Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Juzgamos.

Juzgamos. Alegremente. Sin medir las consecuencias. ¿Para qué detenerse a valorar nada si se trata de quedarnos bien a gusto? Impunemente. Sin entender, sin preguntar, sin pensar. ¿Pensar? ¡Qué perdida de tiempo! Juzgamos. Unos más, otros menos. Algunos con saña, con alevosía, con emoción incluso, sistemáticamente, convirtiendo el juicio en todo un estilo de vida...

Juzgamos
Juzgamos

Juzgamos

Juzgamos. Alegremente. Sin medir las consecuencias. ¿Para qué detenerse a valorar nada si se trata de quedarnos bien a gusto? Impunemente. Sin entender, sin preguntar, sin pensar. ¿Pensar? ¡Qué perdida de tiempo!

Juzgamos. Unos más, otros menos. Algunos con saña, con alevosía, con emoción incluso, sistemáticamente, convirtiendo el juicio en todo un estilo de vida; otros de tarde en tarde cuando, ya colmada su paciencia, buscan en el acto de juzgar una especie de desahogo. Y luego están esos pocos que juzgan de una forma tan inconsciente y poco premeditada que apenas reparan en ello.

Pero todos, absolutamente todos, juzgamos. Y lo hacemos desde el desconocimiento, en un alarde de ignorancia tan espectacular que ni siquiera nos causa vergüenza. Definimos el bien y el mal o las culpas ajenas fortalecidos por la torpeza y el oscurantismo con una desfachatez tal que –mucho más notable cuanto más avezado es el juzgador– roza la crueldad. Juzgamos. Vomitamos todas nuestras miserias como si fueran las de otro y nos quedamos tan tranquilos.

Y de repente, llega alguien y nos cuenta…

Y todo se derrumba.

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