Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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La librería de las letras olvidadas. I.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, apretó el paso pues aquello arreciaba adornado además con la danza rojiza de la hojarasca que se arremolinaba al son del viento. Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle.

Fotografía Miguel Angel Urech

Fotografía Miguel Angel Urech

—     ¿Don Pelayo? ¡Don Pelayo, soy yo! ¡Tiene que venir, por favor! ¡Ha de darse prisa!

Si el timbre del teléfono desbarató el desayuno de Pelayo, la voz ahogada de mujer al otro lado del hilo le inquietó aún más.

—     Úrsula, ¿es usted? ¿Qué le ocurre? Serénese, mujer… Despacio. Tome aire, por Dios…

—     ¡Ay, don Pelayo! Es que ha sido terrible. Un tipo… Estaba ya al lado de la librería. En la esquina… No le vi venir. Me abordó. Lleva gabardina y gafas de sol. ¿Ha visto usted algo más ridículo que unas gafas de sol cuando está a punto de llover? Y las manos en los bolsillos como si escondiera una pistola… Me amenazó. ¡Dijo que iban a encerrarme! Encerrarme a mí, ¿por qué? Y el caso es que me pareció tan guapo. Pero, ¿qué estoy diciendo? Con esa pinta de canalla y esa chulería… Estoy muy asustada don Pelayo. Parece un policía. De esos que van de incógnito.

Lo soltó todo así de sopetón, casi sin respirar, como si temiera no ser capaz de acabar la frase.

—     A ver Úrsula, no se altere más —dijo suavemente, tratando de calmarla— ¿Desde dónde me llama? ¿Desde el bar? Está bien, está bien. No se mueva de ahí. En diez minutos estoy con usted. Y tranquilícese, por favor. No va a pasarle nada, se lo aseguro.

Estos cabrones de “la social”… Mira que amedrentar así a la chica…, murmuraba Pelayo mientras apuraba de un trago su café y se pasaba un peine por el espeso cabello oscuro. No podía perder el tiempo en afeitarse, pero tampoco le dio importancia; esa sombra de barba sobre la piel cetrina aumentaba su atractivo.

Se echó un abrigo sobre los hombros, bajó a trompicones la escalera y se abalanzó contra aquel frío otoño del 62 sin dejar de pensar en lo extraña que sonaba la palabra “encerrar” en la boca de la pobre Úrsula. ¡Y “chulería”! Eso era ya todo un exceso.

Llevaba casi un año ayudándole en la librería y aunque entonces él no andaba buscando dependiente —se las apañaba como podía, más mal que bien, eso es cierto— le conmovió el aspecto frágil de la muchacha, su apariencia pulcra y algo anticuada y ese aire medio monjil que, lejos de provocar rechazo, inspiraba cierta ternura. Pero pronto se reveló como una joven inteligente, despierta, capaz de convertir el caos de la trastienda y las pilas de libros amontonadas en el suelo en un espacio acogedor y ordenado donde el olor a tinta y papel se mezcla con la dulzura permanente de las violetas cuya procedencia tanto le intrigaba.

Sin embargo y aún con la seguridad de que ella lo intuía casi desde el principio, Pelayo prefirió no mencionarle el asunto de los libros prohibidos que con cierta frecuencia y de manera clandestina recibía desde Méjico o París; no por temor a que se fuera de lengua, sino más bien por su afán de mantenerla alejada de las mañas de la Brigada político social que, alimentada por el poder y la censura, no se andaba con chiquitas.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, y apretó el paso empujando la hojarasca rojiza que se arremolinaba en torno a sus tobillos.

Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle. Aunque no sabía si esa aparente falta de interés le inquietaba más de lo que le tranquilizaba, se apresuró a entrar en el bar donde sentada a la mesa del rincón más discreto del local le esperaba una Úrsula mucho menos temblorosa de lo que había supuesto.

Continuará […]

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