Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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El frío.
Cosas mías

El frío.

Ana M. Serrano

Odio la textura de la nieve, el color de la maldita lluvia, el ruido del granizo, el sabor ácido de las nubes oscuras. Odio resbalar sobre la escarcha blanquecina de los amaneceres de invierno, rascar los cristales del coche, el olor a calle en el ascensor.

Los días rojos.
Cosas mías

Los días rojos.

Ana M. Serrano

Hay días así. Desordenados, furiosos. Pueden ser sucios, sombríos o apagados; grises o negros. Un tal Capote los tiñó de rojo. Días perversos en los que nada sucede.

Sospecha – II.
Relatos

Sospecha – II.

Ana M. Serrano

Aunque se esforzaba por adivinar cómo había llegado hasta allí, solo veía una luz irreal, la nieve amontonada a ambos lados de la acera, la indiferencia del policía

Sospecha. I.
Relatos

Sospecha. I.

Ana M. Serrano

La noche del 19 de noviembre, el silencio reinaba en el pequeño hotel de Kitzbühel. Anke dormitaba apoyada sobre el mostrador…

Lola y el conjunto vacío.
Relatos

Lola y el conjunto vacío.

Ana M. Serrano

Los cerebros, como los corazones, van donde son apreciados…

Tal vez la célebre frase de Robert McNamara no llegó a sus oídos en el mejor de los momentos.

Y no porque no estuviera de acuerdo con ella. Al contrario. Bien conocía Lola ese sentimiento de impotencia provocado por la indiferencia y hasta casi el desprecio demostrado ante alguna de sus ideas o trabajos; esa incómoda sensación de estar fuera de lugar, de hablar un idioma raro, incompresible para la mayoría; ese intenso, aunque casi siempre contenido, impulso de mandar a la mierda a jefes sectarios, compañeros pelotas y demás infelices resignados incapaces de declararse en rebeldía. Y bien había aprendido también a diluirse entre la inmensidad de la rutina, de lo gris, de lo mediocre…

Cuatro siestas. III-Invierno.
Relatos

Cuatro siestas. III-Invierno.

Ana M. Serrano

En las calles blancas y frías se impone la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

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