Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Lola y el conjunto vacío.

Los cerebros, como los corazones, van donde son apreciados… Tal vez la célebre frase de Robert McNamara no llegó a sus oídos en el mejor de los momentos. Y no porque no estuviera de acuerdo con ella. Al contrario. Bien conocía Lola ese sentimiento de impotencia provocado por la indiferencia y hasta casi el desprecio demostrado ante alguna de sus ideas o trabajos; esa incómoda sensación de estar fuera de lugar, de hablar un idioma raro, incompresible para la mayoría; ese intenso, aunque casi siempre contenido, impulso de mandar a la mierda a jefes sectarios, compañeros pelotas y demás infelices resignados incapaces de declararse en rebeldía. Y bien había aprendido también a diluirse entre la inmensidad de la rutina, de lo gris, de lo mediocre…

Lola

Lola

Los cerebros, como los corazones, van donde son apreciados…

Tal vez la célebre frase de Robert McNamara no llegó a sus oídos en el mejor de los momentos.

Y no porque no estuviera de acuerdo con ella. Al contrario. Bien conocía Lola ese sentimiento de impotencia provocado por la indiferencia y hasta casi el desprecio demostrado ante alguna de sus ideas o trabajos; esa vieja e incómoda sensación de estar fuera de lugar, de hablar un idioma raro, incompresible para la mayoría; ese intenso impulso, aunque casi siempre contenido, de mandar a la mierda a jefes sectarios, compañeros pelotas y demás infelices resignados incapaces de declararse en rebeldía. Y bien había aprendido también a diluirse entre la inmensidad de la rutina, de lo gris, de lo mediocre… Aunque algunas veces no podía sofocar –o no quería– su verdadera naturaleza a sabiendas de lo inútil del intento. Más que nada por no perder ya del todo una esencia suficientemente mermada a base de no querer complicarse la vida, o quizás por la esperanza de “poder ser” algún día.

Sin embargo, aquella mañana, la dichosa expresión agitó su cabeza –ya de por sí alborotada por un constante bullir de pensamientos trepidantes– como una batidora hiriente, destructiva.

Porque aquella mañana, la maldita frase le devolvió a un lugar que ya creía sepultado. A esa especie de infierno helado donde no entendía nada; a ese tiempo en el que una Lola, armada tan solo de su torpe inocencia infantil, luchaba por buscar un hueco sin renunciar a ser ella misma, antes de descubrir que el mejor antídoto contra el sufrimiento era (es) pasar desapercibida –o, al menos, intentarlo-, no destacar. Diluirse. Dejar pasar. Olvidar. Ignorar. Fluir.

Y es que en el fondo sabía que estaba prácticamente doblegada –Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón. Y, sin embargo, has de sucumbir–. Cansada de tratar de explicarse, agotada de intentar adaptarse a un mundo que no sentía como suyo –para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento; el mundo te rechaza–. Sola. Muy sola. Como siempre, pero más. Decepcionada. Vacía. Desfallecida. Pero no por toda esa gente que, probablemente sin ninguna intención de herirla, no había sido ni es capaz de mirar más allá. En ese sentido ya tenía callo. Si no porque una vez más, impulsada por algún extraño motivo o una simple ilusión, creyó vislumbrar al fin -¡error!- un hogar acogedor, cálido, habitado por individuos de su misma especie, lobos solitarios hambrientos de comprensión, hallándose de nuevo desorientada, abrumada, fuera de juego.

Y ahora sí que no sabía dónde ir.

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