Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Primavera, Notre Dame y otros delirios.

Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle.

Es primavera y llueve sin tregua. Estoy sentada frente a una mesa ocupada por libros y cuadernos de notas. Estoy en casa, en Madrid, malsentada, retorcida ante un desorden de letras escritas en una libreta desvencijada de tanto abrirla y cerrarla, de tanto apunte tomado y tachado casi al instante. Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle. Cuando no estaba en Madrid, sino en París. Cuando no era abril, o sí. Porque allí, en París, llueve tanto todo el rato que nunca sabes si es abril o noviembre.

No sé si era abril o noviembre, pero llovía. El agua caía como cae en las ciudades, sin saber a dónde ir. Chorreaba por el asfalto descontrolada, como la sangre de una herida abierta. En la place Louis Lépine, entre Notre Dame y la Sainte Chapelle, el Mercado de las Flores parecería aquella mañana, bajo la persistencia del aguacero, un reducto decadente. También París parecía moverse a medio gas, bajo la luz gris del mediodía. La gente caminaba acelerada, impaciente, ansiosa por zafarse de aquel día hostil. Entonces noté su presencia, su mirada voraz en mi nuca. Su voz rota. Palabras en un francés vulgar que aun no comprendía del todo. La urgencia de huir. Todo junto. Debía ser noviembre.

Apretaba el paso por la Rue de la Cité, sin rumbo, con un único propósito. Librarme de aquel tipo era prioridad. Más, supervivencia, instinto salvaje. Bajar al metro no era buena idea. Refugiarme en un café de esos de la rive gauche, un suicidio. No dominaba el idioma, no había móviles, pedir ayuda tampoco era una opción. ¿A quién? La gente en las grandes urbes va a lo suyo, a sus preocupaciones, a esquivar la lluvia, ajena a lo que sucede fuera. Nada servía para defenderme del acoso. Ni disfraz. Corría porque era lo único que podía hacer, mientras una voz ancestral en mi cabeza me conducía hacia el único lugar donde nada malo podría pasarme.

La puerta roja, la del diablo, las salamandras y quimeras, el agua golpeando implacable los duros adoquines del atrio, las gárgolas vomitando en forma de catarata los códigos ocultos de su lenguaje. “La lluvia en noviembre es perversa”, pensé justo antes de hundirme dentro del corazón de todos los enigmas medievales. “Como en abril”. En interior de Notre Dame olía a incienso y a cera hirviendo, a silencio y equilibrio. Los charcos de luz que se cuelan por las vidrieras desde hace más de ocho siglos me devolvían la imagen de un individuo desorientado, tenso, buscándome entre los laberintos de columnas y capillas. Pero la alquimia de las piedras estaba de mi parte. Una especie de energía telúrica me hacía invisible, normalizaba mi respiración rígida, aplacaba el mar de miedo que me ahogaba. Entonces lo vi salir. Después, esa misma tarde, comencé a olvidarlo.

Han pasado muchos años desde aquella mañana de lluvia enloquecida. No había vuelto a acordarme de la escena del psicópata absorbido por el alma de la catedral. O sí, pero como de pasada, sin chasquidos ni cortocircuitos. Hasta que una frase y una imagen devastadoras, por ese orden, me llevaron a un pasado donde todo -el miedo, la impotencia, las carreras, la puerta roja y la del diablo, las gárgolas, las quimeras, la magia, el poder de los guardianes de piedra- estaba sucediendo de nuevo. Es abril y Notre Dame arde. Columnas de humo negro, plomo incandescente, llamas torrenciales sustituyen a la lluvia de esa otra mañana gris y agreste, cuando no estaba en casa ni en Madrid. Cuando no sabía si era noviembre. Cuando tuve la certeza de que entre sus muros nada malo podía pasarme.

Es abril y Madrid diluvia desde hace cinco días. Es primavera y estoy en casa. Trepada en la ventana contemplo una tarde que se desvanece. La calle empieza a recuperar el trasiego y el ruido de siempre, la gente con maletas y caras de acelga regresa de sus vacaciones, los coches ocupan los huecos hasta hace un rato vacíos.

La lluvia en primavera es terapéutica, pienso. Disciplina, obliga. Incluso domestica. Como el olor a libro. Como el olor a iglesia, a incienso y a cera hirviendo. Y estoy aquí de nuevo, en Madrid, mirando cómo la primavera se abre camino a zarpazos entre el granizo intempestivo y esta lluvia que no cesa. Entre las sobras de un invierno agónico que se resiste a abandonarnos.

Es abril y todavía hace frío. Allí, en París, Notre Dame sigue en pie. Maltrecha y carbonizada, pero firme, incombustible. Porque Notre Dame, decía Fulcanelli, “alberga el lenguaje de todos los que viven al margen de las normas dictadas, el de los pájaros, el de los videntes”. Notre Dame, eso lo digo yo, esconde entre la vastedad de sus piedras el hechizo de la armonía, del equilibrio, la fascinación de los lugares donde nada malo puede ocurrir.

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