Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos de todas las razas y orígenes más o menos oscuros correteaban por calles y plazas hurtando de aquí y de allá algún chusco de pan duro para desayunar; algunos incluso repartían periódicos y se enfrascaban en labores no siempre adecuadas para su corta edad mientras sus padres y madres llevaban unas cuantas horas encerrados en fábricas y talleres de diversa índole o haciendo de equilibristas circenses sobre un skyline que ya entonces se dibujaba como el símbolo de una nueva era industrial y urbana nacida para engullir sin piedad cualquier tiempo pasado.

Qué fue del auténtico 8 de marzo

Qué fue del auténtico 8 de marzo

Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos de todas las razas y orígenes más o menos oscuros correteaban por calles y plazas hurtando de aquí y de allá algún chusco de pan duro para matar el hambre; algunos incluso repartían periódicos y se enfrascaban en labores no siempre adecuadas para su corta edad mientras sus padres y madres llevaban unas cuantas horas encerrados en fábricas y talleres  de diversa índole o haciendo de equilibristas circenses sobre un skyline que ya entonces se dibujaba como el símbolo de una nueva era industrial y urbana nacida para engullir sin piedad cualquier tiempo pasado.

La mañana del 8 de marzo de aquel 1908  despertó fresca, soleada, deliciosa; como el preludio de una primavera que asomaba entre el asfalto neoyorquino ansiosa por devolver a ese espacio destinado a convertirse en el gran sueño americano toda la calidez que el invierno le había arrebatado. Esa misma mañana en pleno corazón de la isla de Manhattan, la fábrica textil Sirtwoot Cotton vivía una actividad inusualmente febril. Pero no precisamente por el ritmo ya de por sí trepidante que los obreros imprimían en los telares movidos más por la necesidad —y por el látigo invisible de una nueva esclavitud enmascarada con promesas de un futuro libre, digno e igual— que por las ganas. Al contrario. Todo era calma y silencio en Sirtwoot Cotton y salvo el tenue zumbido de las máquinas paradas y el clamor sordo de una voz femenina, no se oía ruido alguno.

Porque aquella mañana en Sirtwoot Cotton la única agitación existente tenía nombre de mujer. Y es que, unas 140 trabajadoras, agotadas por las condiciones laborales impuestas decidieron solicitar ciertas mejoras. No pretendían ocupar clandestinamente su lugar de trabajo ni provocar un levantamiento popular. En sus planes tampoco entraba armar la marimorena —o liarla parda, como se dice ahora y suena como mucho más moderno—, ni siquiera salir en los papeles. Tan sólo pedían una jornada laboral de ¡10 horas!, un salario igual al de sus compañeros, algo de higiene y un poquito de tiempo para cuidar a sus bebés. No era gran cosa (o sí, porque 106 años después seguimos reclamando casi lo mismo).

Sin embargo, nada salió como ellas esperaban. Los propietarios de los telares no estaban dispuestos a ceder un ápice en favor de peticiones tan absurdas ni, mucho menos, a consentir semejante insurrección. De modo que tras dar por zanjado el asunto, salieron de la fábrica cerrando todas las puertas a cal y canto. Las pobres costureras se quedaron allí encerradas, indefensas, decepcionadas. Presas como vulgares delincuentes, no podían salir ni moverse. Como tampoco podían sospechar el horror que les aguardaba hasta que el primer cóctel incendiario rompió una de las ventanas. Tejidos, hilos, lanas…, todo demasiado inflamable. Las puertas bien aseguradas con candados.Todo demasiado cerrado. La fábrica ardió entera y 129 mujeres murieron abrasadas sin poder escapar del incendio provocado por la crueldad y la intolerancia de un puñado de desalmados.

Dos años después de esa brutal represión Clara Zetkin, una de las activistas más importantes en lucha por los derechos femeninos, propuso declarar el 8 de marzo como el día internacional de la mujer en homenaje y recuerdo de las costureras de Sirtwoot Cotton. Por ello, desde 1911, el 8 de marzo se ha convertido en un símbolo de la lucha por la igualdad.

No creo que sea un día para celebrar sino para recordar y agradecer. Para recordar a esas 129 costureras de Sirtwoot Cotton que murieron calcinadas; para agradecer y no olvidar jamás la gran labor de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, de Flora Tristán, de Emmeline Pankhurst, Concepción Arenal, Clara Campoamor… y  de esas otras miles de mujeres anónimas que se dejaron la piel para que sus hijas no tuvieran que soportar lo que ellas soportaron y para que hoy nosotras —las que hemos nacido en la cara buena del mundo— podamos seguir peleando por una igualdad real y, sobre todo, para que esas otras que viven en las mismas condiciones (o peor) que hace 200 años recuperen el lugar que como seres humanos les corresponde. Para recordar que, aunque aún hay mucho que hacer, gracias a ellas hoy podemos votar, protestar, estudiar, reivindicar y levantarnos por las mañanas sabiendo que ya no somos ciudadanas (nunca lo fuimos aunque muchos se empeñaran en imponerlo) de segunda o de tercera.

Por eso yo no celebro el 8 de marzo. Por eso yo no quiero celebrar el 8 de marzo. Por eso cuando leo “¡Feliz día internacional de la mujer!”, me hierve la sangre. ¿Cómo que feliz? Feliz, ¿por qué? ¿Porque en el mundo occidental —ese que es el menos incivilizado de todos los mundos conocidos— ya no se nos quema impunemente? ¿Ese mundo supuestamente avanzado que todavía se cuestiona si tenemos pensado tener hijos? Por supuesto que sí, querido…, ¿de dónde piensas que van a salir tus nietos?

Y por eso no puedo soportar que los grandes vendedores de humo y de días “D”, los centros comerciales y las multinacionales (algunas de las cuales son propietarias de miles de Sirtwoot Cotton  del siglo XXI en Asia, América o África donde mujeres y niñas son explotadas sin ningún tipo de protección) quieran despojar a este día de su verdadero significado —como ya han hecho con otros días como el del padre o la madre— convirtiendo su ternura, su recuerdo en una repugnante obligación de regalar, felicitar y chorradas por el estilo que nada tienen que ver con su origen.

Y por eso espero que mis nietas o mis biznietas (¡vaya usted a saber al paso que vamos!) vivan sus 8 de marzo como un día normal, como una especie de recuerdo jurásico, rarísimo. Que no les quepa en la cabeza que algo así hubiera podido pasar. Y que no pierdan el norte. Por si acaso.

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