Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Zenobia Camprubí: el cerebro a la sombra de un ególatra.

Zenobia Camprubí fue una mujer adelantada a su tiempo. No sólo tuvo una habitación propia, era dueña de varios pisos que alquilaba a extranjeros y de un negocio de arte, decoración y antigüedades, daba clase en la universidad, entraba y salía a su antojo salvo cuando los ataques de pánico de JRJ se lo impedían.

Retrato de Zenobia Camprubí, obra de Joaquín Sorolla.

Antes de hablar de Zenobia Camprubí debo confesar mi animadversión hacia Juan Ramón Jiménez. Un triste de manual, un inductor a la depresión insuperable. La lectura de Platero y yo cuando tenía diez, once, doce años me convenció de que no debía volver a acercarme a aquel señor jamás en mi vida. Por muy Premio Nobel que fuera. Y así fue. Ese rechazo visceral e infantil que me provocó la historia del burrito me persiguió sin piedad durante años. Aún me abruma el recuerdo, la profunda desolación, el poso de amargura que aquel librito terrible dejó en mi alma de niña.

Décadas después, el descubrimiento de la mujer que acompañó de por de vida al insigne escritor confirmó todas mis sospechas. Porque ella fue el corazón, la esencia, la arquitectura del conglomerado que le llevó al olimpo de las letras. Ella, que escribía desde la niñez, que ya publicaba en su adolescencia cuentos en una revista norteamericana. Fue ella quien sostuvo todas sus enfermedades reales e imaginarias (era un hipocondríaco insufrible), la que soportó el peso de sus manías, sus mezquindades, sus vértigos y obsesiones, sus angustias y naufragios psicológicos durante los cuarenta años que duró el matrimonio.

El padre de Zenobia, Raimundo Camprubí, era ingeniero de caminos. Durante uno de sus trabajos en San Juan de Puerto Rico conoció a Isabel Aymar —la que fue su mujer— mitad italiana mitad estadounidense, hija de una familia adinerada, bilingüe en castellano y en inglés y exquisitamente educada en los mejores colegios de los EEUU. Zenobia nació en 1887. La posición económica, social y cultural de su familia le permitió el acceso a una formación privilegiada, a la buena vida, a los idiomas (hablaba francés con soltura, además de español e inglés), a la modernidad, a la libertad tan poco frecuente entonces para el género femenino.

Cuando le presentaron a Juan Ramón Jiménez, en 1912, ya vivía ella en Madrid con su familia, disfrutando de la vida capitalina a bordo de un Chevrolet y trasteando con el feminismo y la intelectualidad de la época. Estuvo dos años escabulléndose de los flirteos del poeta. No quería saber nada de él ni tenía intención de casarse. Traducía, escribía, tenía aspiraciones artísticas propias. Por ahí la pilló, por la cultura, las letras y Rabindranath Tagore: ella traducía, Juan Ramón corregía. Pero, ¿se enamoró de él? Pues no está del todo claro. La mayoría de los estudiosos de la obra y la vida de Camprubí afirman que lo amaba y lo admiraba y por eso se dejó la piel. También hay quien lo niega.

Lo cierto es que sacrificó todo para convertirse en el espejo de un hombre que siempre mostró una terrible dependencia emocional respecto a su mujer. Ella fue su madre, su amiga, su secretaria, su contable, su enfermera, su traductora (él se negó a parender inglés)… Y entre los intentos de organizar su vida a la sombra de Juan Ramón Jiménez, la actividad literaria de Zenobia quedó reducida a la escritura del yo. Memorias y diarios exquisitos en los que Camprubí deja entrever su personalidad independiente y activa, en absoluto sumisa, pese a la relación que mantiene con el poeta.

A lo largo de esos tres volúmenes de diarios, editados por Graciela Palau de Nemes y publicados por Alianza Editorial en 2006, la autora da buena cuenta de las neurosis, extravagancias, cabezonerías y “enfermedades” de JRJ —“La enfermedad del pobre Juan Ramón consiste en eso: en crear conflictos, sin otro objeto ulterior”— y muestra su educación, cultura, refinamiento e inteligencia. Comenzó a escribirlos en 1936, cuando salieron de España hacia un exilio que se convirtió en definitivo. Vivieron en Cuba, Miami, Washington, Riverdale. Después en Puerto Rico, el último de sus destinos.

Zenobia Camprubí fue una mujer adelantada a su tiempo. No sólo tuvo una habitación propia, era dueña de varios pisos que alquilaba a extranjeros y de un negocio de arte, decoración y antigüedades, daba clase en la universidad, entraba y salía a su antojo salvo cuando los ataques de pánico de JRJ se lo impedían. Una mujer brillante en todos los sentidos y con recursos económicos propios podría haber optado por otra vida. Sin embargo, decidió apoyar el talento del poeta moguereño, tirar de él sin desfallecer. Se impuso esa misión. Nadie la obligó.

Desde un punto de vista contemporáneo y aséptico, cuesta comprender las razones que la llevaron a claudicar ante una personalidad tan absorbente como la de Juan Ramón. A diluir su yo en los delirios de su marido. A conformarse con el papel de musa de un genio, cuando ella tenía todas las dotes para triunfar por sí misma. Claro que tampoco los códigos morales y sociales de la época facilitaban la independencia femenina, incluso en el exilio. En ese sentido, Zenobia se mueve entre el feminismo y el antifeminismo: aplaza sus necesidades y deseos, pero no renuncia a ellos.

En cualquier caso, su voz poética, sencilla, absolutamente personal revela un carácter firme y entusiasta por la vida, irreductible ante el dolor y la adversidad. Tal vez no fue Juan Ramón quien la eclipsó, sino el oscurantismo del tiempo que le tocó vivir. Peor, el cenagal de la posguerra y la dictadura españolas que relegó a las mujeres a un papel dependiente, eternamente condenadas a la minoría de edad por unas leyes infames.

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