Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Suzanne Valadon, la pintora libre de la Belle Époque.

Suzanne Valadon amaba la luz mortecina de las tardes, el barullo de las tabernas, el sabor a absenta y a flores de mal, la bohemia por sobre todas las cosas.

Suzanne Valadon. Autorretrato 1898

Suzanne Valadon, nacida en 1865 como Marie Clémentine Valadon, creció en pleno auge del impresionismo. Era hija natural de una lavandera que tuvo que encargarse de su cuidado sin ayuda. Mientras su madre trabajaba, ella vagaba por Montmartre, a su aire, sin ningún tipo de supervisión. Contemplaba a los artistas, sus lienzos, sus técnicas. En ese ambiente bohemio, la pequeña Marie Clémentine se desenvolvía con soltura y, aunque comenzó a trabajar a los nueve años como aprendiz en una fábrica textil, su inquietud por la pintura no se perdió en los telares.

Es cierto que su madre no podía permitirse (ni permitirle) ningún capricho y eso significaba para ella la inclinación de su hija por el arte: una extravagancia de niña descabezada. Claro que la Valadon no tenía precisamente un carácter conformista y los siguientes trabajos como fregona, camarera, ayudante en una funeraria y vendedora de verduras en Les Halles no se acercaban ni de lejos a sus expectativas artísticas. Así que, a los dieciséis, se enroló en el circo Mollier. Siete meses le duraron las acrobacias sobre el trapecio. Se estampó contra el suelo y las lesiones le impidieron continuar su carrera de trapecista. No se dio por vencida. Recogió las esquirlas del golpe y, con las mismas, una belleza inusual y una personalidad irreductible, Marié Clémentine comenzó su proceso de conversión en Suzanne Valadon.

La gamine (la chiquilla) se introdujo en los ambientes artísticos de la Belle Époque. Pasaba las tardes en los cafés de Montmartre y fue musa de los artistas que admiró de niña. Zandomeneghi, Puvis de Chavannes, Berthe Morisot, Renoir la inmortalizaron en sus telas. Con Toulouse-Lautrec, además de aprender diferentes técnicas pictóricas, le unió una profunda amistad. Siempre rodeada de hombres que le triplicaban la edad, devino Suzanne, como una alegoría de la historia de Susana y los viejos. Eso relatan las crónicas.

La joven modelo practicaba, aprendía, exprimía con intensidad la magnífica oportunidad de vivir la vida que quiso y como quiso. Al margen de las convicciones burguesas y de las restricciones sociales, Suzanne Valadon trabajaba en sombra, se impregnaba del olor a trementina y óleo de su entorno. Toulouse-Lautrec quedó fascinado cuando descubrió sus dibujos, pero fue Edgar Degas quien impulsó su talento. El artista sí supo de sus bocetos y la animó a dedicarse profesionalmente a la pintura. Admiró sus trazos libres, la destreza de su pintura suelta, los tonos que bullían en sus telas. Le consiguió también varias exposiciones en diferentes galerías de París.

Las primeras pinturas conocidas de Suzanne Valadon son retratos de niños, que realizó entre 1892 y 1893. Para entonces, ella ya tenía un hijo de 10 años cuyo padre nunca estuvo del todo claro. Maurice no tuvo apellidos hasta que el periodista español Miguel Utrillo y Molins le prestó el suyo. El niño, que iba a convertirse en un genio alcoholizado y conflictivo, fue el cómplice artístico de su madre, su modelo, su tormento y el de la abuela Madeleine. Con ella se crio mientras Suzanne vivía la vida loca junto a Erik Satie y sentaba la cabeza gracias al banquero Paul Moussis.

Pero la pintora amaba la luz mortecina de las tardes, el barullo de las tabernas, el sabor a absenta y a flores de mal, la bohemia por sobre todas las cosas. Aquella existencia burguesa, apartada de la gran urbe no podía durar demasiado. Una mañana cualquiera agarró telas, bastidores, pinceles y tarros y se plantó en París. Atrás quedaron los bodegones orondos y los sillones de orejas. Cuentan que a la rue Cortot se llevó también una cabra, un par de perros lobo y varios gatos que merendaban caviar los viernes por la tarde. También se instaló allí André Utter, su compañero definitivo. El amor de su vida tenía veinte años menos que ella y no sólo fue el amante bandido que le hizo feliz, también el alivio de los disgustos que le daba el joven Maurice, el marchante de su arte y el arrullo del otoño de sus días.

Pintó igual que vivió. Como le dio la gana, ajena al escándalo y las moralinas sociales. Influida al principio por sus maestros impresionistas, fue poco a poco adoptando la estética nabi y cloisonista. La obra de Valadon refleja perfectamente su personalidad perfeccionista, osada y moderna, carente de prejuicios o timidez. Fue la primera mujer que se atrevió a pintar un torso masculino desnudo y de frente. Su producción fue muy extensa. Se prolongó hasta su fallecimiento por un derrame cerebral a los 72 años. Conoció el éxito en vida y hoy sus obras cuelgan de museos importantes como el Georges-Pompidou o el Metropolitan Museum of Art de Nueva York.

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