Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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La mujer que buscaba.

Mientras escribe agitada por el levante gaditano, lee en Internet  —las cosas estas de la era digital— una historia de mujeres, de una mujer. Habla de amor y rebeldía. La historia. También de ira y de obstáculos.

La mujer que buscaba

Un lista chill de Spotify amortigua los chillidos de los niños en la piscina. Sobre todo el graznido de un preadolescente zangolotino que le revienta el cerebro. Insoportable. Las tardes de verano comienzan a ser silenciosas cuando se esconde el sol. Queda poco. Se abre un botellín de cerveza. Se enciende un pitillo. No huele a mar ni a arena pegada en una tabla de windsurf y, sin embargo, la música le arrastra hasta su chiringo favorito de Tarifa.

Mientras escribe agitada por el levante gaditano, lee en Internet  —las cosas estas de la era digital— una historia de mujeres, de una mujer. Habla de amor y rebeldía. La historia. También de ira y de obstáculos. El puto niño gordo brama de nuevo. No siente ira. Ya no recuerda lo que sentía cuando estaba a punto de explotar. Ni de ira ni de amor. Antes los niños no estaban gordos. Ni gritaban de ese modo. ¿O sí? Tampoco se acuerda.

Fouada Kalil Salim es la protagonista. De la historia. La que escribe Nawal El Saadawi. Cae el sol. Al niño infumable le han debido meter un bocadillo en la boca. También ha caído el segundo botellín. La música impregna el aire de chillout y sabor a sur. Bien. La historia habla de la realidad de la mujer en el mundo árabe. No en el peor de los mundos árabes. A Egipto aún le queda algo (poco) de discernimiento. El precio de un grito contra la injusticia, el exilio, la disidencia, el don de la creatividad… “Tengo que leer ese libro”.

Piensa en Lawrence Durrell, en Alejandría, en el amor, en la ira, en la rebeldía, en Justine, en los fragmentos subrayados de aquella novela. En la facultad de crear. En la valentía. En el cansancio. En las renuncias. En todo lo que ahoga el tiempo. En todo lo que sentía cuando reventaba de ira o de amor.

Y no se acuerda.

La tarde se ha vuelto naranja.

Se pasa al Jazz.

El libro se titula La mujer que buscaba.

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Cosas mías

Primavera, Notre Dame y otros delirios.

Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle.

Ana M. Serrano

La Mendiga.

Porque ella ya está allí. Como cada día, la mendiga ha desplegado todo su material de guerra callejero: la silla, el vaso de plástico, las mantas de colorines sobre las piernas. La escena ya es rutina.

Ana M. Serrano

Desierto.

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

Ana M. Serrano

Invierno.

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento, el mito deshonesto del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero.

Ana M. Serrano

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Olympe de Gouges, nacida Marie Gouze en 1748 en Montauban (Tarn-et-Garronne), de origen modesto, autodidacta, viuda a los 18 años, se negó a volver a casarse para mantener su libertad.

Ana M. Serrano

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Relatos

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La Mendiga.

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Desierto.

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

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Ana M. Serrano