Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Como la vida misma

A parte de de calcular el momento exacto para recoger a Luis justo antes de que cierren la puerta del colegio y justo después de que la jauría de amantísimas mamás se hayan esfumado librándome así de los comentarios y angustias varias sobre cómo torturan a sus adorables vástagos -tan capullos como el mío, por cierto, pero mucho mejores, ¡dónde va a parar con esa madre que siempre llega tarde!- con exámenes y deberes, llevarlo al baloncesto, esperar hora y media en la grada, congelada, aburrida y asintiendo como lerda a la misma conversación absurda que había conseguido evitar en colegio..., a parte de tan excitante planazo, tengo libre el resto del tiempo.

—¿Tienes algo que hacer esta tarde? —acababa de entrar por la puerta como una exhalación, sin avisar, sin llamar, casi sin respirar— es que necesito hablar contigo— añadió.

—A parte de de calcular el momento exacto para recoger a Luis justo antes de que cierren la puerta del colegio y justo después de que la jauría de amantísimas y perfectas mamás se hayan esfumado librándome así de los comentarios y angustias varias sobre cómo torturan a sus adorables vástagos -tan capullos como el mío, por cierto, pero mucho mejores, ¡dónde va a parar con esa madre que siempre llega tarde!- con los exámenes y deberes; a parte de llevarlo al baloncesto, esperar hora y media en la grada, congelada, aburrida y asintiendo como lerda a la misma conversación absurda que había conseguido evitar en colegio…, a parte de tan excitante planazo, tengo libre el resto del tiempo.

—En serio, Irene —dijo, recuperando el aliento— quiero contarte algo.

—¡Ay Dios! —exclamé, imaginando lo peor y lo mejor en medio segundo—, ¿es muy importante?

—Mucho —su mirada transmitía tanta zozobra que fui incapaz de negarme—, ¿comemos en el restaurante ese nuevo? Es carísimo pero tienen un menú de escándalo y un vino excepcional.

—Donde tú quieras, como tú quieras pero hazme un favor, relájate. Pase lo que pase, sea lo que sea al final nos vamos a reír —me temo que voy a necesitar ese vino a raudales, pensé sin decirlo.

Una vez apañado con mi madre el tema cole más deporte, pasé el resto de la mañana distraída, tratando de imaginar qué demonios podía ser tan importante para Sofía, si por fin había conocido al tipo maravilloso y casi perfecto que le iba a hacer olvidar al maldito guiri de las narices, o si el maldito guiri de las narices se había evaporado de una santa vez dejando de ser el perro del hortelano, o si…, ¡ay, no!, ¡eso no!

Pues sí, eso, justo eso, sí.

—A ver…, —y ya sentadas, mientras leíamos la carta y elegíamos ese vino excepcional, Sofía miraba para arriba y para abajo y yo me esperaba cualquier cosa y me estaba poniendo nerviosa porque no quería oír lo que estaba a punto de oír— es que el sábado…, me vas a matar…

—¡No sé que diablos pasó el sábado y seguro que no te mataré por ello pero voy a hacerlo como no arranques de una vez!

—Me llamó, nos vimos, nos tomamos unas cañas, me invitó a cenar, nos reímos, me estaba divirtiendo y…,  una cosa llevó a la otra, yo no quería  pero…

—Pero te volviste a liar con el maldito guiri de las narices y acabaste en la cama con él, ¿me equivoco?

—Bueno, no fue exactamente así…

—¡Ah no, espera! Os bebisteis con los ojos, os cogisteis las manos, os jurasteis amor eterno y después de unos tiernos y castos besitos te acompañó a tu casa y se marchó. ¡Vamos no me jodas, Sofía, por Dios!

Y me miraba muy seria. Y yo movía la cabeza de izquierda a derecha y me mordía el labio por no decirle una burrada.

—Es que a veces estoy tan sola y pienso que ya no voy a conocer a nadie más y que es mejor lo malo conocido…

—¡Pues menudo conocimiento, Sofía! ¿No te das cuenta de que es un burro que nada tiene que ver contigo, que vuestra relación fue, es y será un infierno y que, además, te importa una mierda?

—¿No crees que podría volver con él, que la vida nos podría regalar una segunda oportunidad?

—Lo que yo creo es que estás colgada, que no sé qué fumas, que te estás volviendo loca, como una puñetera cabra y sé que no debería decirte esto pero te lo digo porque no puedo más, porque no eres justa contigo misma, porque ese maldito guiri de las narices es un zafio y un gañán y no tengo ni idea si existe otro hombre para ti pero tienes que abrir los ojos ya de una vez y dejar de bucear en recuerdos ridículos que magnificas y distorsionas…, y ya no sigo porque lo sabes de sobra y encima vas a seguir haciendo lo que te de la gana.

No sé si estaba indignada con ella o triste o yo qué sé; lo que sí sé es la rabia que sentía al verla sufrir de ese modo y no poder hacer nada para evitarlo.

Y la miré como miro a mi hijo cuando estoy a punto de echarle la bronca del siglo por alguna trastada que yo también había hecho a su edad y no sé qué cara puse, seguramente arrugué la nariz y cerré un poco los ojos; no sé qué mueca hice pero Sofía esbozó una sonrisa primero y luego estalló en una carcajada y yo no pude aguantarme y empecé a reírme también porque al final, pase lo que pase y sea lo que sea terminamos riéndonos.

— Al menos, el polvo bien ¿no, querida?

—Vete a la mierda —soltó entre las carcajadas que nos ahogaban.

Reina, 24 de marzo de 2011

2 Responses to Como la vida misma

  1. Siempre me gusta encontrarme con tus textos. El de hoy tiene cierta melancolía que se convierte en ironía para terinar riendo… como le prometiste a tu amiga.

  2. Gracias Reina!
    tal cual! el título lo dice todo. Y es que somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra o mete la pata dos veces en el mismo hueco… 😉

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