antes de continuar, tengo que hablar de un error. De un error de base que el Prado cometió y que inmediatamente señaló Concha Díaz Pascual en su web de arte Cuaderno de Sofonisba. Resulta que la obra que abría la muestra —un cuadro casi hecho jirones que representaba una supuesta escena familiar pintada hacia 1890— se atribuyó a la artista Concepción Mejía de Salvador. Y no. De acuerdo con las pruebas aportadas por Díaz Pascual, el lienzo se pintó en 1895 por Adolfo Sánchez Megías, quien lo tituló La marcha del soldado. Tan contundentes han sido las evidencias, que la institución ha reconocido su falta sin dilación, publicado una rectificación y retirado la pintura del espacio expositivo.

También quisiera aclarar que no pretendo polemizar sobre la competencia académica de estas personas/asociaciones contrarias a la exposición. Sí cuestiono hasta qué punto estas entidades han aparcado sus propios prejuicios (identidades y afectividades) de género antes de escuchar/leer los argumentos de Garlos G. Navarro. También me pregunto si han tenido la oportunidad ver la muestra in situ. Y es que, como apuntaba en Twitter @srawinterparece que lo que más ha molestado a estas asociaciones es no salir en la foto”.

Dicho tuit (cuyo fondo comparto) me animó a escribir lo que llevaba ya varias horas rumiando. Por supuesto, toda crítica es lícita y todo debate bienvenido. Lo que ocurre es que, desde hace ya tiempo, me chirría ese constante tonito de resentimiento que percibo en ciertas reivindicaciones con el apellido “de género”.

En mi opinión, aparte de las consideraciones que explica perfectamente el comisario de la muestra, Invitadas reivindica la figura femenina poniendo en evidencia la desigualdad y la misoginia con las que se trataba a las mujeres en siglo XIX. Y lo hace a través del arte que se producía entonces. Entiendo que el museo se siente culpable de haber contribuido a difundir ese molde patriarcal que asfixiaba a la mujer (artista o no) y pretende, dos siglos después, saldar la deuda contraída. No creo que los organizadores procurasen en esta ocasión redescubrir el arte creado por mujeres. Menos aún hacerlo a través de una mirada patriarcal obsoleta potenciada desde el poder y las instituciones, sino señalar dicha mirada infame como artífice (y cómplice perverso del pensamiento establecido) del sesgo injustificado e injusto al que se sometió al arte femenino.

Con respecto a las “cuotas”.

En efecto, de las 133 obras que cuelgan en la exposición sólo 60 llevan la firma de una mujer. Pero resulta que el resto de las pinturas (73) realizadas por hombres lo que muestran —eso pretende el museo— es el peso ideológico impuesto desde el poder a la hora de valorar el arte y otorgar los correspondientes premios oficiales. Unos dogmas que, obviamente, excluían a las artistas de toda oportunidad. A ese se molde constrictor se sometieron todas: las obedientes y las insumisas. No había escapatoria.

De dichas obras masculinas se sirve Invitadas para denunciar la situación de las mujeres como objeto artístico: “elementos subsidiarios manejados por los hombres”. De ahí que se exhiban cuadros con escenas vergonzantes, hoy intolerables. De ahí que se hayan planteado secciones tan humillantes como “Brújula para extraviadas”, “Desnudas” o “Modelos en el atelier”. Albergan cuadros tan espeluznantes como La bestia humana, de Antonio Fillol Granell o El sátiro, del mismo artista.

El Prado, no obstante, recupera la figura de pintoras como María Luisa de la Riva, Francisca Stuart, Adriana Rostán, Rosario Weiss, Lluïsa Vidal, Brockmann o María Roësset; la escultura de Adela Ginés y Helena Sorolla. En el ámbito de la fotografía, otorga el protagonismo a la obra de Jane Clifford, la encargada de fotografiar el Tesoro del Delfín que custodia el Museo.

¿Qué la exposición podía haberse orientado hacia la visibilización de las artistas invisibles? Sí. Pero Invitadas ha situado su leitmotiv en un contexto histórico e ideológico concreto. El ojo del Prado, en este caso, se centra en la revisión del canon. ¿Que sería interesante una exposición dedicada al redescubrimiento las artistas ninguneadas, ignoradas, silenciadas por los dogmas patriarcales? Sin duda. ¿Que existe la posibilidad de disfrutar de una muestra de esa altura? Espero. Ávida.

Como afirma Estrella de Diego —catedrática de Arte Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid, académica electa de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, autora del ensayo La mujer y la pintura del XIX español y presente en el catálogo de Invitadas— las grandes maestras del XIX existieron/existen, sólo hay que buscarlas y aparecen, siempre aparecen. Y en los almacenes del Prado, abundan.

Mientras esperamos verlas colgar de los muros del museo, disfrutemos de Invitadas y saquémosle toda la savia que alberga. Que es mucha. ¡Ah! Las cartelas están para leerlas y en este caso, es más que recomendable pues ayudan a contextualizar de manera muy precisa.

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Imagen: Paso de una procesión por el claustro de San Juan de los Reyes. Toledo. Elena Brokmann de Llanos (1865 – 1946) Óleo sobre lienzo h. 1892. Madrid, Museo Nacional del Prado, depositado en Granada, Hospital Real del Rectorado de la Universidad de Granada.

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