Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Violetas Imperiales.

Y mira que no tenía yo intención alguna de meterme en un jardín plagado de violetas. No porque no me gusten –que me encantan– sino por no complicarme la vida. Pero he leído tanta tontería cargada de tintes demagógicos y no exenta, en ocasiones, de ciertas pinceladas de envidia y algún que otro complejo encubierto, que no puedo resistir la tentación de sumar mi opinión a los ríos de tinta que una simple “noticia” de moda ha generado. Sí. Me refiero a Mango y a su nueva línea Violeta.

Violetas
Violetas

Violetas

Y mira que no tenía yo intención alguna de meterme en un jardín plagado de violetas. No porque no me gusten –que me encantan– sino por no complicarme la vida. Pero he leído tanta tontería cargada de tintes demagógicos y no exenta, en ocasiones, de ciertas pinceladas de envidia y algún que otro complejo encubierto, que no puedo resistir la tentación de sumar mi opinión a los ríos de tinta que una simple “noticia” de moda ha generado.

Sí. Me refiero a Mango y a su nueva línea Violeta. Aunque, en este caso, más que de violetas parece que se habla de cardos.

Al margen de la frasecita odiosa sobre las “mujeres reales” –que me resulta bastante cansina, desafortunada y, en cierto modo, ofensiva. ¿Qué pasa?, ¿que las delgadas y pequeñitas son de plástico?, ¿no existen? Pues yo conozco unas cuantas y sabed que se dan a la comida y otros vicios sin temor al kilo–, cierto es que calificar la 40, incluso la 42 o la 44, como una talla grande me parece tremendo disparate. Aunque tampoco se puede negar que convertir un “patroncito” de la 36 en una 50 no resultaría nada favorecedor. Pero, ¡ojo!, y adelantándome a susceptibilidades, al contrario sucedería lo mismo.

Porque no se trata de juzgar el físico ni muchísimo menos las tallas. Esto es una simple cuestión de formas. De formas, en este caso femeninas (de las masculinas también podríamos hablar, pero ellos le prestan tanta atención a su barriguita cuarentona o veinteañera, según los casos, como a los laterales que rellenan sus camisas; aunque luego se permitan el lujo de llamar “gorda” a cualquiera que se cruce en su camino. Pero esa es otra historia), que no son ni mejores ni peores. Simplemente son. Y lo deseable sería encontrar el estilo que le sienta bien a cada una y dejarse de memeces sobre si nos están llamado “gordas” o “flacas”. Así, por ejemplo y sin entrar en detalles, no me imagino a una mujer poderosa y atractiva embuchada en una falda lápiz y una camisetilla pegada a su cuerpo como una segunda piel, comprimida y sin apenas respirar. Pues, aparte del riesgo de tornarse peligrosamente azulada, estropearía sin remedio todo su encanto. Más bien convertiría sus sensuales curvas en algo tremendamente vulgar.

Y es precisamente en este sentido en el que quiero a romper una lanza, no en favor de la firma de marras (que me trae al pairo), sino de toda marca que ofrezca la posibilidad de vestir elegante y atractiva a cualquier mujer, sea cual sea su talla. Y así es como lo entiendo. Porque a ver por qué demonios una mujer que utilice una talla “no estándar” ha de ir escondida bajo un tosco saco de patatas o un espantoso chándal de mercadillo cutre. Y tacones, eso sí. Que de tacones existen todos los números y nadie chilla por ello.

Como tampoco he escuchado a nadie poner el grito en el cielo hablando de Marina Rinaldi. ¡Ah! ¿Que no conoces la marca? Pues verás, se trata de una firma italiana filial de Max Mara (¡nada menos!) que lleva décadas creando moda divina para mujeres con tallas superiores a la 46 y cuyos patrones nada tienen que ver con los diseños de cualquier otra firma entregada a siluetas más reducidas. En sus tiendas solo encontrarás prendas grandes, elegantes y con muchísimo glamour. Eso sí, carísimas.

¿A ver si al final todo se va a reducir a una repugnante cuestión “de pasta”? Así de vulgar. Me explico.

Si eres grande y tienes” pasta” siempre vas a encontrar una firma elegante y glamurosa (tipo Marina Rinaldi, Elena Miró o Lise Charmel) que fabrique tu talla sin alborotar a medio país. Pero si eres grande y “pobre” te verás condenada a la no-moda, a la tosquedad, al ostracismo, al exilio de los sótanos donde se almacenan las prendas que nadie quiere, a la invisibilidad. Y todo porque no cabes en la ropa de las firmas moderadamente asequibles. ¡Pues vaya plan!

Se me ocurre que, tal vez, en lugar de sacarle punta todo y poner la anorexia por bandera (sin haber pasado jamás por ese calvario, o sí; que tampoco quiero generalizar), podríamos ver el lado positivo del asunto y pensar que por fin, con una magnífica talla 50, tendrás muchísimas más opciones de elegir la ropa, los colores y las siluetas que más te apetezcan sin estar condenada a los patrones de una mini-talla.

Digo… pero allá cada cual.

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